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Mostrando las entradas de mayo, 2025

La sonrisa y la daga

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  Ni cuenta me dí del momento exacto en el que empecé a sentir el ardor, cuándo comencé   a incendiarme desde adentro, un fuego negro y rojo brotaba de mi corazón y fluía liviano hacia afuera un océano de sangre cubriendo mi pecho y mi ropa, llegando al piso y rodeándome completamente por fuera y por dentro. El sangrado también era interno, cada órgano comenzó a descomponerse repentinamente y las células, desconcertadas, se debatían en discusiones estúpidas sobre si seguir o no con sus vidas. Algunas decidieron precipitarse al abismo de mi vacío y el dolor comenzó a crecer tan rápidamente que envolvió todo el espacio circundante, los muebles, las paredes, el aire: todo se tiñó de negro y marrón, de rojo profundo y denso. Miré mi cuerpo y vi tu mano sosteniendo el cuchillo afilado insertado en mi corazón, tus ojos intentaban disimularlo y una sonrisa se dibujaba en tu cara inocente, intentando ocultar el empuje y la saña. Un poco burlón se veía tu rostro, como de quién no fue...

Mis otras yo

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  Me costó mucho verte, reconocerte, darme cuenta de que eras vos. En realidad, tuve que atravesar varios muros hasta llegar a ver tu rostro. Aunque no fue lo que primero que vi, la verdad es que vi tu campera de jean negra y tu guardapolvo blanco, reconocí tus rulos y tu pelo largo. Y sentí tu profunda tristeza y tu aterradora soledad, profunda, quieta, sin fin. La observé como quien observa un pozo negro y profundo, conocido. Y me dije: sos vos. Entonces me di cuenta de que hace mucho tiempo que me andabas buscando y yo, la verdad, no quería verte. Levanté tantos muros tan altos que me olvidé de vos casi a propósito, sinceramente. Pero ahí estabas, recordándome en cada célula ese vacío, esa sensación de dolor profundo por la pérdida de quien me había amado. Casi como si fuese la única persona en el mundo que lo había hecho. A su manera medio enfermiza, cuando podía, cuando estaba consciente, cuando no estaba perdido. Es muy extraño en realidad, porque ese día, esos días, ...

El muerto

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  El muerto -¡Tanta sonrisa vas a tener!-  Le dije, un poco sorprendida de esa actitud indiferente, casi burlona. -Y si-, dijo él. -¡Si el mundo es maravilloso!- -¿Cuál? - le pregunté, -¿el tuyo?- -¡Y si!, ¿cuál va a ser? Dijo, aún sonriente, mostrando todos sus dientes verdes y marrones, asquerosos, insertos en esa cara arrugada y caída, con bolsas como mierda que caían debajo de sus ojos. El cuerpo encorvado mostraba una joroba imponente y las piernas angostas se movían lánguidas y pesadas, arrastrando los pies vestidos con zapatos que una vez fueron caros, pero que ya eran como él. Los brazos se movían sin ritmo, sueltos, como si tuvieran vida propia, tocando y marchitando todo aquello que acariciaban. Su lengua bípida adquirida a lo largo de una vida de mentiras y engaños era de color marrón oscuro, babosa, olorosa. Apestaba a relatos de mentira y a viejas fantasías eróticas pervertidas incrustadas en lo profundo del estómago, que a su vez se llenaba de bilis por lo poco q...

UN DÍA

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Un día vas a necesitar la mirada del amor en tu cuerpo, en tus ojos, en tu alma. Y quizás la encuentres o quizás no. Tal vez la perdiste, tal vez no te diste cuenta cuando se fue, cuándo comenzaste a mirar para otro lado. Tal vez no la reconociste o la confundiste con otra, distinta, mas efímera. Tal vez todavía no sabías bien lo que era el amor, tal vez te confundiste con otra mirada. Pero un día la vas a necesitar, mas pronto de lo que pensás. Y entonces vas a empezar a buscarla debajo de la almohada, detrás de las cortinas, en una foto, en un recuerdo, en otras personas. Pero no va a ser esa, o quizás sí. Quizás encuentres una mirada que sepa todo sin decir nada, que acaricie con su sola presencia, que no necesite palabras para decir lo que necesitas escuchar, que entienda todo sin necesidad de explicarle nada. Ese día, cuando llegue el vacío, cuando estés frente a vos mismo y no tengas ya nada ni nadie a quien recurrir, cuando sólo Dios te acompañe y tus ojos busquen al...

Mil vidas contigo

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  Se cayó la venda que me tapaba los ojos, y las manos sucias y delgadas se soltaron a mi espalda dejándome juntarlas frente a mí, tocándose entre sí, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo; esa caricia que solo pueden darse las propias manos. Me vi parada de espaldas a un paredón alto, yo vestida de hombre un poco joven, pero no tanto, con unos bigotes desprolijos y tan sucios como mi ropa verde y rota, demasiado agujereada. Mi cuerpo huesudo no tenía sensaciones físicas, sólo miraba con estupor aquellos que portaban los rifles y me apuntaban. De repente ya no tenían armas, en los brazos portaban ilusiones extrañas que podían dispararme al corazón. Y los vi y me dieron ternura, ¿Cómo iban a matarme? Yo desarmado y tranquilo y ellos con la ilusión de un rifle inexistente pero asesino que pretendía liquidarme. Quizás ya me habían disparado y yo no me había dado cuenta, quizás ya estaba muerto y ese cuerpo erguido ya no tenía huesos, tal vez ellos ya no estaban ahí, y tampoco se...

La serpiente blanca

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  De repente comencé a sentirme sinuosa, blanca, delgada y larga. Me miré y vi un rostro desconocido, con orificios y ojos de serpiente, y una lengua fina que entraba y salía de mi boca y percibía olores y dolores. Empecé a estirarme lentamente, casi eróticamente diría, los brazos hacia arriba y el cuerpo erguido, moviéndose en círculos suaves y bien definidos. Mientras, ellas tres, blancas también y risueñas, me hablaban entre risas y con sus voces un poco chillonas me decían que fui yo, que yo lo hice así. No estaba dispuesta a aceptar esa tremenda responsabilidad, es decir, ¿eso es bueno o malo? ¿Así cómo? ¿Triste, solo, doloroso? ¿O buscando y hurgando? ¿o feliz y completo? -Yo no soy Dios, les dije. Yo no pude haberlo hecho. ¿Cómo podría? Y me mostraban imágenes de yo serpiente envolviéndolo con mi cuerpo, rodeándolo y extrayéndolo de su nido, ayudándolo a levantarse y a salir al aire y a crecer, en cierto sentido. -Pero ahora es sólo dolor y confusión, les dije de alguna mane...