Me miro

 



Me miro. Levanto la mano izquierda y abro la puerta de la alacena. Tengo las uñas pintadas de violeta, los dedos cortos y arrugados, doy vuelta la mano y miro mi palma. Sí, es mía.

Levanto la mano derecha y agarro la sal, la abro y rocío suave sobre la carne que recién puse en la olla. Me observo dejando caer la sal, cómo mi mano sabe lo que tiene que hacer y sólo lo hace, no se cuestiona nada, duda un poco y vuelve a volcar sal sobre la carne. La misma mano tapa la olla luego de posar la sal sobre la mesa, me rasco la nariz y veo cómo mis dedos lo hacen, sin que yo se los pida. Expertos.

Miro la hora, son las 18. ¿Voy a comer ahora? Abro la puerta del horno eléctrico y saco bastones de muzzarela, ya están. Los como parada en la cocina, de fondo se escucha una serie que suena en la televisión. Guardo el pan, “es demasiado”, me digo. Pero ya me comí un sánguche y 6 galletas.

¿De qué es esta hambre que tengo ahora? Me pregunto y no dejo de mirarme, me miro por dentro también, ¿Adónde la tengo guardada? Y sigo masticando parada, ahora la carne, que tiene poca sal. Miro mi mano  y le hablo, “te faltó” le digo, ella indiferente no me contesta, se mete en el bolsillo  y espera mi resolución. “Ya fue”, le digo, y agarro un cuchillo y comienzo a cortar. La mano izquierda sostiene el tenedor y la derecha el cuchillo. Corto y como, mi boca se llena de saliva y empieza a dolerme la panza, sé masticar se ve, no sé cuando lo aprendí. Trago.

Necesito sentir llena mi panza, algún recuerdo se atraviesa y me veo en mi casa de cuando era chica, y me siento tan liviana, tan confiada, tan tranquila. Me levanto de la cama, recién me despierto y hay sol, entra un aire fresco por la ventana levantada y observo el galpón que está al lado de mi ventana. Se siente bien.

Voy al baño y pongo la pava. Me observo pero ahora desde afuera. Me veo ir a despertar a mi hermano para tomar mate, y la escena termina ahí. Vuelvo a la cama y vuelvo a sentir esa liviandad, esa tranquilidad de saber que está todo bien. Aunque no lo estaba. Pero así lo sentía. Alguien se estaba encargando de todo. Y yo, rebelde como era, descansaba.

Vuelvo a observarme como si tuviera una cámara en la frente, veo mis brazos y mis manos moverse, dejando los cubiertos y el plato en la bacha. No los lavo, no tengo ganas de mojarme las manos ahora. Me siento en la compu y empiezo a escribir. Y veo cada letra y cada movimiento involuntario de mis dedos haciendo magia como si supieran. Saben.

Me duele la panza otra vez, pero extrañaba ese dolor. Es raro, pero quería que me duela. Hay una memoria detrás de esa panza llena, seguro. Y siento mis manos apoyarse una sobre la otra, el contacto con mi propia piel es raro. Se siente suave y cálido. Dejo que se toquen un poco mientras las miro. Se separan para escribir. Un borde de la mesa me lastima el antebrazo izquierdo, pero no me importa. Los pies descansan en el suelo de forma irregular, sólo los dedos están sobre el piso y los talones levantados. Cada inspiración levanta mi abdomen un poco, y cada tanto mi respiración se corta, como esperando la orden de volver a empezar. Ella no sabe bien su trabajo, parece.

Mis manos se comportan de manera extraña, una, la izquierda me rasca el pecho mientras la otra ceba un mate y lo lleva a la boca. Tomo el mate y siento mi pecho siendo rascado, es raro, me picaba pero no me daba cuenta, mi mano sí.

Presto atención a mi piel, hay algo en el aire que me trae recuerdos. No tengo frio pero necesito taparme, me incomoda la brisa fría de la habitación. Las ventanas están cerradas.

Meto el dedo meñique en mi boca y mastico mi uña violeta, ese gesto lo conozco, no es mío. Es de ella. Solía hacerlo en algunos momentos pero no sé en cuales. Me vuelve a picar el pecho, pero no me rasco ahora. Yo lo ví antes que mis manos y decido dejarlo así. Un momento más.

