El niño
Abrió la puerta de luz y lo vió, sentado en el piso con las piernas cruzadas, vestido sencillo, sosteniendo algo en la mano que no llegaba a distinguir, ensimismado en su juego interno, siendo quién sabe qué o quién. Al lado, una cama sin tender, una mesa de luz blanca con un velador apagado. La luz cálida del sol entraba por la ventana iluminando toda la habitación que se encontraba repleta de juguetes desparramados sin ningún orden, pero perfectamente acomodados. Frente al niño, o a su alrededor, el ángel lo observaba amorosamente siguiendo astutamente su juego, escuchando su interior, disfrutando la paz que de él irradiaba. El ángel fue el primero en verlo entrar a la habitación, ahí parado, en una esquina frente a la puerta abierta, ya de este lado, con los ojos llenos de reencuentro, y con el alma que desbordaba de su cuerpo inexistente llenando de color blanco luminoso el espacio vacío en donde se encontraba. Pero el hombre no lo miró, no podía apartar su mirad...