Así… ¿Y qué?

 


Hay algunas cosas que quiero decirte:

Nunca tuve a quien decirle todo el miedo que tenía, lo sola que me sentía, la falta de abrazos, lo demasiado de la responsabilidad, lo difícil que era mantener todo en orden.

La escuela, los piojos, el agua caliente para bañarnos y fría para tomar, las luces del pasillo y la habitación del fondo. El baño sin puerta y el papel de diario. El hábito.

El galpón a medio construir a oscuras y el baño de afuera, al lado del pozo que una vez había recogido los residuos del inodoro. El siempre verde que nunca soltaba las hojas y que me servía de guarida para jugar. Me escondía de nadie porque nadie nunca se dio cuenta de que me estaba escondiendo.

Al lado, el manzano y la ligustrina, que guardaba avispas y avispones.

Un poco más allá, el ciruelo que nunca daba frutas maduras.

La rosa china de flores rosadas que atraía abejas y avispas y avispones, al lado de la pileta de cemento que nunca pudimos llenar.

Una manguera larga conectada a la bomba de agua helada que nunca fue suficiente.

En el fondo el cañaveral. Me encantaba caminar sobre el alambrado agarrándome de las cañas, jugando a un mundo peligroso pero seguro. Las manos todavía guardan las ampollas como victorias de no haberme caído. Y la puerta de escape al lado, esa que usábamos para salir corriendo cada vez que llegabas.

Las frambuesas en la medianera del vecino que comíamos con azúcar.

Entre la pileta y las cañas, el piso que había quedado de la vieja casa, la casilla. Por un tiempo sobrevivió la vieja cocina que me sirvió de refugio. En ella guardaba mis muñecas, mis cuadernos, vivía una vida distinta cuando podía estar ahí. Aunque pasaba los días sola, esperando que me rescaten. En esos tiempos hablaba mucho con Dios, le preguntaba cosas, le contaba que estaba aprendiendo a leer y a escribir.

¿Por qué las cosas tienen el nombre que tienen?

¿Por qué la gente se muere?

¿Por qué mejor no me muero yo?

Muchas veces quise cambiarme por otro, le decía ¿No sería mejor que me muera yo? Mirá cómo lo querían.

Me gustaba cantar con la ilusión de que alguien me escuchara, no sé para qué.

Un poco después ya no estaba esa casa, había otra. Vivía una pareja con un bebé. Yo lo adoraba y ayudaba en su cuidado. Me esforcé mucho por ser parte de esa familia. Demasiado. Esa fue mi primera experiencia sexual.

Creo que se me guardó en el estómago.

No podía decirte nada, no hubieras podido entender.

Años después habitó ese espacio otra familia y uno de sus hijos era mi amigo. Nos divertíamos y jugábamos mucho. Por la noche me quedaba con ellos hasta que llegaras vos o alguien más. Tenía miedo de estar sola.

No pude decirte el miedo que sentía cuando estaba en casa. Las ventanas, las puertas, la oscuridad, el frío. Ese frio que todavía siento en los pies, en la espalda, en el cuello. El pasillo hacia la habitación del fondo. El baño. La puerta de la cocina y las persianas abiertas de las habitaciones. Afuera la oscuridad profunda y el silencio.

El silencio. No digas, no hagas, no sobresalgas. Hay que disimular, hay que corregir, hay que estar quieta. Que no se enojen, por favor. Porque el mundo se derrumba demasiado rápido y el enojo dura varias vidas.

Una mirada alcanzaba para entender.

¿Por qué te molestaba tanto que nos riéramos en la mesa?

¿Por qué no te reías vos también y listo?

Aprendí a no decir, no tenía a quién decirle. ¿Para qué?

¡Que te iba a decir! ¿Qué tenía miedo de dormir? ¿Qué me costaba respirar? ¿Qué le pedía a Dios que me elija? ¿Que dormía sentada y tapada hasta la cabeza con la luz prendida y que no iba al baño de noche por el terror que sentía?

Aprendí que no importaba mientras supiera cambiar los tapones de la luz.

No hubo adultos que nos sostuvieran, no hubo protección, ni cuidado, ni compañía.

Así que yo protegí, yo cuidé, yo acompañé.

