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Mostrando las entradas de agosto, 2026

El asunto

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  Miré hacia el cielo y te ví. Abriéndote con bordes violetas, rojos, naranjas, azules. Y en el medio un negro profundo, de esas profundidades livianas, sin límites, vacías. Desde ahí ví llover algo como luces de colores, pero no eran rayos, eran mas bien pedacitos de luz, como diamantes, que a su vez reflejaban los demás colores. Más al llegar al suelo cubrían todo lo que tocaban de vida, de abundancia, de placer, de sentido. Me cayeron en la cabeza y en las manos millones de ellas, tan pequeñas, tan minúsculas y tan enormes. Guardan algo que no puedo saber qué es, se siente como…vida. Tienen olor a campo de tulipanes rojos, frescura del amanecer de la vida, una cierta tranquilidad del que no espera nada pero sabe que está llegando todo. Me envolviste así, en una danza de brazos abiertos y lluvia de estrellas en la cara. Yo blanca y luminosa, y vos transparente, vacía y llena, si cuerpo pero respirando placer. Un poco de luna y un mucho de sol guardás, alguna estrella ...

Así… ¿Y qué?

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  Hay algunas cosas que quiero decirte: Nunca tuve a quien decirle todo el miedo que tenía, lo sola que me sentía, la falta de abrazos, lo demasiado de la responsabilidad, lo difícil que era mantener todo en orden. La escuela, los piojos, el agua caliente para bañarnos y fría para tomar, las luces del pasillo y la habitación del fondo. El baño sin puerta y el papel de diario. El hábito. El galpón a medio construir a oscuras y el baño de afuera, al lado del pozo que una vez había recogido los residuos del inodoro. El siempre verde que nunca soltaba las hojas y que me servía de guarida para jugar. Me escondía de nadie porque nadie nunca se dio cuenta de que me estaba escondiendo. Al lado, el manzano y la ligustrina, que guardaba avispas y avispones. Un poco más allá, el ciruelo que nunca daba frutas maduras. La rosa china de flores rosadas que atraía abejas y avispas y avispones, al lado de la pileta de cemento que nunca pudimos llenar. Una manguera larga conectada a la...

Aidi

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  Ojitos claros, piel blanca y arrugada, mirada enojada y cansada. Apretás la boca y los ojos mientras me hablás con tono firme y luego, dulce. Se escucha el miedo detrás de tus sonidos, miedo a que me vaya, a que no te quiera, a que me canse de tu voz enojada y tus reclamos absurdos. No me voy a ir. Pero no te lo digo con mi boca, te lo muestro con mis ojos y mis manos, con el tono más dulce que me sale sin esfuerzo para vos, que ni siquiera sé quién sos y apenas sé tu nombre. ¡¡Cuánto me das sin saberlo!! ¡¡Cuánto me sanás sin sospecharlo!!! Ni cuenta te das de que sos vos para mí más que yo para vos. No entendía nada, y sigo, capaz, sin entenderlo. Pero siento algo en mi corazón que se acomoda cada vez que te veo un poco mejor, disfrutando lo poquito que te doy. Poquito… un té, una sopa, una porción de torta, un guiso… nada. Una oreja atenta y una caricia suave en tu pelo. Una mirada amiga sin juicios, sin exigencias. Así, sentada al lado tuyo en la cama mientras sos...