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Mostrando las entradas de agosto, 2023

Lobo con piel de oveja

  Recuerdo esas tardes en el campo. En esa época tenía 15 ó 16 años. El olor del pasto, de la lluvia cayendo sobre el suelo, del aire limpio y fresco de la mañana. Algunas veces el sol se ponía en el horizonte en una danza de colores rojizos. ¡Cómo me gustaba sentarme en el suelo a mirarlo! Unos minutos antes de comenzar a desaparecer ya estaba yo sentado descalzo con los pies inmersos en el pasto y las manos acariciando la tierra, observándolo. Me encantaba cuidar mis ovejas. Tenía alrededor de veinte. Todas tenían personalidades distintas y todas tenían nombre. Estoy seguro de que cada una sabía el propio. Las llamaba para llevarlas a pasear (eso les decía) y después las llamaba para traerlas de nuevo a casa. Les cantaba todo el trayecto, caminábamos juntos por el sendero que nos llevaba a la cima del cerro. Era un trabajo de esos que te hacen dormir bien a la noche. Todos los días eran iguales, antes del amanecer, emprendíamos el camino hacia el cerro y unos minutos luego del ...

Creo que tengo miedo…

  Creo que tengo miedo… De que, con la excusa del camino espiritual, del camino hacia adentro, del autoencuentro y el autoconocimiento, me vuelva una persona insensible al otro, a los otros. Reconozco que cuando yo mejore, el mundo también va a mejorar. Que cuando yo despierte, el mundo también va a despertar, al menos mi mundo. ¿Y los otros? ¿Los que aún ni siquiera saben que pueden despertar? ¿Y si todos nos metemos para adentro y nos volvemos insensibles al sufrimiento humano y de la tierra? ¿Y si todos a la vez nos miramos para adentro y dejamos de mirar para afuera? ¿Podemos recorrer este camino con hambre de la panza, de justicia, de educación, de salud? ¿No estarán los que luchan más despiertos que yo? Porque para luchar, necesitás mirar para afuera, sentir la pena y el dolor del otro, empatizar con su sufrimiento. Jesús fue un luchador de las grandes causas, de la causa de la libertad y la justicia, del amor. Así al menos es para mí. No tuvo hambre aunque dio de com...

El padre

El padre Hace dos semanas mi vida era normal. Trabajaba en un lugar en capital, no recuerdo el nombre, pero atendía las mesas. Un día sentí un terrible dolor de cabeza y me desmayé. Y así llegué a este lugar. Me hicieron muchos estudios y encontraron cáncer en varios lugares, pero no me lo dijeron. Mi familia pensó que era mejor para mí si no lo sabía. Me hubiera gustado que me lo dijeran, así, quizás, me podía preparar. Pasé algunos días en esa cama, cada vez más flaco, cada vez más perdido. El dolor se me metía por todos lados, no sé adónde estaban los tumores, pero el dolor estaba en todo el cuerpo. Me sentía completamente perdido, angustiado, desolado.   Era demasiado joven aún, tenía mucho por qué vivir, había hijos que todavía me esperaban. Algunas veces vinieron a verme, pero yo prefería que no lo hagan, sabía que no recordaba sus nombres y no quería que fuera ese el recuerdo que tuvieran de mí. A alguien se le ocurrió que podía darles regalos por el día del niño, y compra...

El ave

  Un viento frío me empuja hacia arriba, hacia las nubes grises y espesas que se acercan desde el horizonte. Algunos rayos tibios de luz todavía se asoman sobre el enorme nubarrón pesado y oscuro que cubre la ciudad. Desde adonde estoy, puedo ver ambos, los rayos del sol que intentan quedarse un rato más y las nubes negras que reclaman el cielo. Y yo, me acerco a ese borde difuso, envuelto por este viento helado y amoroso, que me ayuda a seguir subiendo. Abajo la ciudad dormida, gris también como la nube, fría como el viento, cálida como ese pequeño rayo de luz. Allí habitan seres extraños que se olvidan de mirar este milagro que yo estoy viendo. Pobres, ¿no? Se pierden el aroma de la tormenta que está llegando, el olor a agua fresca y limpia. Seguro se acostumbraron a esconderse debajo de algún techo para no mojarse y no sentir el frío en su piel, olvidándose de recordar cómo se siente sentir. Miro hacia abajo y solo veo techos vacíos, algunos árboles dispersos y mucha soledad. Si...

El mil rostros

  La habitación estaba oscura y casi vacía, una chimenea encendida era la única fuente de luz, una pequeña mesa de madera y dos sillones enfrentados ocupaban el enorme espacio. Sobre la mesa, un vaso de coñac, una pipa, tabaco y fósforos. El aire se sentía pesado y denso, había olor a preocupación y a despedida. Sentados uno frente al otro, estaban ellos. No se miraban, pero no se perdían de vista. Atentos a cualquier movimiento que alguno pudiera hacer, no se movían. El más viejo preparó la pipa despacio, le puso el tabaco de manera amorosa, encendió un fósforo y la prendió. Al principio le costó un poco conseguir que el humo entre a su boca, estaba trabada. “Como yo”, pensó. Insistió un poco y logró que de su boca saliera una bocanada gigante de humo gris. “Al fin”, pensó. “Ya se destrabó”. Levantó la mirada y observó al que se encontraba frente a él. No tenía rostro, o tenía miles de rostros. No tenía voz, pero de su boca salían miles de voces, casi todas conocidas. Observ...

El duelo

Hacía mucho frío en esa pequeña habitación. Había azulejos en las paredes y una alfombra en el piso. Una gran cruz con una imagen de Jesús se imponía en la pared principal, llegaba casi hasta el techo. Algunas sillas ocupaban los espacios vacíos. En la sala contigua, una cafetera llenaba el aire con un hermoso olor a café. Muchos vasos descartables acumulados sobre la mesa nos decían que aún no había llegado nadie. Había que esperar. Vos y yo entramos juntos, pero no te vi. Entraste conmigo de la mano, pero yo no pude soportarlo y salí corriendo. Y ahí me senté, afuera, en el cordón de la vereda, sin entender nada. Vos seguías conmigo, pero yo no podía verte. Intentaste hablarme, ahora lo sé. Pero yo no podía escuchar. Aun recuerdo el olor a nada, a carne, a ausencia. El terrible olor de la tristeza del alma. Al abandono, al desamparo. Empezó a llegar la gente, algunos ya habían estado con nosotros, en casa, esperando. Otros llegaron más tarde. Algunos traían pequeños ramos de flor...

El espejo

  Todos los días, al levantarse, se miraba en el espejo.  Cada día le costaba más levantarse, dormía cada vez mas profundo y más tiempo. Los sueños que tenía durante la noche eran extraños, soñaba con ángeles que le entregaban luces, con personas que le daban consejos, con gente que le convidaba pan. A veces, pocas veces, con almas que le hacían caras feas, que le sacaban las sábanas, la llamaban por su nombre. Esos sueños la despertaban y se tapaba la cabeza con las mantas para no ver y rezaba una oración mentalmente para que la dejaran en paz. ¡Y funcionaba! Se volvía a dormir profundamente y volvía a soñar. No recordaba cómo había llegado ese espejo a esa pared. La primera vez que lo vió, se sorprendió al ver su belleza. Tenía bordes dorados y algunas manchas en el vidrio, se notaba que era muy antiguo. Era grande, podía reflejarse completamente en él. Se miraba hasta los pies, y todos los días lo primero que hacía al levantarse, era mirarse. Ese día también se miró. Se...