Otra vez me veo con el dedo en la boca, sin ninguna razón que pueda detectar. Y este recuerdo vuelve tan real, estoy en mi habitación, el sol y el aire entran por la ventana y mueven la ropa que llevo puesta, que es como de aire blanco. Danza ondulada sobre mi piel y yo levanto los brazos como tomando el aire a mi alrededor. Se siente hermoso, liviano, seguro. Ella se estaba encargando de todo. Pero yo no me daba cuenta.

Sólo ahora puedo entenderlo, cuando ya no está encargándose de todo como antes.

Siento dolor en los ojos, empiezan a empujar hacia afuera y mi garganta y mi nariz se sienten extraños. Me lleno de saliva otra vez pero no estoy comiendo. Cae una lágrima por mi ojo izquierdo mientras el derecho se mantiene seco. En mi cabeza una puntada también del lado izquierdo me recuerda que tengo cabeza, estaba atendiendo a mis ojos y me distraje. Por mi nariz empieza a salir agua y mi estómago se revuelve en aire caliente. Todo ocurre a la vez, dejo de respirar, mis manos escriben, mis ojos lloran, mi nariz chorrea y mi cabeza duele. Mientras observo no con los ojos, con algo más. Me siento, siento el frio en mi piel y un temblor en el pie izquierdo. Mi mano izquierda  limpia mi nariz, se sentía incómoda el agua cayendo.

Me detengo y prendo un cigarrillo, mientras miro la pantalla sin pensar y sin entender por qué estoy escribiendo esto. Pero veo alrededor mío la tele prendida, los colores de mi casa, percibo las plantas del patio y mis gatos y perras quietas y en silencio. El único sonido es de la tele, que está fuerte. No me importa porque adentro, estoy en silencio.

Y en el pecho siento esa liviandad de saberme cuidada, amada.  Aunque, me confieso, no supe verlo cuando pasaba. Y no tuve el tiempo suficiente para disfrutarlo. Lo lamento profundamente. Lo siento.

Siento mi cabeza como queriendo agrandarse, algo empieza a empujar hacia afuera por los costados mientras los latidos del corazón se hacen más presentes, también, en mis oídos. Escucho mi corazón y me late el cuello. Se siente raro, los ruidos de la tele me distraen un poco pero más me distrae mi espalda que empieza a doler. El pecho late con fuerza como queriendo salirse de mi cuerpo y en mi cara siento una especie de cosquilleo.

Me da frio, me levanto sin pensar y busco una manta. Me cubro. Está mejor aunque no me puedo mover libremente. Me molesta la brisa fría sobre la piel, prefiero taparme.

El mate está frio y lavado. No me importa. La panza me sigue doliendo y con razón. Los pies se cruzan porque ya no tienen que estar preparados para salir, se ve…

Con la mano derecha me toco el labio inferior de mi boca y lo apreto. No me duele pero es una sensación rara.

¿Qué me estoy diciendo?

Otra vez se tocan mis manos, están frías. Se cruzan los dedos como si se acariciaran pero también se apretan. Las dejo y las siento mientras las miro. Es raro.

Me duele la cabeza y me siento triste. La extraño. Y otra vez la garganta, los ojos y la nariz reaccionan a este pensamiento y comienzan a incomodarme. Estoy llorando, creo. En mi corazón.

Creo que el llanto no siempre sale por los ojos, creo que esta vez, mi llanto corre por adentro, por las venas, por los músculos. Creo que mi estómago llora así, lleno. Creo que la piel se consuela a sí misma a través de mis manos.

Sí, estoy triste. Pero mañana seguro voy a estar mejor. Por que ella, aunque ya no está, sigue estando. Y todo lo que un día no ví, hoy lo veo.

Y despacio, de a poco, me voy perdonando. Lo hago todo el tiempo, cada vez que uso ropa que a ella le gustaba, cuando me pongo perfume, cuando me maquillo, cuando digo frases que son de ella, cuando miro mis rosas, cuando cuido mis plantas. Cuando me consuelo pensando qué me diría, aunque seguramente no le daría bola. Ella está presente en cada instante de mi vida, en cada célula de mi cuerpo. Ellos están, en realidad. Todos.

Hoy tuve la sensación de que estabas a mi lado, fue muy real. Yo creo que así fue.

 

 

 

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