El espejo

 

Todos los días, al levantarse, se miraba en el espejo.  Cada día le costaba más levantarse, dormía cada vez mas profundo y más tiempo. Los sueños que tenía durante la noche eran extraños, soñaba con ángeles que le entregaban luces, con personas que le daban consejos, con gente que le convidaba pan. A veces, pocas veces, con almas que le hacían caras feas, que le sacaban las sábanas, la llamaban por su nombre. Esos sueños la despertaban y se tapaba la cabeza con las mantas para no ver y rezaba una oración mentalmente para que la dejaran en paz. ¡Y funcionaba! Se volvía a dormir profundamente y volvía a soñar.

No recordaba cómo había llegado ese espejo a esa pared. La primera vez que lo vió, se sorprendió al ver su belleza. Tenía bordes dorados y algunas manchas en el vidrio, se notaba que era muy antiguo. Era grande, podía reflejarse completamente en él. Se miraba hasta los pies, y todos los días lo primero que hacía al levantarse, era mirarse.

Ese día también se miró. Se vió hermosa y completa, segura, capaz, simpática, empática. Todo lo que ella era. Salió feliz a vivir su día. Ese día se sentía radiante y, al caminar, todo a su alrededor se movía, como si emitiera una onda energética que transformaba el ambiente. Las plantas se erguían, las personas sonreían, las baldosas del piso se acomodaban a su paso, los semáforos cambiaban al verde, todo olía a flores y frutas, la brisa perfumada la acompañaba y su aroma podía sentirse a varios metros de distancia. Ella caminaba como si fuera la protagonista de un musical, escuchaba las canciones en su mente y se movía como si bailara una danza secreta y mágica.

Hasta que lo encontró. La estaba esperando en el lugar de siempre, con un hermoso ramo de flores de todos los colores. Quería disculparse, le dijo. Ella recordó todas las veces que recibió flores como esas, todas las disculpas que había escuchado. Un manto de tristeza le cubrió el pecho desde la espalda, tomó el ramo y lo agradeció. Bajó la mirada como buscando esquivar su propia mirada, pero no había adonde esconderse. Se vió otra vez, recibiendo las flores.

Esa noche volvió a soñar, pero estos sueños fueron distintos. Soñó que estaba en una casa en ruinas, las paredes rotas y sucias, ropa y basura por todos lados que le impedían llegar a la puerta. Quería salir, pero no podía. Cada vez que llegaba a la puerta, esta escondía detrás otra habitación. También sucia y sin ventanas. Podía sentir el olor a flores marchitas y agua estancada. Muebles, platos, vasos, ropa. Todo estaba roto y desparramado por el piso. Había también gatos muertos cerca de su alimento, como si hubieran sido envenenados. No tenía miedo, pero sí una espantosa sensación de no poder salir de esa casa. En su bolsillo encontró una llave, sabía que la tenía desde hacía mucho tiempo, pero no podía encontrar la puerta que abría. Sólo tenía una llave.

Como todos los días, se despertó y se miró al espejo. Se vió horrenda y vacía, triste, pobre, sola. Todo lo que ella era. Salió pesada a vivir su día. Ese día se sentía opaca y, al caminar, todo a su alrededor se movía, como si emitiera una onda energética que transformaba el ambiente. Las plantas se marchitaban, las personas se corrían, las baldosas del piso se levantaban a su paso, los semáforos cambiaban al rojo, todo olía a caca y a podrido, la brisa perfumada la acompañaba y su aroma podía sentirse a varios metros de distancia. Ella caminaba como si fuera la protagonista de un musical de terror, escuchaba las canciones en su mente y se movía como si bailara una danza secreta y oscura.

Al llegar a su casa esa noche, sintió que su día había sido tan horrible como ella. Miró el ramo de flores que había puesto en el florero que le regaló su abuela antes de morir. Estaba marchito, como ella. Quiso comer, pero sólo podían salir cosas de su estómago, no entrar.

Así, tirada en el sillón como estaba, con el estómago revuelto y la garganta cerrada, con los párpados pesados y los ojos perdidos, escuchó que la llamaban desde aquella pared, arriba, en la escalera. No quería moverse, ni miedo sentía. Volvieron a llamarla varias veces, hasta que, cansada, levantó su cuerpo del sillón como pudo y fue hacia el espejo.

