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El baile

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  La música me llevó con vos, adonde casi siempre nos encontrábamos. Un baile, una mirada cómplice, los pasos de siempre. Es increíble que tanto tiempo después, tantos bailes después, siguiéramos moviéndonos igual. Las mismas vueltas, los mismos movimientos. Con otros cuerpos por supuesto, más lentos, más pesados, más distantes. Y dejé que ocurra. Al principio me resistí, me dio bronca bailar con vos ahora. ¿Por qué mi mente y mi alma quieren hacerlo? No tiene sentido, ya no tenemos esa mirada cómplice ni nos miramos siquiera, ya no bailamos desde hace mucho. Y la verdad, prefiero no hacerlo. Pero ahí estábamos, disfrutando la pista iluminada mientras el entorno estaba oscuro. Me gustó, la verdad, cuando decidí permitirlo. Vos no me decías nada, sólo me sonreías y eso me exasperaba. Me entregué a la danza imperfecta y suave que nuestras almas tenían ganas de expresar. Al menos la mía. Y en el medio del llanto de repente apareció otro, no cualquiera, mi hermano. Él también son...

Corazón descongelado

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En el fondo de la casa me esperaste, en las plantas del antiguo jardín de en frente me enterraste. Me doliste, con vos me fui varias veces sin saberlo, y tardé en volver una vida, la mía. Así te veo, un ángel negro con alas azules y cara de miedo. Así me veo, un gusano de tierra con patas traseras y corazón de piedra ¿Qué te llevaste? ¿Qué me robaste? ¿Qué me quedó? El aire, las nubes, el agua, la tierra, el fuego. Una brisa apenas, un sol cubierto, agua tibia y salada, barro en los pies, una cerilla húmeda. Sin vida. Sin respiración. Un traje plateado claro, de lata, de cobre, de plomo, de plata. Cerrado, cerrado. Sellado. Y ahora tenés alas, vos. Pero yo no. Yo te dí las mías. El traje de lata se abre lento, despacio, se desgarra desde adentro sin alas, pero con vida. Respiro un poco. Despacio. Un cuerpo sin fuerza, un corazón roto, una vida de encuentro, una vida buscándote. Te encontré mil veces, pero no eras vos. Este sí...

Un día me morí.

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  Y en esa muerte aparecieron muchos, muchas versiones mías también. Estaban todas, con todos los colores. Algunas con luz, otras con sombra, algunas felices, otras inconscientes, otras perdidas, algunas encontradas. Estaban todas. Y también estaba yo. Y ahí me miré. Muchas de esas versiones no me gustaron. Miré a cada una, detalle por detalle, los botones, los bolsillos, la ropa, los zapatos, los pies, las uñas, la mugre, los pelos, los granos. Me miré completamente. Miré la suavidad, la blancura, los dedos blancos y suaves, miré mis manos, la que da y la que recibe. Y no se por qué tuve la sensación de que una pesaba más que la otra y no pude saber cuál. En fin, me miré. Miré todas mis versiones, muertas como yo. Todas. Ninguna respiraba. Algunas tenían un aspecto un poco más andrajoso y otras estaban enteras, erguidas, orgullosas. Las miraba como quien mira un cuadro quieto, de hecho, estaban inmóviles. Parecían irreales, algunas eran opacas y otras brillantes. Todas me ...

