Lobo con piel de oveja
Recuerdo esas tardes en el campo. En esa época tenía 15 ó 16 años. El olor del pasto, de la lluvia cayendo sobre el suelo, del aire limpio y fresco de la mañana. Algunas veces el sol se ponía en el horizonte en una danza de colores rojizos. ¡Cómo me gustaba sentarme en el suelo a mirarlo! Unos minutos antes de comenzar a desaparecer ya estaba yo sentado descalzo con los pies inmersos en el pasto y las manos acariciando la tierra, observándolo. Me encantaba cuidar mis ovejas. Tenía alrededor de veinte. Todas tenían personalidades distintas y todas tenían nombre. Estoy seguro de que cada una sabía el propio. Las llamaba para llevarlas a pasear (eso les decía) y después las llamaba para traerlas de nuevo a casa. Les cantaba todo el trayecto, caminábamos juntos por el sendero que nos llevaba a la cima del cerro. Era un trabajo de esos que te hacen dormir bien a la noche. Todos los días eran iguales, antes del amanecer, emprendíamos el camino hacia el cerro y unos minutos luego del ...