El infierno desde adentro

 


Había dejado de mirar las pequeñas grandes cosas, tratando de mejorar lo que ya estaba bien. Me perdí en pensamientos de otros y de dolores míos. Tuve que mirar con más atención, con menos excusas lo que siempre estuvo ahí, no tan oculto como pensaba. Eran ráfagas veloces de verdades inconscientes que golpeaban la puerta de mi infierno, desde adentro.

¿Y ahora qué hago? pensé…

Abrí la puerta y los saludé.

-¿Cómo están? Gracias por venir, dije…

Sorprendidos se miraron a los ojos sin entender la bienvenida. Claro, esperaban llantos, reproches, culpas, miedos…

-¿Siempre estuvieron ahí? No son tan horribles, he visto peores, les dije.

-¿De verdad les tuve miedo todo este tiempo? Ja! Me reí.

-¿Cuánto hace que están llamando? Pregunté.

-Pasen, les dije, ¿toman mate?

Y sus rostros oscuros y su piel escamosa y negra, llena de puntas y bocas con dientes negros también, su halo de humo y mal olor, con sus cuerpos flotando en una neblina más oscura que ellos, entraron.

Se los veía desorientados, perplejos. Los dejé sin palabras… ¡Ba! Sin pensamientos.

Como no sabían qué hacer, no esperaban ser bien recibidos, se sentaron en un sillón y en silencio tomaron algunos mates amargos, mientras se miraban con sus ojos enormes, como fantasmas de juguete a los que les sacaron las sábanas que los cubrían.

-Perdimos, se decían con la mirada.

Yo me di cuenta de su desilusión. ¿Qué harían ahora que ya no había puertas que golpear, ahora que ya no me daban miedo?

En silencio tomaron mate mientras yo les contaba mi vida y algunas partes que, yo creía, tenía que ver con ellos.

Ellos, la verdad, nunca se habían preguntado nada, no sabían nada de mí y a medida que yo hablaba, sus miradas iban cambiando de intensidad. Pasaron de ojos enormes sorprendidos a ojos enormes llenos de preguntas.

Fueron entendiendo (fuimos entendiendo) quiénes éramos, quiénes habíamos sido y cómo fue nuestro juego. Ni ellos ni yo sabíamos que estábamos jugando, pero entendimos todo al abrir la puerta.

Estuvimos un rato así y también en silencio cuando terminé de hablar. Ellos no hablaban por sí mismos, lo hacían a través mío. Pero al pasar la puerta por alguna razón ya no podían hacerlo. Eran dos, al menos los que yo veía.

Nos quedamos pensando un rato un mismo pensamiento:

¿Y ahora qué hacemos?

No podía volverlos a mi infierno y tampoco dejarlos en el sillón.

Ellos estaban tan perdidos que hubieran hecho cualquier cosa que les dijera.

El lugar en el que estábamos era oscuro, no hacía frío ni calor, se respiraba liviano, era cómodo, tan cómodo como uno quisiera.

Mirá una pared y vi una foto, era un paisaje de montaña con aire fresco y lleno de tulipanes rojos. Era un lugar muy lejano, pero tan cerca que podía tocarlo.

Les propuse habitar ahí.

Yo sabía que iban a quedarse cerca, nos necesitábamos. Pero como ya no podían hablar a través mío me pareció que lo más coherente era que se fueran.

Me daba pena ya que no tenían nada más que su humo, aunque ni eso necesitaban.

Así que fueron nomás, caminando lento arrastrando sus vapores y lamentándose. No era fácil para ellos aceptar esta nueva realidad, lo entiendo.

Pero es nuestra responsabilidad encontrar un buen lugar lejos de mi infierno en donde puedan sanar y volver a sonreír.

Los abracé, sentí su incomodidad y mi alegría.

- ¡Por fin los ví! les dije otra vez,

-No se preocupen, van a estar bien, los voy a cuidar.

-Con el tiempo los voy a olvidar y cuando eso pase quiero que sepan que son y fueron muy importantes para mí.

-Gracias por nunca dejar de golpear la puerta, gracias por insistir y por no bajar los brazos (es una manera de decir, por supuesto)

-Yo voy a seguir mi camino y espero nunca volver a verlos así, ya que los amo y por eso los dejo libres.

Si un día me buscan, espero que no me encuentren. Si un día los busco, sepan que no significa nada, será sólo un momento.

En ese cuadro van a sanar, los dejo rodeados de amor del bueno, acompañados por todos los ángeles del universo, con canciones y perfumes, caminos para caminar descalzos (cuando tengan pies) y soles de colores para que calienten sus vapores.

No tengan miedo, cuando sus vapores se vayan, van a encontrar su propia verdad, su propia luz. Ahí, quizás, nos podamos encontrar. Pero ya no nos vamos a reconocer, así que hoy es la despedida.

Y se fueron y yo me quedé con una sonrisa enorme escuchando los ruidos de la vida: los autos, los pájaros, los gatos…

El día se iba cayendo despacio y las velas palpitaban algo distinto. Mi corazón sonreía y me di vuelta para mirarlos irse, no por control, sino por compasión. Quise verlos irse despacio y descubrir que ya, en ese momento, se empezaban a distinguir sus pies y sus colores, eran menos opacos.

 

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