Aidi

 


Ojitos claros, piel blanca y arrugada, mirada enojada y cansada. Apretás la boca y los ojos mientras me hablás con tono firme y luego, dulce. Se escucha el miedo detrás de tus sonidos, miedo a que me vaya, a que no te quiera, a que me canse de tu voz enojada y tus reclamos absurdos.

No me voy a ir.

Pero no te lo digo con mi boca, te lo muestro con mis ojos y mis manos, con el tono más dulce que me sale sin esfuerzo para vos, que ni siquiera sé quién sos y apenas sé tu nombre.

¡¡Cuánto me das sin saberlo!! ¡¡Cuánto me sanás sin sospecharlo!!! Ni cuenta te das de que sos vos para mí más que yo para vos.

No entendía nada, y sigo, capaz, sin entenderlo. Pero siento algo en mi corazón que se acomoda cada vez que te veo un poco mejor, disfrutando lo poquito que te doy.

Poquito… un té, una sopa, una porción de torta, un guiso… nada. Una oreja atenta y una caricia suave en tu pelo.

Una mirada amiga sin juicios, sin exigencias. Así, sentada al lado tuyo en la cama mientras sostengo la taza de té, viéndote disfrutar de una manera que nunca había visto.

Tenés la virtud del disfrute de lo simple.

Un poco de sol difícil, te llevo al patio que está demasiado lejos ahora. Con tus pasos lentos llegás sin ayuda. No querés que te sostengan. No me dejás. Te sentás en la silla que te alcanzo pero no te gusta adonde yo la pongo, tiene que estar adonde vos querés.

Y me mandás a levantar la basura del patio.

Te miro lento a los ojos y te digo: esperá, primero voy a tomar mate.

Y bajás la cabeza resignada y veo cómo tu cuerpo desea ir y hacerlo vos, pero no podés. Y entonces, voy y la levanto. Pero no lo hago como vos me decís, no sigo tus instrucciones. Un poco rebelde también soy, ¿viste?

Sólo lo imprescindible me pedís, lo que te enoja porque no podés. ¡Qué furia tenés! ¡Cómo te gustaría mandarme a la mierda y salir a buscar la escoba!

Y sí, te entiendo. Tus huesos están duros, torcidos, doblados. Tus manos curvadas y doloridas, tu espalda encorvada, dura, casi estática. Querés que te lave el pelo, querés cambiarte la ropa y aprovechás ese ratito en el que estoy.

Lo hago mientras sonrío muy seriamente. Para que no exageres….

Tu perrita me adora y eso te preocupa un poco. No le doy importancia para que no te entristezcas. Yo estoy ahí por vos, no te confundas.

Con los días empezás a desorientarte un poco, me decís que somos yo y mi hermana, pero sólo soy yo.

Empiezan los gritos de dolor y de enojo. Yo te entiendo pero no puedo hacer mucho. Lo lamento tanto…

Y me exigís que lo resuelva, pero no puedo. Insisto con lo único que puedo hacer yo, hacer lo que me pedís lo mejor que puedo. Pero empiezo a entender que no tenemos mucho tiempo.

Y me apuro. Pero no sirve de mucho. Veo a tu alma gris parada al lado de la cama sin hablarme y le pregunto qué necesita, pero ni se entera de que ahí estoy. Sólo te mira a vos, esperando a que reacciones.

Hubo un día mágico, me contaste de pájaros en tu ventana cantando toda la noche, de lo hermoso que fue, de cómo te hubiera gustado que los vea con vos, que no te dejaron dormir pero que no te molestó. Estuviste un rato largo contándome cómo cantaban y hablamos largo de lo extraño que te parecía. Te vi sonreír muy coherente y tranquila y yo me fui también feliz, ese día.

Todavía tengo tu mirada clavada en la mía.

“Cuidate”.

“Vos también”. ¿A qué hora venís mañana?

Y entonces pasó, se te nubló la vista y me confundiste con esa hermana que decías que tenía, y tu enojo explotó y tus delirios habitaron tu cuerpo y tu mente. Te acaricié la cara y te dije suavemente: “lo lamento” varias veces mientras vos gritabas.

El amor no cura la locura, lo supe en ese momento.

Le hablé a tu yo encerrado con la esperanza de que pudiera entender y escucharme. Yo estoy segura de que así fue, aunque tu cuerpo y tu mente mantuvieron esa confusión violenta y desesperada que te estaba consumiendo.

Hace tres noches, me despertó el canto de muchos pájaros en la ventana. Hubo uno en especial que se escuchaba más claramente, como si me estuviera cantando a mí. Su sonido era perfecto, parecían palabras. Abrí los ojos y miré hacia la ventana, te recordé, sonreí y seguí durmiendo.

Supe que habías venido a despedirte. Supe que fue la manera que encontraste para decirme que te fuiste a volar y cantar, libre hacia el cielo. Pude dormir con una sonrisa en el rostro.

Habíamos hablado un poco del cielo, de lo lindo que es.

Me preguntan si estoy triste…

Y la verdad es que no, ¿Por qué lo estaría?

Tuvimos un poco de tiempo, pero fue suficiente.

Nos amamos, nos cuidamos, nos abrazamos y nos separamos.

Dios te puso en mi camino y después te sacó.

Cumplimos con lo que vinimos a hacer juntas, sea lo que haya sido.

Vos volaste, yo todavía no.

Ahora estás allá, nunca más sola, nunca más dolor, nunca más enojo.

¡¡Cómo voy a estar triste!!

El amor es una fuerza que impulsa, yo te impulsé a vos y vos a mí.

El amor no retiene, no ata, no detiene. Libera.

Me liberaste. Te liberé. Y eso es todo.

Y al final, vos tampoco te fuiste.


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