No fue tan así, claro. Hiciste de todo, me prendías la estufa para levantarme en esos días de tanto frío y me ayudabas a vestirme. No podía moverme de tanto abrigo.

Qué lástima que no pude decirte que el frío no era externo…

Para dormirme, soñaba que me venían a buscar para jugar y salíamos al patio, y me mostraban mundos de fantasía en los que podíamos volar y ser luces.

¡Qué mezcla rara! Jugar y tomar decisiones. Hacer, cuidar, observar.

Ocultar.

Hablaba mucho con Dios y yo sentía que me escuchaba. Fue quien me acompañó todo el tiempo.

Creo que armé un mundo de fantasía alrededor de todo, en lo que nada tenía sentido pero tampoco era real del todo.

Justificar.

Escapar.

Desaparecer.

Morir.

Soberbia. Tuve que saber lo que había que hacer desde hace tanto tiempo que ya no puedo recordar mi edad. Tuve que sostener tantas almas, dolores, pasados que no pude ni darme cuenta de los míos.

Arrogancia. ¿En serio me vas a culpar por eso? No tuve muchas opciones. Tenía que saber qué hacer, y lo sabía.

Enojo. La víctima. Ya es hora de no serlo más, ¿no te parece?

El mundo, la vida, sólo ocurre. Pongo todo lo que aprendí pero ya no funciona. Ya casi no tomo decisiones, sólo espero.

Miedo. No se desprendió del todo aún. Lo veo todo el tiempo en todos lados. Me persigue y me habla tratando de convencerme. A veces lo escucho aunque lo ignoro. Me cuesta mucha fuerza hacerlo, pierdo ganas cada vez que tiene razón.

Pero sigo.

Intento.

Crezco.

Aprendo.

Sigo hablando con Dios. Me sigue escuchando y a veces, me contesta. No siempre me dice lo que quiero escuchar, a veces no me dice nada. Pero sigue estando ahí.

Me cuento a mí misma mis miedos, me pregunto cómo estoy, como me siento, que necesito. Y me lo doy.

Me digo “hablate con dulzura” aunque no siempre lo logro.

Me sugiero “no saber”, pero como tuve que saber durante tanto tiempo, no sé cómo hacerlo.

Me permito no querer, pero también me permito querer. Aunque casi nunca quiero nada.

Pienso en mi futuro, pero también dejó de importarme cómo va a ser. Antes tenía planes, hoy también pero ya no me vuelven loca, puedo cambiarlos.

Siento apegos a ciertas cosas, el ego es algo que no podemos evitar y que además no quiero evitar, solo se merece ser escuchado. Cuando lo hago, se relaja y me deja tranquila.

A veces, tengo ganas todavía de rumiar, pero me agota tanto que lo suelto lo más rápido posible. Pero cuando no rumeo, mi mente queda tan vacía que me asusta, como si no tuviera proyectos o inquietudes.

¿Se puede vivir así? ¿Sin planear, sin proyectos, sin una idea de hacia adónde ir?

No sé lo que es sentirse en paz, porque cuando me siento vacía me da miedo…

Cuando aparece una preocupación la agarro fuerte, mi pobre mente está acostumbrada a buscar soluciones y en seguida planea varios caminos posibles.

Pero no me quedo ahí. Me digo a mí misma “ya está, no depende de vos, eso no es real” y lo suelto. Y cuando tiene ganas de volver, vuelvo a decirle que no es real y desaparece.

Esa trampa es peligrosa, hay otras cosas que no son reales que prefiero que lo sean.

Elijo.

Mandona. Intensa. Manipuladora.

Sí, confieso. Tuve que serlo y no pude, aún, desaprender lo suficiente.

Controladora.

En el caos de mi hogar era la que tenía que tener todo bajo control. Culpable.

¿Justificación? No.

Entendimiento. Compasión. Aceptación. Perdón.

Lentitud, calma, llanto.

Dejarme ir otra vez.

Pero ahora con un poco de compasión, con menos culpa, sin tanto látigo.

Soy yo conmigo misma esta vez, otra vez. Como siempre pero distinto. No se siente pesado, no se siente solo. Se siente libre.

 

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