El asunto

 


Miré hacia el cielo y te ví.

Abriéndote con bordes violetas, rojos, naranjas, azules. Y en el medio un negro profundo, de esas profundidades livianas, sin límites, vacías.

Desde ahí ví llover algo como luces de colores, pero no eran rayos, eran mas bien pedacitos de luz, como diamantes, que a su vez reflejaban los demás colores. Más al llegar al suelo cubrían todo lo que tocaban de vida, de abundancia, de placer, de sentido.

Me cayeron en la cabeza y en las manos millones de ellas, tan pequeñas, tan minúsculas y tan enormes.

Guardan algo que no puedo saber qué es, se siente como…vida. Tienen olor a campo de tulipanes rojos, frescura del amanecer de la vida, una cierta tranquilidad del que no espera nada pero sabe que está llegando todo.

Me envolviste así, en una danza de brazos abiertos y lluvia de estrellas en la cara.

Yo blanca y luminosa, y vos transparente, vacía y llena, si cuerpo pero respirando placer. Un poco de luna y un mucho de sol guardás, alguna estrella de las que guían y un pedazo de nube blanca, de esas que se mueven serenas cuando no hay viento.

Me llenaste.

Abrí la boca y te tragué. Girando sobre mis pies abrí un momento los ojos, y te vi llenando la panza de todos los que te vieron.

Otros, los grises, agachados mirando sus pies no podían verte y menos tragarte. Los empujabas hacia arriba, intentando llenarlos también a ellos. Pero estaban tan ensimismados con sus sombras que no te podían sentir.

Lo lamenté un momento, pero el éxtasis me atrapaba y me susurrabas despacio al oído que abra la boca.

Una fuerza poderosa se había metido entre nosotros, como un imán me atraías (o yo te atraía). Supe en ese instante que me estabas llenando de todo, y aunque tuve muchas ganas de mirar hacia los costados, me mantuve con los ojos cerrados observando las luces que empezaban a ocuparme.

Pensé, en ese rato eterno, que seguramente ya se empezaba a notar mi brillo, que quizás los encorvados se vieran atraídos a mirarme y así también pudieran verte a vos.

-NO, me dijiste. Así de claro.

-No es tu asunto. Cada uno elije adónde mirar, cada uno elije qué comer, y esa es su libertad. No intentes alimentarlos, deben hacerlo por sí mismos, como vos.

¿Quién te enseñó a abrir la boca? ¿Quién te empujó a levantar las manos?

-Vos, dije yo.

-¿Cómo lo hice? Respondiste.

-No lo sé, respondí yo…

Quizás fueron las veces que te perdí de vista y tuve que salir a buscarte.

 

Quizás fue la piedra que tenía en el hígado, esa que de a poco había armado de enojos viejos, la que un día te entregué porque me estaba matando de odio.

 

Quizás, la pregunta que me hice tantas veces y  que no podía no tener respuesta.

 

Quizás cuando elegí, o cuando me dí cuenta de que podía elegir.

 

Quizás cuando me vi y me viste, y así como soy, con este olor y este aspecto, me abrazaste.

 

-El asunto es, me dijiste, que esta lluvia es para todos, sólo tienen que mirar y abrir la boca. Pero nadie puede hacer que otro lo haga.

Un día, quizás, los encorvados también van a levantar los brazos, o al menos van a saber que pueden hacerlo. Y entonces ellos también se van a llenar.

Su voz era firme pero suave. No estaba cansada de repetirse, me consolaba a la vez que me decía que no, me seguía llenando de luz mientras me señalaba las reglas.

Volví a mirar el pozo del cielo del que emanaban todas las luces  que seguían cayendo sobre la tierra.

Y los animales y las plantas seguían llenándose mientras yo, que no entendía muy bien porqué seguían entrando en mi cuerpo y hasta cuando lo iban a hacer, sólo esperaba acostumbrarme.

Él me dijo que no hacia falta tener la boca abierta todo el tiempo, que podía bajar los brazos. Que lo que en realidad tenía que permanecer abierto y elevado era mi corazón.

 

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