La serpiente blanca

 


De repente comencé a sentirme sinuosa, blanca, delgada y larga. Me miré y vi un rostro desconocido, con orificios y ojos de serpiente, y una lengua fina que entraba y salía de mi boca y percibía olores y dolores. Empecé a estirarme lentamente, casi eróticamente diría, los brazos hacia arriba y el cuerpo erguido, moviéndose en círculos suaves y bien definidos.

Mientras, ellas tres, blancas también y risueñas, me hablaban entre risas y con sus voces un poco chillonas me decían que fui yo, que yo lo hice así. No estaba dispuesta a aceptar esa tremenda responsabilidad, es decir, ¿eso es bueno o malo? ¿Así cómo? ¿Triste, solo, doloroso? ¿O buscando y hurgando? ¿o feliz y completo?

-Yo no soy Dios, les dije. Yo no pude haberlo hecho. ¿Cómo podría?

Y me mostraban imágenes de yo serpiente envolviéndolo con mi cuerpo, rodeándolo y extrayéndolo de su nido, ayudándolo a levantarse y a salir al aire y a crecer, en cierto sentido.

-Pero ahora es sólo dolor y confusión, les dije de alguna manera, yo no quiero haberlo hecho. No lo acepto, yo no fui.

Y me volvían a mostrar, otra vez, a mi sacándolo hacia afuera, haciéndolo mas grande y mas fuerte, quizás, pero igual de triste y solo.

Yo sentí su dolor y su tristeza, su vacío profundo y enorme, permanente, estable y acostumbrado.

-Yo no fui, dije muchas veces. Yo no soy Dios. ¿Cómo podría?

Y veía cómo de repente ya no lo envolvía, y él comenzaba a respirar más liviano, aunque más vacío. Y yo serpiente blanca comencé a observar cómo en mis entrañas un dolor agudo comenzaba a tornarse de color verde y negro brillante, tomando formas extrañas y calientes, dolorosas. Como un parto a punto de comenzar, algo se revolvía adentro mío y quería salir por cualquier lado mientras cambiaba de forma y de color. Era luminoso y triangular, luego redondo y verde, luego estrellas de colores, y así fue cambiando de forma tratando de convencerme de dejarlo salir. Yo no dejaba de observarlo pero, cuando hice fuerza para sacarlo, algo muy oscuro quiso entrar.

Tenía un nombre y un olor espantoso, era denso, oscuro y pesado. Me habló en otro idioma y lo detuve instantáneamente, analizando, buscando en mi interior esa presencia conocida desde hacía mucho pero que ya no me habita. Cerré rápidamente la puerta y sellé con siete candados la entrada.

Y tuve que dejar de empujar hacia afuera, y sólo me quedó quedarme y llorar. Asi que lloré.

Lloré tanto, pero tanto que la espada que tenía clavada en el pecho se deshizo y las serpientes de mi estómago, verdes ellas, se disolvieron de tristeza.

Lloré tanta, pero tanta agua que estuve seca durante días, grité tanto pero tanto dolor que aún me duelen la garganta y el pecho. Y de a poco siguen saliendo los mocos que comenzaron a esparcirse por todas las almohadas, las mantas y los papeles que estaban cerca.

Lloré la culpa, lloré el amor, lloré la ceguera, el miedo, la desconfianza, la soledad, la mentira, lloré la casa vacía, lloré la falta de enojo, la compasión fuera de tiempo, lloré el paso hacia atrás que tenía que dar, el largo y pesado paso al costado que nunca quise dar pero que el universo se encargó de dar por mí. Y por él.

Lloré su vida y también la mía. Los distintos caminos, y los senderos compartidos. Me lloré a mí, a mi yo anterior, a la nueva, a la que asoma. Y lo lloré a él. Nos lloré.

También lloré otras cosas, que ni sé cuáles son. Pero tanto llanto me dejó quieta, inmóvil y renovada. Con otra piel.

Hacia adelante no veo nada, pero no es nada, sino que no sé qué es y no le presto atención, no me importa.

Hacia atrás todavía no quiero mirar, aunque sé que estuvo, aún elijo no hacerlo. Ya lo haré, cuando esté lista.

 Sólo me queda hoy, ahora mismo, acá conmigo. Y con Dios. Que siempre encuentra la manera de sacarme  y volverme a meter adentro mío.

Y otra vez descubro, como siempre, que nada puedo hacer yo como yo quiero, sino que es mejor como él quiere. Que es mejor entregarse y confiar.

Que la tormenta interna pasa más rápido y el dolor se deshace mas amorosamente cuando le entrego todo para que lo cuide y lo sane.

¿Y adonde quedo yo entonces? Pues, justo acá, ahora, conmigo. Y se siente bien.

 

 

 

 

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