El infierno desde adentro

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  Había dejado de mirar las pequeñas grandes cosas, tratando de mejorar lo que ya estaba bien. Me perdí en pensamientos de otros y de dolores míos. Tuve que mirar con más atención, con menos excusas lo que siempre estuvo ahí, no tan oculto como pensaba. Eran ráfagas veloces de verdades inconscientes que golpeaban la puerta de mi infierno, desde adentro. ¿Y ahora qué hago? pensé… Abrí la puerta y los saludé. -¿Cómo están? Gracias por venir, dije… Sorprendidos se miraron a los ojos sin entender la bienvenida. Claro, esperaban llantos, reproches, culpas, miedos… -¿Siempre estuvieron ahí? No son tan horribles, he visto peores, les dije. -¿De verdad les tuve miedo todo este tiempo? Ja! Me reí. -¿Cuánto hace que están llamando? Pregunté. -Pasen, les dije, ¿toman mate? Y sus rostros oscuros y su piel escamosa y negra, llena de puntas y bocas con dientes negros también, su halo de humo y mal olor, con sus cuerpos flotando en una neblina más oscura que ellos, entraron. ...

La campera blanca

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  Te veo irte, y me llevás con vos. No a mí, a esa que fui cuando estaba a tu lado. Te vas, te fuiste, y yo me voy con vos. No para acompañarte porque el viaje se terminó, sino para quedar en el camino. Mientras vamos, nos despedimos. Te agradezco, te doy la mano, te miro y empiezo a disolverme. Como en una película me desarmo despacio, desde adentro hacia los bordes, y vos, que ni cuenta te das de mi presencia, tampoco notas mi ausencia y sólo seguís caminando con una sonrisa en la cara y el cuerpo vibrante por lo nuevo, esperando lo que viene para vos. Y yo te miro desde acá, y mis pedazos que quedaron en el camino empiezan a venir hacia mí nuevamente. Se arrastran, al principio pesados y oscuros, pero cuando alguno se detiene a mirarte y entiende que vos no sabés, siquiera, de su existencia, se empieza a erguir y a tomar forma de mí. Me buscan, las espero acá con una sonrisa. Las entiendo, sé de su dolor. Quizás esperaban que las vieras, pero no lo hiciste. Quizás un abraz...

Ya te veo

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¿Sabés que no te veo? Sé que estás, me dicen que estás. Debés ser esa pelota dura que tengo cerca de mi estómago, un poco más arriba pero antes de la garganta. Eso es todo lo que sé de vos. Y por eso, también, se que estás. Me habitás en la oscuridad, me dirigís en silencio, desde las tinieblas. ¿Te estoy negando? Debe ser eso… Algunas veces escucho tu voz, pocas, la verdad… Pero es muy potente, muy profunda, muy antigua… Es tan extraña para mí que no la reconozco. ¿Cuántas capas hacia adentro estás? ¿Es mía? Me pregunto casi siempre, pero casi siempre me respondo que no. Te veo en otros, por supuesto… Y te reconozco en seguida. Pero no te puedo encontrar. Trato de hablarte con dulzura, y te digo que está todo bien, pero no siento que me escuches… Pero la pelota sí reacciona, siento que se mueve y que se incomoda, empieza a dejar salir un poco de aire por mi boca y desciende unos centímetros, para volver a subir. -Tenés poco espacio ahí, te digo. Es mejor af...

Entro y salgo

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  Todo el tiempo entro en un torbellino de emociones, de oscuridad mezclada con luz, con estrellas, con cielos y galaxias, con recuerdos y memorias, con olvidos y pensamientos. Todo este tiempo pidiéndole a Dios y al universo que me enseñen a ir hacia adentro, que me muestren mi corazón, que me ayuden a abrirlo y ahora… ¿qué hago con esto? Con el corazón abierto todo se siente más, todo es inmenso, todo es eterno, todo es profundo. Nada pasa desapercibido, nadie es invisible, todo es un montón, todo ocupa mis espacios, los habita. Aquello que existe y lo que no existe completa mis huecos, llenan cada uno, a veces no hay lugar para respirar. La respiración se transforma en un volcán de lava caliente que quema, que limpia, que incendia y que solo se apaga con un témpano, y así voy habitándome de fuego, de brazas y hielo, a veces se empujan, no se aceptan, no se quieren, compiten, se hablan, conversan, discuten, pelean, nunca gana ninguno porque en cuanto se tocan desaparecen. ...