El hogar según Dios
Su voz es suave pero intensa, me habla en susurros firmes, como un padre (supongo) como un hombre también, y como una madre, creo. Es una voz masculina pero que tiene la suavidad de lo femenino. No me deja dar tantas vueltas, no me deja distraerme, me lleva siempre al centro. Y me muestra un pequeño punto en el centro del pecho del que emano toda yo. Es un punto de color rojo fuego y no muy brillante, sinceramente. No tanto como yo hubiera querido. -Pero está ahí, ¿lo ves? Me dice… -Ahora lo sabés, te toca tu parte. Lo siento un poco cansado, como si hubiera estado muy ocupado conmigo, como si le hubiera dado mucho trabajo. -Fuiste difícil pero ya estás lista. Me indica que respire y lo expanda. En mi rostro una sonrisa suave y unas cuantas lágrimas me bañan. No me sorprenden, hace rato que ando dibujada de alegría. Me detengo un rato porque tengo que bailar esta canción, él se sienta a esperar con mucha satisfacción. Se cruza de piernas y se sonríe. Creo que ya...