Prendió las luces y se miró. Prestó atención a sus ojos vacíos, a su cuerpo marchito, a su pelo desordenado. No le gustó lo que vió, bajó su mirada tratando de esquivar esa imagen, pero no pudo, porque, desde el espejo, volvía a salir esa voz que la llamaba por su nombre.

-¿Quién me llama? Preguntó, más indiferente que asustada.

Silencio.

-¿Qué querés? ¿Por qué me llamás? ¡Hablame!

Silencio.

-¡Dejame en paz! ¡Yo no quería esas flores, otra vez!

Silencio.

Siguió mirando ese reflejo en el espejo dorado durante un rato muy largo. Comenzó a llorar y a gritarle a esa imagen, pidiéndole que se vaya, que no era ella, que no quería verla. Pero la imagen no se iba, aunque ella se moviera, la imagen estaba estática, quieta, inmóvil. Y del espejo volvió a salir su nombre.

-¡Es una locura! ¿Por qué no te movés? ¿Por qué no te vas? ¡¡¡¿Por qué no te vas?!!!

Silencio.

Se fue a dormir, indiferente a esa imagen fija en el espejo. Dio miles de vueltas en la cama, en su cabeza se repetía indefinidamente el recuerdo del espejo y la voz susurrando su nombre. No podía dormir. No podía pensar, no quería. De su corazón salían agujas que se clavaban en las sábanas y le pinchaban la piel. Ese ardor le recorría el cuerpo, se metía por sus venas y viajaba a cada órgano. Cada pensamiento era peor que el anterior, cada imagen mental era más violenta que la anterior. Sentía la ira contenida como un remolino de odio que empezaba en el ombligo y subía hacia la cabeza. Tomaba poder de cada pensamiento y crecía y crecía. El odio que sentía empezó a tomar fuerza hasta transformarse en una energía que podía verse. Se pegó fuerte a su espalda.

Al otro día se miró al espejo nuevamente. Y se vió horrenda y vacía, pobre, sola, enojada. Todo lo que ella era. Salió enojada a vivir su día, acompañada de esa energía. Ese día al caminar, ella movía todo a su alrededor. Alejaba a las personas con sus palabras, mataba en su mente a las flores, deseaba que todos desaparezcan. Deseaba desaparecer y durante todo ese día, salieron alfileres de su boca. Le clavó a todos esos mismos alfileres que ella tenía, satisfecha.

Durante varios días desde el espejo susurraron su nombre, hasta que un día, al fin dejaron de hacerlo. Eso la alivió, ya no tenía que ver esa imagen estática y horrenda, que no se movía como ella.

Se levantó y se miró al espejo. Sonrió y pensó que ya estaba bien. Al mirar su reflejo no pudo ver esa sombra que tenía en la espalda. Se arregló para salir. Hoy iba a verlo nuevamente, estaba entusiasmada.

Él la esperaba en la misma esquina de siempre. Al verlo, de repente, se vió. De su cuerpo salían miles de imágenes pequeñas que danzaban frente a ella, como monitores vivos que flotaban a su alrededor en todas direcciones. Envuelta en ellos, comenzó a vomitar. Vomitó durante horas mirando esos reflejos de ella misma, todos esos ramos de flores, todas esas palabras que sonaban como de robot, todas esas veces que el alma se había roto, todas las partes de su cuerpo que se habían desarmado, todos esos llantos y enojos que había guardado, el miedo. Su miedo. El terror. Su terror. Su impotencia, su inseguridad. Su desamparo. Vió todo junto y también vió al ser oscuro que estaba sobre ella. Y siguió vomitando.

Y entonces recordó el día que el espejo había llegado a su pared. Fue el 5 de setiembre de 2052, el día que conoció a ese hombre. No tenía muchas opciones, podía romper ese maldito espejo, o mirarse.

No sé qué eligió, pero al otro día salió a vivir su vida feliz y plena, con aroma a jazmines.

Lo sé, porque al verla me envolvió con su música y su perfume.

 

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