Entro y salgo

 


Todo el tiempo entro en un torbellino de emociones, de oscuridad mezclada con luz, con estrellas, con cielos y galaxias, con recuerdos y memorias, con olvidos y pensamientos.

Todo este tiempo pidiéndole a Dios y al universo que me enseñen a ir hacia adentro, que me muestren mi corazón, que me ayuden a abrirlo y ahora… ¿qué hago con esto?

Con el corazón abierto todo se siente más, todo es inmenso, todo es eterno, todo es profundo.

Nada pasa desapercibido, nadie es invisible, todo es un montón, todo ocupa mis espacios, los habita. Aquello que existe y lo que no existe completa mis huecos, llenan cada uno, a veces no hay lugar para respirar. La respiración se transforma en un volcán de lava caliente que quema, que limpia, que incendia y que solo se apaga con un témpano, y así voy habitándome de fuego, de brazas y hielo, a veces se empujan, no se aceptan, no se quieren, compiten, se hablan, conversan, discuten, pelean, nunca gana ninguno porque en cuanto se tocan desaparecen.

Agua tibia les pido, ni uno ni el otro. Todo es demasiado, todo es muy intenso. Cuando me invaden y me habitan y me ocupan exploto, exploto y no puedo estar adentro mío.

Empiezo a salir hacia afuera y todo cambia de color y de forma. Afuera todo es peligroso, las miradas, las indiferencias, las palabras, los silencios, los pensamientos, las emociones, los colores, el sol, la música. Todo es un montón, nada es poco, me abruma la realidad, me abruma mi propia realidad, todo es muy intenso, todo está vivo.

Puedo sentir el latir del corazón de cada persona, puedo sentir el aliento lejano, puedo sentir la respiración de los árboles, la tristeza y la felicidad del mundo aunque, esas, no me invaden, pero las injusticias sí.

Me rompen, me cuesta mucho mantenerme en el centro de la espiral, incluso mantenerme en la espiral es difícil.

Si te pido un abrazo no es porque no pueda dármelo yo. Yo me lo doy, pero necesito el tuyo.

Hay algo en vos que me hace sentir en casa. Quizás nos conocemos de cuando estuvimos en casa una vez. Quizás te recuerdo, no sé si vos me recordás pero sos el representante de mi hogar.

No sé cuándo fue que me fui de casa y perdí el camino de regreso, y tuve que empezar a desmalezar para poder volver. Para mí está bien así.

Los caminos se hacen, se construyen y a veces, el bosque es tan denso que necesito parar, detenerme y mirar.

Los brazos y las piernas, cansados de luchar contra la naturaleza, de ganar terreno de buscar senderos, duelen. Y la sangre deja de fluir libremente, por cansancio.

Y entonces reposo, descanso un rato y espero.

Pero me da miedo que llegue la noche y me encuentre sentada sin hacer nada, mientras los pastos vuelven a crecer.

Y me digo: “No te preocupes, la noche está al final del camino. Mientras estés caminando es de día. Y me susurro también que la noche son instantes, que ya pasé muchas noches y que siempre volvió el día”

“No te apures”, me digo.

Descansar también es parte del camino, mirate con amor y tenete paciencia.

“No te apures, todos los caminos te llevan a casa y todos los abrazos son tu propio abrazo.”

Y me discuto y me digo: ¿Para qué tengo piel entonces?

Y me quiero arrancar la piel para no necesitar el abrazo, ese que hoy me hace falta.

 

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