Así...
¡Malditas dudas
y malditas certezas!
Elecciones que
son siempre las mismas, aunque haga otra cosa. Decisiones que no deciden, que
no transforman. Que me internan aún más profundamente en la incertidumbre. ¿Es
por acá?
Y luego, otra
vez la misma situación interna que me lleva nuevamente a la misma
confrontación. “Me elijo”, me digo. Pero se ve que no me escucho porque entro
otra vez en la misma espiral de indecisión, de dudas, de certezas. ¿Será por acá?
“Es una espiral”,
me digo, “voy subiendo”, me consuelo. Pero me siento atrapada ahí, estática en
cierto sentido, aunque no del todo. Porque abro los ojos y tengo un mundo no tan
nuevo pero tampoco conocido delante de mí que me llama y me sumerge en ideas un
poco estancadas que me esperan, pero busco adentro mío y no encuentro el motor
que antes tenía, no porque no exista, porque cambió de ubicación. Como el
archivo que saqué de una carpeta que estaba llena y lo moví a una vacía, con
lugar.
Pero cada
vez que quiero acceder a esa fuerza me cuesta encontrarla, porque no sólo
cambió de ubicación sino que también cambió de sistema operativo.
¿Qué estoy
diciendo? ¿Tanto voy a observar, a entender? Estoy cansada de entender, de ver
señales, de saber cosas. De que todo sea afuera como es adentro, de que mi
exterior refleje mi mundo interno. Porque hoy mi mundo interno sólo quiere descansar
de mi, de las señales, de las claridades, de las elecciones.
Me elijo a
mí, me digo. Pero no lo hago. Porque si lo hiciera, ya no tendría que seguir
eligiendo, ¿no?
Pero a cada
momento me tengo que recordar a mí misma que me estoy eligiendo, no aprendí a
hacer eso todavía. Creo que lo estoy aprendiendo.
Empiezo a
disfrutar cosas que antes no disfrutaba, pero me pregunto por qué lo hago. ¿Es sincero?
¿O es otra manera de escapar?
Hoy pensé
en mi día por vivir, y sólo tengo ganas de dormir y llorar, de silenciarme, de
elegirme. Y eso, hoy, para mí, es nada. Sentir nada y ser nada.
Me estoy
esforzando, me digo y les digo. Y se que es así, porque elegirme es lo más
difícil y desconocido que hice en toda mi vida. Porque hacerlo es, entre otras
cosas, o principalmente, elegir el amor. Porque cualquier otra elección es en
mi contra, porque quiero y sostengo mi corazón en paz y en amor, aunque tenga
ganas de otra cosa. Porque es más fácil odiar y maldecir que amar y bendecir. Porque
aquellos que me confrontan no saben con quien se metieron, pero yo sí lo sé. Se
metieron con alguien que se elije y por eso, sólo van a recibir amor y
bendición de mi parte. ¡Maldición! Quisiera que no me importe, como antes no me
importaba. Porque no lo sabía.
Pero elegirme
a mí misma es cuidar mi corazón de cualquier daño que pudiera yo causarle, que
es el único importante y el único que puedo controlar, de cierta manera.
A veces, me
dejo llevar y libero mi alma, no buscando venganza, sino cortando aquellas
sogas que me quieren atar con malas intenciones y malos deseos. Pero ahí no
tengo tanto control, se me escapan algunas maldiciones también.
Soy peligrosa,
lo sé. Para mí.
Porque esas
maldiciones son mías, y abren heridas que no tenía y sangran sobre mí.
La vida se
transformó en una sala de espera eterna en la que observo permanentemente mi
mundo interno con la ilusión de que hoy, quizás, sea distinto. Y a veces lo es,
pero vuelvo nuevamente a la espiral.
¿Cómo salir?
¿tengo que salir o sólo seguir subiendo?
A veces,
todos los caminos conocidos se borran, y te quedás mirando el abismo de la vida
sin indicaciones, sin mapa. Y sos consciente de que en tu mano tenés el lápiz y
el papel, pero las decisiones son complejas, desconocidas, no hay senderos ni
señales, no hay horizonte. Lo único que puedo ver es el paso a dar en este
momento, ahora, justo ahora. Y el próximo se vuelve otra vez incierto.
El cuerpo
habla, y en cada picazón, en cada molestia, en cada respiración contenida me
dice cosas. Que siga, que me detenga, que me duele. Que lo disfrute.
Y empiezo a
escucharlo mucho más seguido que antes de morir, porque ya no es una molestia
sino que se transformó en un gran compañero, un mensajero del mundo interno. Recién
nos estamos conociendo y sobre él también empiezo a elegir. Y trato de darle lo
que me pide, pero con consciencia. Como puedo, como me sale.
Ya no se
que estoy eligiendo y que estoy haciendo por hábito. Me cuesta distinguirlo a
veces. Pero Dios, que sabe más que yo, se está encargando de todo. De sacarme
de todos los lugares y de sacarme de mi misma. Y yo tambaleo y me mareo cayendo
hacia los costados escribiendo algunas líneas nuevas cada vez, un poco
temblorosas y con muy poca precisión, esperando tal vez que venga alguien a
escribirlas por mí.
Pero no
puede pasar eso, ¿no? Además, sólo yo puedo dibujar mi mapa. La única línea que
sostengo es esa, que yo lo voy a dibujar.
Quizás ahora
sea medio inconstante, un poco infantil, bastante garabateado y lleno de idas y
vueltas, pero es mi mapa, es mi creación. Quizás mi horizonte también sea parte
de esta creación. No creo que esté en la punta de la espiral, creo que está en
algún otro lado, porque estoy segura de que los horizontes también cambian de
lugar, de forma, de sustancia.
En ese
sentido, no existen tampoco. Como todo lo demás, como el camino, que se va
descubriendo de a poco. O caminando de a poco.
Si cierro los
ojos y miro a lo lejos, lo veo a él. No porque esté lejos, sino porque es mi
horizonte más profundo, adonde quiero llegar. De todo lo que no se, es lo único
que sé. Y el único camino que quiero trazar es el que me lleve a casa algún
día. Y por eso estoy cansada de elegir, porque está lleno de piedras y animales
peligrosos, de mi misma, que soy peligrosa también. Me tengo que esquivar a
cada rato diciéndome que no es por ahí, volviéndome a guiar, mirándome con ojos
de compasión y retomando, otra vez, mi vida como yo la elijo, no como yo
quiero.
Y cada
instante es un momento decisivo, crucial. Y estoy atenta a todo lo que ocurre
en mi corazón para no volver a perderlo. Ahora que lo encontré.
Pero estoy
cansada, muy cansada. No quiero jugar más este juego que yo misma estoy
insistiendo en jugar.
Hoy, ahora,
voy a guardar las fichas y voy a tomarme un respiro. De la manera que puedo
hacerlo, sin tanta exigencia.
Me voy a meter
adentro mío y veré que sale más tarde, quizás nada, o nada importante. ¡Nunca nada
es no importante! Lo sé, no hace falta que me griten.
Hoy, ahora,
me retiro y dejo que sea todo tal cual es, mi dibujo en este momento se queda
sin trazos. Me voy a vestir y a limpiar mi casa, con un poco de música. Luego a
cocinar para la familia. Luego al médico y después al curso. Y en el medio, a seguir
esperando. ¿Qué? No lo se, siempre Dios se encarga del resto.
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