Un día me morí.
Y en esa muerte aparecieron muchos, muchas versiones mías también. Estaban todas, con todos los colores. Algunas con luz, otras con sombra, algunas felices, otras inconscientes, otras perdidas, algunas encontradas.
Estaban todas. Y también estaba yo.
Y ahí me miré. Muchas de esas versiones no me
gustaron. Miré a cada una, detalle por detalle, los botones, los bolsillos, la
ropa, los zapatos, los pies, las uñas, la mugre, los pelos, los granos. Me miré
completamente. Miré la suavidad, la blancura, los dedos blancos y suaves, miré
mis manos, la que da y la que recibe. Y no se por qué tuve la sensación de que
una pesaba más que la otra y no pude saber cuál.
En fin, me miré. Miré todas mis versiones,
muertas como yo. Todas. Ninguna respiraba. Algunas tenían un aspecto un poco
más andrajoso y otras estaban enteras, erguidas, orgullosas.
Las miraba como quien mira un cuadro quieto, de
hecho, estaban inmóviles. Parecían irreales, algunas eran opacas y otras
brillantes. Todas me miraban a mí, de frente. Como esperando que yo diga algo,
que me mueva, que me sacuda, que llore o que pida.
Yo, ahí parado, no podía reaccionar. Si estoy
muerto, si todos estamos muertos, ¿entonces así es la muerte? ¿Mirarnos
perplejos por toda la eternidad?
Suspiré, aunque no respiraba algo salió de mi
como un suspiro. Y todos suspiraron en el mismo momento.
Abrí grandes los ojos y todos lo hicieron
también. Había de todas las edades, bebés pequeños, uno era un niño que
aprendía a caminar, otro de unos seis años, había varios adolescentes vestidos
de distinta manera, había jóvenes y también adultos. Me sorprendió darme cuenta
de que no era yo el más grande, había ancianos también en este círculo de yoes.
Esos que yo todavía no había sido tenían más
versiones que los que sí fui. ¿Cómo puede ser? Pensé intentando comprender qué
hubiera podido ser y no fue.
¿Y por qué estábamos ahí?
-¿Qué quieren? Grité, y algunas lágrimas
empezaron a recorrer mi cara. ¿Estaba llorando?
Ninguno contestó, sólo me miraban culpándome de
todo.
-¿De qué me culpan? Dije, y noté que mi voz se
quebraba y un gruñido salía de mi garganta haciendo burbujas.
-¿Por qué aparecen ahora, adónde estaban? Intenté
decir, pero un dolor penetrante en el estómago me dobló el cuerpo y tuve que
apoyar mis manos en el suelo para no caerme.
Ellos se acercaron. Se acomodaron cerca de mí y
volvieron a quedarse inmóviles.
Al acercarse, pude ver a los otros, los que no
eran yo, parados detrás, en una segunda línea.
Fui reconociéndolos de a uno. Eran todos, no
faltaba nadie. Me miraban con desprecio algunos y con compasión otros.
Pero todos me miraban.
Algo en mi sentía miedo, a ninguno quise mirar.
¿Para qué? Si estaba muerto.
Ahora tenía que esperar a que me vengan a
buscar y listo.
Pero nadie se movía y el azul profundo del
ambiente no dejaba ver más allá de estas personas, y no había nadie más.
¿Y los ángeles? Me habían dicho que los ángeles
me iban a acompañar hacia algún lugar, pero nadie venía. Nadie me hablaba, nadie me sonreía.
Me senté en el suelo, había que esperar. Y
todos se sentaron también.
Intenté dormir, distraerme haciendo dibujos con
el dedo en el piso. Intenté pensar en otras cosas ignorando las miradas expectantes
de los miles que me rodeaban.
No podía. Sentía que me desnudaban con la
mirada, sentía que las ropas eran transparentes y que una especie de fuerza me
impulsaba cada tanto a prestarles atención.
Creo que tenía miedo de que se acercaran más. ¿Qué
pasaría si lo hicieran? Miré a mi alrededor buscando un escape, una puerta, un
camino hacia cualquier lado que me permitiera huir, por las dudas. No había
nada.
De todas formas, ninguno se movía y no parecían
estar apurados ¿Qué era lo que ellos sabían que yo no?
Por un agujero en el piso empecé a escuchar un
sonido conocido, una voz, una caricia. Me hablaba a mí. Decía mi nombre, creo
que era mi nombre porque al escucharlo algo en mí se estremeció.
Era una voz hermosa, me llegaba a lo más
profundo del alma, del corazón. Era suave, amorosa, tierna. Era la mejor voz
que había existido en el mundo.
Sonaba a….no sé, ¿música? Olía a flores, se
sentía como una caricia penetrante en la piel del alma.
Era ella, creo. En mi mente se dibujó un rostro.
¡Ay cuanta luz tenía esa hermosa cara! Ella era la única que no estaba ahí,
mirándome.
Pero me hablaba desde lejos, muy lejos. Algo en
mí se estremeció cuando esa voz tuvo rostro, y luego cuerpo, y luego recuerdos.
-Acá estoy, me dijo. Con vos.
Y un llanto doloroso me rompió en miles de pedazos,
explotando en todas direcciones emané barro oscuro y podredumbre pestilente
ensuciando todo el espacio y volviendo negra la luz que hasta ese momento era
azul.
-¿Qué hice? Me dije.
-Nada, me contesté. No hice nada.
-Te espero, papá. Me dijo otra vez y ese sonido
volvió a romperme en más pedazos, más pequeños todavía, impregnando a todos los
que allí me miraban.
