El mensajero

 


Lo vi parado a los pies de mi cama. Nunca lo había visto antes, se parecía a un ángel de una carta de tarot, los pelos levantados un poco rubios, un poco falsos, un poco oscuros. Los brazos en alto, enormes. Las alas asomaban desde su espalda y tenían colores fuertes, violetas, azules, un poco de dorado. Algunas cosas las invento porque no las recuerdo realmente, pero ahí estaba, enorme a los pies de mi cama. Tenía los ojos cerrados aunque me estaba viendo. Y también me hablaba sin mover los labios.

Tenía algo en la mano derecha que no llego a distinguir, irradiaba luces de colores también por sus costados y su rostro era calmo pero imponente.

La habitación estaba oscura y me daba la sensación de que él absorvía la oscuridad y la llevaba hacia sí mismo. Ahí estuvo, quieto de alguna manera durante unos minutos, yo me incorporé un poco, me apoyé sobre el brazo izquierdo y le hablé. En realidad quise contestarle lo que me preguntaba pero no pude, no tenía respuesta.

Tuve la sensación de que venía a darme algo, pero yo tenía que pedírselo. Y no supe qué pedir, no supe qué quería, qué necesitaba. Respiré un poco desilusionada ya que yo le había pedido que me asista y al verlo, supe que lo había estado esperando pero que no estaba preparada para ese momento.

Mil pensamientos recorrieron mi mente clara, despierta, alerta, intentando distinguir qué era lo que me estaba faltando, pero no pude ver nada. Pensé en felicidad, calma, alegría, soltar, ser, abundancia, amar, dejar atrás, renacer, crear, disfrutar…

Y todo eso me parecía sin sentido, todo eso está en mi y yo sé que es una decisión personal. También pensé en mis padres, en mis hijos, en mi vida entera. Y no pude tampoco pedir nada. Pensé en mi ego, y lo difícil que es a veces no caer en la soberbia, en el pasado, en las cadenas viejas, en el miedo al futuro impredecible e incierto. Pero tampoco pude pedirle eso, porque supe en ese instante que ese desafío es mío.

También quise pedir protección y libertad para mi alma, que a veces se atormenta y queda enredada en mis pensamientos rumiantes, la veo correrse y observar con cierta distancia esperando que se calme la tempestad, para volver a su lugar y seguir creciendo. Toma fuerza muchas veces después, cuando sale el sol. Y yo la observo cómo pacientemente me espera.  Eso ya lo tengo, me dijo en silencio. Yo ya lo sabía por supuesto, pero igual quise pedirlo, porque ya no sabía que pedir.

Nada podía hacer por mí, me dije. Y sólo me di vuelta y me volví a dormir. No tuve miedo, en serio. Pero sentí una especie de tristeza, de vacío, de soledad y también de fuerza y de poder. No es resignación, es como presencia, como aceptación.

En ese momento pude sentir mi vida desde un lugar que nunca la había sentido, no la vi, la volví a re-vivir y cada detalle se presentó en mi nuevamente. Todo, cada tristeza, cada felicidad, cada sonrisa y cada llanto, las personas que compartieron conmigo sus propias vidas. Fue muy raro porque no vi nada pero sentí todo, sentí la perfección. No sé cómo explicarlo, pero sentí las piezas del rompecabezas acomodándose y eso me dio paz.

Al despertarme esta mañana me sentí distinta, como desilusionada, como perdida. Pero a la vez con una confianza que me ocupa el cuerpo de otra manera. Siento vibrar la piel y lo que hay debajo de ella.

Me siento un poco triste la verdad, antes, hace un tiempo atrás, había en mi vida certezas que hoy no existen, claro que no me daba cuenta de que no eran reales, eran ilusiones. Pero anoche me vi construyendo lo que hoy habito y entendí mejor de qué se trata este juego. Que también es una ilusión pero es demasiado real.

Nada me falta que ya no exista, nada pueden darme que yo no pueda darme a mi misma. Me acompañan, sí. Me sostienen. Pero no pueden hacer mi trabajo, eso me corresponde a mí.

Creo que lo estoy haciendo, al menos. No me atrevo a decir que lo estoy haciendo bien, pero sí me animo a sentir que lo estoy haciendo.

Reconozco que me es difícil, que a veces es demasiado, que a veces me pierdo. Pero siempre me vuelvo a encontrar.

Me pregunto para qué… y esa respuesta no la encuentro. Ahora me doy cuenta de que quizás podría haber pedido eso, un propósito más claro, más explícito. Pero quizás esa sea la respuesta, encontrarlo y vivirlo.

Hace un tiempo tenía algo así como metas, objetivos, destinos posibles. Hoy no los tengo, hoy a lo sumo tengo este día y proyectos y planes, pero son tan irreales como yo. No porque no tengan fuerza o no sean posibles, sino porque no existen y pueden no hacerlo nunca, pero no me preocupa ya que no tengo ni idea de nada, en particular no tengo planes para mí. O mejor dicho, tengo todos los planes posibles.

Creo que este ángel vino a traerme justo lo que necesitaba. Creo que me dio sin decírmelo eso que buscaba y que yo no sabía que andaba buscando.

Se siente raro, en serio. Un poco me duele la cabeza en este momento y mi cara está seria, como si hubiera muerto algo. No tengo ganas de sonreír aunque sí tengo ganas de respirar, que es un montón. Mi cara no lo dice, pero en mi corazón tengo una sonrisa.

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