Un día me morí.
Y en esa muerte aparecieron muchos, muchas versiones mías también. Estaban todas, con todos los colores. Algunas con luz, otras con sombra, algunas felices, otras inconscientes, otras perdidas, algunas encontradas. Estaban todas. Y también estaba yo. Y ahí me miré. Muchas de esas versiones no me gustaron. Miré a cada una, detalle por detalle, los botones, los bolsillos, la ropa, los zapatos, los pies, las uñas, la mugre, los pelos, los granos. Me miré completamente. Miré la suavidad, la blancura, los dedos blancos y suaves, miré mis manos, la que da y la que recibe. Y no se por qué tuve la sensación de que una pesaba más que la otra y no pude saber cuál. En fin, me miré. Miré todas mis versiones, muertas como yo. Todas. Ninguna respiraba. Algunas tenían un aspecto un poco más andrajoso y otras estaban enteras, erguidas, orgullosas. Las miraba como quien mira un cuadro quieto, de hecho, estaban inmóviles. Parecían irreales, algunas eran opacas y otras brillantes. Todas me ...