¿Me espera? Pensé, y me pregunté si era posible
volver.
Y miré desesperado a todos los que allí estaban
y entendí que, quizás, podía volver a mirar esos ojos y sentir esos abrazos que
casi había olvidado.
-¿Cómo, si estoy muerto? Dije en voz baja.
Observé despacio a cada uno, los miré mejor
esta vez. No miré sus bolsillos, busqué adentro. Quise saber qué guardaban. Ella
me estaba esperando y yo quería volver para ella. Por mí.
Miré a todas esas versiones mías a los ojos, de
a una, me fui acercando y fui dejándolas llorar. Lloramos juntas con todas, una
por una.
No sé cuánto tiempo pasó, pero una eternidad
después todas estaban llorando, desparramadas en el piso de dolor, junto a mí y
a mis partes rotas que, de a poco, empezaban a acercarse entre sí dándole forma
a una parte de mí.
Pero no era suficiente, tuve que mirar también
a los otros, los que estaban atrás. Me fui acercando de a uno y empecé a
retirarles los cuchillos que decían mi nombre.
¿Cuándo los clavé? No me di cuenta…¿fui yo? Nadie
me contestaba pero yo sabía que eran míos. Lamí cada herida y todo mi cuerpo
lloraba, algo en mí repetía sin parar “lo lamento” con una voz quebrada atorada
en la garganta ahogándome de a poco.
-¿Qué hice? Me volví a preguntar.
-Nada, me dije otra vez.
Todavía me faltaban muchos cuando caí al piso,
rendido, sin fuerzas. Me sentía devastado, era demasiado para mí. Tantos cuchillos,
tanta sangre, tanto dolor. Y yo también sangraba, mis yo en el piso que todavía
lloraban podían verme sangrando y ellos también lo hacían.
Algunos no tenían cuchillos míos, algunos, al
verme, se sentían avergonzados y retiraban de mí sus cuchillos, que siempre
supe que estaban pero que no quise ver.
Me miré y me vi lleno de heridas y sangrando
por todos lados, y me lloré.
-¿Qué hice? insistí.
-Nada, me dije otra vez. No quise hacer nada.
-¿Ahora querés? Escuché que alguien decía.
-Sí, ahora quiero. Contesté. Porque me está
esperando y necesito darle todo lo que todavía no le dí. Dije con una voz
irreconocible y entrecortada, salivando litros y con el rostro desfigurado.
-Entonces levantate, juntá tus partes con amor,
ponelas en su lugar y dejalas reposar un rato en vos.
-Mirá la balanza, todavía no está en
equilibrio, pero ya empezaste a poner las cosas en ambos platos. Esa es tu
tarea.
-Si volvés, tenés que buscar todos tus cuchillos
y retirarlos, tenés que elegir de entre todos estos ancianos cuál querés ser,
tenés que limpiar toda la sangre derramada en vos y por vos, y dejarla ir.
-Pero, principalmente, no podés volver a
ignorarlos, a ninguno. No importa si te gusta, todo esto es tuyo y es momento
de hacer lo correcto.
Era una voz enérgica pero amorosa, era una
orden lo que me decía, no había advertencias pero se sentía como un ultimátum. Era
eso o nada.
Entendí muy rápido que me estaba regalando otra
oportunidad, entendí lo fácil que se me olvidaba ese único recuerdo que le daba
vida a mi muerte, entendí que todos, absolutamente todos me estarían esperando
ahí, cuando volviera.
Entendí que era yo quien debía abrazarlos y
mirarlos para que dejen de sangrar. Entendí que la voz más hermosa del universo
entero me había sido regalada, a mí. Me sentí especial, me sentí importante, me
sentí motivado. Quise volver.
No tuve que pedirlo, no sé por qué sólo me lo
ofrecieron. Y no tuve que hacer nada para que eso ocurra.
No lo cuestioné, lo tomé, así como vino.
Sentí en mi cuerpo algo distinto, parecía
esperanza, parecía paz, parecía entrega. Se sentía liviano y doloroso, pero
también libre.
Vi una puerta, y me acerqué.
-Ahí está ella, me dijo esa voz. Vas a olvidar
todo esto, pero tu alma ya lo recuerda. Siempre fue así y así va a ser. Tendrás
que volver a elegir y esta vez, espero que lo hagas bien.
Me abrazó. Fue el abrazo más completo que sentí
en toda mi vida. Entró en mi una dulzura que nunca había experimentado, salvo
con ella.
Me acerqué a la puerta intentando repetirme
miles de veces lo que me había dicho, tenía que elegir, podía volver, podía ser
quien yo quisiera, podía escuchar su voz y sentir su amor y amarla
profundamente yo también.
Pero tenía que poner las cosas en su lugar,
equilibrar la balanza.
Me pregunté si sería capaz de hacerlo esta vez,
si iba a soportar romperme nuevamente y pedir tantos perdones. Me pregunté si
iba a ser capaz de perdonarme a mí mismo. La puerta estaba cerca, mientras se
agrandaba tuve mucho miedo de olvidar. Recordé esa palabra que me había
destrozado y a la vez me había sacado del encierro de mí mismo: Papá.
Me estremecí.
Esta voz me dijo, antes de cruzar, voy con vos.
No estás solo, nunca lo estuviste. Yo te acompaño.
Asentí con la cabeza. Me sentí triste por
olvidarlo, pero sabía que así tenía que ser.
Crucé la puerta y ahí estaba, esperándome.
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