La campera blanca

 

Te veo irte, y me llevás con vos. No a mí, a esa que fui cuando estaba a tu lado.

Te vas, te fuiste, y yo me voy con vos. No para acompañarte porque el viaje se terminó, sino para quedar en el camino. Mientras vamos, nos despedimos. Te agradezco, te doy la mano, te miro y empiezo a disolverme. Como en una película me desarmo despacio, desde adentro hacia los bordes, y vos, que ni cuenta te das de mi presencia, tampoco notas mi ausencia y sólo seguís caminando con una sonrisa en la cara y el cuerpo vibrante por lo nuevo, esperando lo que viene para vos.

Y yo te miro desde acá, y mis pedazos que quedaron en el camino empiezan a venir hacia mí nuevamente.

Se arrastran, al principio pesados y oscuros, pero cuando alguno se detiene a mirarte y entiende que vos no sabés, siquiera, de su existencia, se empieza a erguir y a tomar forma de mí. Me buscan, las espero acá con una sonrisa. Las entiendo, sé de su dolor. Quizás esperaban que las vieras, pero no lo hiciste. Quizás un abrazo, una sonrisa, un hasta luego. Pero no, tu mirada puesta en el horizonte, en tu cuerpo anhelante, en el calor que empezaste a emanar al fin.

Algunas todavía están mirándote sorprendidas de que no las notes. Pero esas, las más duras y más incrédulas empiezan a escuchar el sonido de mi canto, de mi propio tambor que las llama.

Tardan, las espero.

Y en mi rostro también hay una sonrisa y mi cuerpo también está vibrante.

Y ahora, todavía, las miro, pero cada tanto mis ojos giran hacia mi propio sol y mi propio horizonte.

Cada vez estoy más acá, más lejos, más cerca de mí.

Y aquellas que no pueden erguirse y venir hacia mí se empiezan a disolver en el suelo, se transforman en semillas y florecen al costado de tu camino. No para verte, para bendecirlo.

No tenés que tomarlas, no lo esperan. Se abren como girasoles mirando al sol. Algunas deciden mirarte un poco más, un tiempo más. Todavía no están listas para venir hacia mí pero sí para florecer.

Y yo las miro con un poco de impaciencia a veces, les grito que tenemos nuestro propio sol, les señalo nuestro horizonte. Pero sonríen y se quedan. Me hacen señas con los dedos de que me calle, como si supieran lo que hacen más que yo.

Yo decido avanzar con todas las partes que ya llegaron y miro mi camino que también tiene flores tuyas. Cuando las huelo me duelen, pero ahí están. Me duelen de pasado pero son presente y también son futuro. Creo que mi sendero está plagado de flores tuyas y de otros también. De miles, aunque no puedo saber cuál es de quién y no creo que sea importante.  Y mi corazón quiere avanzar, así como está, con algunas partes derretidas en el camino, otras germinando en tu costado y otras volviendo a acomodarse en mí.

Creo que lo mejor es dejar de esperarlas.

Porque cuando las miro vuelven las sombras, la oscuridad, el pasado.

Y cuando miro el sol se me dibuja una sonrisa en el alma, una esperanza, un desafío.

Un poco de miedo me da ya que nada se muestra salvo el sol  y las flores.

Y estoy yo descalza bailando el camino, pero no voy sola, las cuatro estamos juntas. Mi niña, mi adolescente con campera negra (que a veces es blanca ahora), yo y mi yo superior que nos guía. Nos acompaña en realidad, el que guía es mi corazón.

Vuelvo a mirarlas y las veo bien, algunas lloran, algunas siguen floreciendo, algunas retoman el camino de regreso. Las dejo con amor ahí adonde están, ya llegará el tiempo del reencuentro.

A ustedes, mis pedazos, las honro y las respeto, las amo y las valoro. Las espero, pero no quieta, las espero en el camino. No hay tiempo así que no se apuren. Cuando estén listas sólo tienen que nombrarme y acá van a estar nuevamente, conmigo.

Las dejo pero no las abandono, les doy espacio y tiempo para entender y volver a mí. A su manera, como puedan.

Les doy las gracias a cada una porque ustedes también me sostuvieron y entiendo lo que les pasa porque estuvimos juntas todo el tiempo.

Pero ahora estoy acá, con un sol en frente y un camino lleno de flores. Con ganas de seguir adelante o hacia el costado, todos los soles son hermosos y todos los cielos azules, y todos los caminos me llevan a casa.

Sé que cada tanto las voy a mirar, pero será para saber si siguen ahí ó si ya volvieron.

Ya no tengo ganas de mirarlas pero entiendo que no puedo obligarlas a acompañarme, voy a seguir tocando el tambor y quizás ese llamado las vuelva hacia mí.

Las espero, aunque sé que algunas no van a volver. Son libres, como yo.

 

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