Hombre de poca virtud

 




- ¿Qué te trae por acá? hombre de poca virtud…dijo el grande.

-   Estaba la puerta abierta y ví que se necesitaba mi humilde servicio. Y entré. Sólo me senté en este sillón a esperar que me atiendan, ví que había servicio gratis y que además, me lavan los pies.

Me viene bárbaro porque no conseguía quien lo haga. Y acá no hay que pagar. Yo prefiero siempre lo que es gratis. Tengo plata ¡Eh! No soy un croto, pero si no gasto mucho mejor. ¿Para qué? Acá encontré refugio, comida, abrigo y hasta consuelo.

Todo libre… ¡All inclusive! De todo, mirá lo que ligué: ¿ves ese auto? ¿Esa casa? ¿Esa familia? ¡Es todo mío! (Se sonríe dulcemente) ¡y no me costó nada! Ni un suspiro, ni una lágrima. Sólo me senté a esperar en este sillón…bueno, en realidad tuve que ayudar al dueño a corregir sus errores, porque a veces no me gusta su comida, o cómo dobla mi ropa, y bueno…lo ayudé a mejorar.

¡Te imáginás que tenga que ponerme así las camisas! ¡Qué diría mi madre! Ella también tenía un sillón así.

A veces necesito algo distinto, alabanzas y sangre, pero bueno, acá todo es gratis.

No sé por qué lo hacen, deben ser medio estúpidos. Te dan, te abrazan, te escuchan a cambio de amables sugerencias.

También te dan sexo, pero yo prefiero compartirme con otros, total acá me siguen recibiendo y atendiendo como si nada. A veces, veo que lloran y cuando se enojan, sólo me hago el chiquito y espero que me compadezcan, o me hago grande y espero que se asusten.

Yo creo que estamos bien así, ¡Bah! Yo estoy bien así. Cada tanto hago algo distinto, una vez hice algo de comer y esperé aplausos y los recibí, por supuesto. Los demás, los que vienen me temen, jajjajajja. Me encanta. Pero nadie se da cuenta.

¿Me llamás hombre de poca virtud? ¿Por qué? ¿Por tomar lo que me dan? ¿Si se ofrece gratis, por qué pagar?

-Y el grande dijo: Yo creo que es hora de que te vayas, y por eso te preparé esta mesa. Mirala, tiene de todo. Y acá te alaban también. Tampoco hace falta nada de vos, quédate tranquilo. Podés, si querés, ofrecer algo propio, lo que te salga del estómago.

Y el hombre vicioso miró la mesa, había espejos que reflejaban la ilusión del hombre virtuoso, de genio, de gentil, de inteligente.

Había todo tipo de comida sobre la mesa y personas desnudas, abiertas, sobre ella. Le decían cosas que a sus oídos eran imposibles de ignorar.

Y miró a aquellos que lo habían servido durante años y los despreció.

-     -No me merecen, se dijo.

Y se fue al banquete y comenzó a comer hasta que sus mejillas engordaban rosadas, mientras tenía sexo por todas partes con aquellos ofrecidos que de a poco también lo masticaban a él.

La otra mesa quedó servida, vacía al principio. El dueño no entendía el desprecio, no entendía el cinismo de quien se fue y que ni siquiera cerró la puerta al salir.

-           - No lo merecemos, se dijo, luego de tantos años de servicio hoy nos tira a la basura como trapos viejos.

-            -No lo merecemos, dijeron todos mientras limpiaban el desastre y lo observaban lujurioso y regocijado frente a tanta admiración.

Y mientras limpiaban la mugre que había quedado impregnada, vieron venir a otros, miles, con guantes y virulana. Entre todos limpiaron toda la casa y se sentaron a comer lo que entre todos habían cocinado. Cada uno trajo lo que tenía y los compartió con los demás. Y rieron todos, y se amaron todos.

Desde allá el hombre de poca virtud se dio cuenta de que algo estaba mal, él era el dueño de esa mesa. Intentó seducir a los miles para que se sentaran con él. Algunos fueron alguna vez, pero no volvieron.

El hombre vicioso estaba desnudo ahora, y se veían sus granos supurantes y pestilentes. Aquello que había ocultado ahora brotaba contaminando todo a su alrededor.

Un día el primero le reclamó su maldad y el pobre humano pestilente se rió diciendo: “yo sólo tomé lo que me dieron y era gratis” ¿Por qué sería malo eso?

Y siguió: “A vos te molesta lo feliz que estoy ahora, me planchan bien las camisas, no como lo hacías vos. A veces también tengo que enseñarle algo, pero aprende rápido”

-          -  No vale la pena, vamos, le dijo el grande al primero. Esa coraza no se quita con amor. No puede romperse porque ya su mesa habita su corazón. Dejalo, va a seguir cantando con los ojos vendados y los oídos tapados hasta el fin. 

       Su melodía duele, sí, lo sé. Pero ahora es tiempo de que escuches la tuya.

-            Prepará tu mesa, pero esta vez, todos tienen que atenderla y a veces, vos sólo te vas a sentar y otros podrán servirte y lavarte los pies.

-             

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Así...

Querida abuela

Me miro