Me miro
Me miro. Levanto la mano izquierda y abro la puerta de la alacena. Tengo las uñas pintadas de violeta, los dedos cortos y arrugados, doy vuelta la mano y miro mi palma. Sí, es mía. Levanto la mano derecha y agarro la sal, la abro y rocío suave sobre la carne que recién puse en la olla. Me observo dejando caer la sal, cómo mi mano sabe lo que tiene que hacer y sólo lo hace, no se cuestiona nada, duda un poco y vuelve a volcar sal sobre la carne. La misma mano tapa la olla luego de posar la sal sobre la mesa, me rasco la nariz y veo cómo mis dedos lo hacen, sin que yo se los pida. Expertos. Miro la hora, son las 18. ¿Voy a comer ahora? Abro la puerta del horno eléctrico y saco bastones de muzzarela, ya están. Los como parada en la cocina, de fondo se escucha una serie que suena en la televisión. Guardo el pan, “es demasiado”, me digo. Pero ya me comí un sánguche y 6 galletas. ¿De qué es esta hambre que tengo ahora? Me pregunto y no dejo de mirarme, me miro por dentro también,...