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El hogar según Dios

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  Su voz es suave pero intensa, me habla en susurros firmes, como un padre (supongo) como un hombre también, y como una madre, creo. Es una voz masculina pero que tiene la suavidad de lo femenino. No me deja dar tantas vueltas, no me deja distraerme, me lleva siempre al centro. Y me muestra un pequeño punto en el centro del pecho del que emano toda yo. Es un punto de color rojo fuego y no muy brillante, sinceramente. No tanto como yo hubiera querido. -Pero está ahí, ¿lo ves? Me dice… -Ahora lo sabés, te toca tu parte. Lo siento un poco cansado, como si hubiera estado muy ocupado conmigo, como si le hubiera dado mucho trabajo. -Fuiste difícil pero ya estás lista. Me indica que respire y lo expanda. En mi rostro una sonrisa suave y unas cuantas lágrimas me bañan. No me sorprenden, hace rato que ando dibujada de alegría. Me detengo un rato porque tengo que bailar esta canción, él se sienta a esperar con mucha satisfacción. Se cruza de piernas y se sonríe. Creo que ya...

Kilómetros de miedo

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  ¿Qué pasa cuando dejan de pasar las cosas que siempre pasaron? ¿Qué pasa cuando dejan de estar las personas que siempre estuvieron? ¿Qué pasa cuando lo construido se derrumba? Sentís que el tiempo se detiene, que el aire esta enrarecido, que la comida no te llena y que la respiración se estanca en algún lugar del pecho. ¿o no? Tu primer pensamiento es “ya sabía, lo vi venir” ó “otra vez, no tengo que confiar” ó un montón de ideas de la víctima antigua que te invaden la mente y un poco también el estómago. Empezás a buscar soluciones a problemas que no existen, reemplazos de personas, sustitutos de cosas, piedras y ladrillos para levantar paredes. Rápido, apurado, desesperado. Esta búsqueda puede durar el resto de tu vida. O quince segundos. Y entonces, mágicamente, ves que todo eso que se fue, que se disolvió, te deja ver el cielo y los caminos que siempre estuvieron ocultos detrás de la costumbre, del hábito, de lo de siempre. Y te morís de miedo. Porque no s...

El asunto

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  Miré hacia el cielo y te ví. Abriéndote con bordes violetas, rojos, naranjas, azules. Y en el medio un negro profundo, de esas profundidades livianas, sin límites, vacías. Desde ahí ví llover algo como luces de colores, pero no eran rayos, eran mas bien pedacitos de luz, como diamantes, que a su vez reflejaban los demás colores. Más al llegar al suelo cubrían todo lo que tocaban de vida, de abundancia, de placer, de sentido. Me cayeron en la cabeza y en las manos millones de ellas, tan pequeñas, tan minúsculas y tan enormes. Guardan algo que no puedo saber qué es, se siente como…vida. Tienen olor a campo de tulipanes rojos, frescura del amanecer de la vida, una cierta tranquilidad del que no espera nada pero sabe que está llegando todo. Me envolviste así, en una danza de brazos abiertos y lluvia de estrellas en la cara. Yo blanca y luminosa, y vos transparente, vacía y llena, si cuerpo pero respirando placer. Un poco de luna y un mucho de sol guardás, alguna estrella ...

Así… ¿Y qué?

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  Hay algunas cosas que quiero decirte: Nunca tuve a quien decirle todo el miedo que tenía, lo sola que me sentía, la falta de abrazos, lo demasiado de la responsabilidad, lo difícil que era mantener todo en orden. La escuela, los piojos, el agua caliente para bañarnos y fría para tomar, las luces del pasillo y la habitación del fondo. El baño sin puerta y el papel de diario. El hábito. El galpón a medio construir a oscuras y el baño de afuera, al lado del pozo que una vez había recogido los residuos del inodoro. El siempre verde que nunca soltaba las hojas y que me servía de guarida para jugar. Me escondía de nadie porque nadie nunca se dio cuenta de que me estaba escondiendo. Al lado, el manzano y la ligustrina, que guardaba avispas y avispones. Un poco más allá, el ciruelo que nunca daba frutas maduras. La rosa china de flores rosadas que atraía abejas y avispas y avispones, al lado de la pileta de cemento que nunca pudimos llenar. Una manguera larga conectada a la...

Aidi

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  Ojitos claros, piel blanca y arrugada, mirada enojada y cansada. Apretás la boca y los ojos mientras me hablás con tono firme y luego, dulce. Se escucha el miedo detrás de tus sonidos, miedo a que me vaya, a que no te quiera, a que me canse de tu voz enojada y tus reclamos absurdos. No me voy a ir. Pero no te lo digo con mi boca, te lo muestro con mis ojos y mis manos, con el tono más dulce que me sale sin esfuerzo para vos, que ni siquiera sé quién sos y apenas sé tu nombre. ¡¡Cuánto me das sin saberlo!! ¡¡Cuánto me sanás sin sospecharlo!!! Ni cuenta te das de que sos vos para mí más que yo para vos. No entendía nada, y sigo, capaz, sin entenderlo. Pero siento algo en mi corazón que se acomoda cada vez que te veo un poco mejor, disfrutando lo poquito que te doy. Poquito… un té, una sopa, una porción de torta, un guiso… nada. Una oreja atenta y una caricia suave en tu pelo. Una mirada amiga sin juicios, sin exigencias. Así, sentada al lado tuyo en la cama mientras sos...

El baile

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  La música me llevó con vos, adonde casi siempre nos encontrábamos. Un baile, una mirada cómplice, los pasos de siempre. Es increíble que tanto tiempo después, tantos bailes después, siguiéramos moviéndonos igual. Las mismas vueltas, los mismos movimientos. Con otros cuerpos por supuesto, más lentos, más pesados, más distantes. Y dejé que ocurra. Al principio me resistí, me dio bronca bailar con vos ahora. ¿Por qué mi mente y mi alma quieren hacerlo? No tiene sentido, ya no tenemos esa mirada cómplice ni nos miramos siquiera, ya no bailamos desde hace mucho. Y la verdad, prefiero no hacerlo. Pero ahí estábamos, disfrutando la pista iluminada mientras el entorno estaba oscuro. Me gustó, la verdad, cuando decidí permitirlo. Vos no me decías nada, sólo me sonreías y eso me exasperaba. Me entregué a la danza imperfecta y suave que nuestras almas tenían ganas de expresar. Al menos la mía. Y en el medio del llanto de repente apareció otro, no cualquiera, mi hermano. Él también son...

Corazón descongelado

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En el fondo de la casa me esperaste, en las plantas del antiguo jardín de en frente me enterraste. Me doliste, con vos me fui varias veces sin saberlo, y tardé en volver una vida, la mía. Así te veo, un ángel negro con alas azules y cara de miedo. Así me veo, un gusano de tierra con patas traseras y corazón de piedra ¿Qué te llevaste? ¿Qué me robaste? ¿Qué me quedó? El aire, las nubes, el agua, la tierra, el fuego. Una brisa apenas, un sol cubierto, agua tibia y salada, barro en los pies, una cerilla húmeda. Sin vida. Sin respiración. Un traje plateado claro, de lata, de cobre, de plomo, de plata. Cerrado, cerrado. Sellado. Y ahora tenés alas, vos. Pero yo no. Yo te dí las mías. El traje de lata se abre lento, despacio, se desgarra desde adentro sin alas, pero con vida. Respiro un poco. Despacio. Un cuerpo sin fuerza, un corazón roto, una vida de encuentro, una vida buscándote. Te encontré mil veces, pero no eras vos. Este sí...