El arruinador
El arruinador
Todos los días iba feliz a cumplir con su deber,
arruinarle algo a alguien. Eso lo hacía sentir importante, aunque no sabía, en
realidad, lo que estaba haciendo.
Él te decía “podrías haberlo pintado de otro
color”, “le falta sal”, “la próxima vez ponele menos azucar”. Estas frases
salían de su boca sin que él se diera cuenta, y algunas personas hacían lo que
les decía cuando podían, pero resultaba que en el próximo encuentro, las frases
que salían de su boca eran distintas “me gustaba más el color que habías usado
la otra vez”, “tiene mucha sal”, “tiene mucha azucar”…..Y así, todos los días cumplía
con su deber de decirle a todos lo que debían cambiar o modificar para ser
mejores cocineros, pintores, carpinteros, madres, padres, hijos….
También incursionaba en otras cuestiones,
porque de todo él siempre sabía algo. Cuando se encontraba con una persona
llorando, en seguida le decía lo que tenía que hacer para sentirse mejor, si
alguien iba muy alegre, lo miraba con el ceño fruncido sospechando que no le
iba a durar demasiado, si alguien estaba plantando un árbol, miraba al cielo y
a la tierra hasta encontrar indicios de tormenta o un hormiguero cerca, si a alguien
le dolían los pies, enseguida les decía que tenía que cambiar el calzado, o la
forma de caminar, o ambas cosas, u otra que saliera de su boca, total, seguro
que a la otra persona le iba a servir.
Y así iba el arruinador, sabiendo demasiado de
los otros. Nunca cocinaba porque siempre le faltaba o le sobraba sal, nunca
pintaba porque siempre era el color equivocado, nunca escribía, porque no podía
elegir un final que le guste, nunca plantaba ninguna rosa porque sabía que, de
todas formas, ninguna iba a vivir o a ser hermosa. No le gustaba tener amigos,
porque los iba a perder o no lo iban a querer. Todo en su vida estaba
planificado al mínimo detalle, por las dudas. Y, si algo salía mal, siempre
había alguna persona que seguramente había desviado su planificación perfecta,
y aprovechaba esa grandiosa oportunidad para enseñarle cómo debía haber hecho
tal o cual cosa. ¡Se sentía tan bien saber todo!
Su ángel de la guarda, cansado de intentar
enseñarle algo, decidió pedir una junta. Y se reunieron siete ángeles para
planear alguna estrategia, a ver si lograban que dejara de saber todo.
Durante miles de segundos terrestres ellos revisaron
escenas que el ángel de la guarda les mostraba, no pararon de reírse de cada
una de las oportunidades en las que el arruinador arruinaba algo. Es que los
ángeles no son dramáticos y ellos sabían que tarde o temprano, en este tiempo o
en otro, iba a dejar de saber. Pero el ángel de la guarda estaba preocupado, porque
su pacto con el arruinador era, precisamente, ayudarlo a no saber.
Pensaron juntos alguna estrategia, pero no se
les ocurría nada….así que empezaron a tirar ideas….
-Visitalo en sueños y mostrale su niño, ese que
una vez fue y que sigue guardado en su corazón, el que sabe de piratas y dragones,
el que se sube al árbol sin miedo de caerse, el que se mete en el barro y
disfruta de estar mojado, el que corría las ramitas para que las hormigas
puedan seguir su caminito.
-Sacale la voz por unos días, así, en silencio
quizás empiece a escucharse
-Poné muchos espejos frente a él. Algunos
conocidos y otros nuevos. Que se vea lo más posible, que se retuerza de bronca
y de enojo por lo que ve….que luche fuerte contra esos reflejos, quizás, así,
se vea.
Y eso hizo el ángel. En un acto de
desesperación lo rodeó de espejos, le sacó la voz y le mostró su niño….
Pero el arruinador, que era experto en arruinar
todo, tapó los espejos con mantas oscuras, escribió lo que quería decir y
aprendió gestos nuevos, y al niño lo hizo crecer de golpe.
Y pensó: ”¡Qué genio que soy!” o algo parecido….ya
que tampoco podía pensar que era un genio, porque seguro había algo que se le
estaba escapando…
De todas formas, los espejos algo le
reflejaron, por supuesto que siempre esos reflejos eran de los otros, pero algo
chiquito igual le entró por los ojos del alma.
Como tardaba tanto en escribir lo que quería
decir, tuvo que guardarse muchas palabras, y un poco la panza le dolió y un
poco también se dio cuenta de eso.
El niño se resitió a crecer, así que en sueños
vio los dragones igual, fue pirata y fue lo que quiso ser, durante varias
noches. Y, aunque no le gustaba mucho, los primeros segundos luego de despertarse
se sentía vivo.
El ángel, agotado, quiso renunciar. Ya no sabía
qué hacer para que el arruinador deje de arruinar todo. ¡¿Se imaginan un ángel
agotado?! Yo no….bueno, me lo imagino con los pelos todos desordenados, ojeras
negras bajo los ojos, la ropa desarmada y la cara sucia. Pero los ángeles se
deben agotar de otra manera, quizás las alas se achican o su luz es más tenue….no
lo sé….El asunto es que quería renunciar y entonces volvió a citar a la junta
para presentar su renuncia.
La junta lo escuchó, pero no dejaron de reírse
de las cosas que hacía el arruinador. Es que era muy divertido. Ellos sabían que
el arruinador no podía arruinar nada, que cada alma era libre de elegir
escucharlo o no, que él mismo también tenía la libertad de arruinarse a sí
mismo, si eso quería. El ángel también lo sabía, pero había hecho una promesa
que quería cumplir y eso lo agobiaba.
El ángel con más experiencia le habló y le dijo:
“no puedes pedirle a un naranjo que te de limones, sólo puedes disfrutar de las
naranjas, que a veces son dulces y otras veces son amargas. No es tu decisión
si es un naranjo o un limonero, no es tu decisión si sus frutos serán dulces o
amargos. No puedes, ni debes, saber lo que él necesita. Su alma sabe lo que
necesita saber, y eso es todo”
Fue entonces que el ángel se dio cuenta de que,
los espejos y los silencios, eran para él.
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