La sonrisa y la daga
Ni cuenta me dí del momento exacto en el que empecé a sentir el ardor, cuándo comencé a incendiarme desde adentro, un fuego negro y rojo brotaba de mi corazón y fluía liviano hacia afuera un océano de sangre cubriendo mi pecho y mi ropa, llegando al piso y rodeándome completamente por fuera y por dentro. El sangrado también era interno, cada órgano comenzó a descomponerse repentinamente y las células, desconcertadas, se debatían en discusiones estúpidas sobre si seguir o no con sus vidas. Algunas decidieron precipitarse al abismo de mi vacío y el dolor comenzó a crecer tan rápidamente que envolvió todo el espacio circundante, los muebles, las paredes, el aire: todo se tiñó de negro y marrón, de rojo profundo y denso. Miré mi cuerpo y vi tu mano sosteniendo el cuchillo afilado insertado en mi corazón, tus ojos intentaban disimularlo y una sonrisa se dibujaba en tu cara inocente, intentando ocultar el empuje y la saña. Un poco burlón se veía tu rostro, como de quién no fue...