El baile

 




La música me llevó con vos, adonde casi siempre nos encontrábamos. Un baile, una mirada cómplice, los pasos de siempre. Es increíble que tanto tiempo después, tantos bailes después, siguiéramos moviéndonos igual. Las mismas vueltas, los mismos movimientos. Con otros cuerpos por supuesto, más lentos, más pesados, más distantes.

Y dejé que ocurra. Al principio me resistí, me dio bronca bailar con vos ahora. ¿Por qué mi mente y mi alma quieren hacerlo? No tiene sentido, ya no tenemos esa mirada cómplice ni nos miramos siquiera, ya no bailamos desde hace mucho. Y la verdad, prefiero no hacerlo.

Pero ahí estábamos, disfrutando la pista iluminada mientras el entorno estaba oscuro. Me gustó, la verdad, cuando decidí permitirlo. Vos no me decías nada, sólo me sonreías y eso me exasperaba. Me entregué a la danza imperfecta y suave que nuestras almas tenían ganas de expresar. Al menos la mía.

Y en el medio del llanto de repente apareció otro, no cualquiera, mi hermano. Él también sonreía con toda su luz y se acercó, vos te corriste hacia un costado y mi hermano me tomó las manos y comenzamos a bailar juntos, otra vez. Como tantas veces que lo hicimos en esta otra realidad.

No sé por qué pero siempre aparece para bailar conmigo, cuando yo me siento así, perdida. Me toma las manos, me sonríe con su luz y me dice cosas que sólo yo entiendo.

Y te miré y me di cuenta de que ya no necesitaba tus pasos ni tu mirada cómplice, te ví tomar a otra persona de la mano y mirándome feliz, bailaste con ella.

Y yo también me sentí feliz.

En ese momento apareció otro bailarín, nunca había bailado con él pero me encantó hacerlo. Mi otro hermano. Ellos, los dos, se veían felices y se sentían familia. Esa sensación de estar en casa me atravesaba como un perfume de luces de colores.

Se abrió un espacio detrás, y desde lejos veo venir caminando con pasos extraños, con movimientos de canbombe, digamos, el que yo había estado esperando hacía mucho tiempo y nunca me había dado cuenta. Mi papá.

Se acercó con esa camisa a rayas de la foto y una sonrisa enorme en su rostro.

No sé si alguna vez tuvimos la oportunidad de bailar, no lo recuerdo. Pero esta vez, vino hacia mí con tanta alegría que me completó un montón de espacios vacíos que ni sabía que tenía.

Y ahí estaban todos los hombres de mi vida, otros que no voy a nombrar pero que se juntaron conmigo a bailar. Mis hijos también estaban, mis hermanas, mis sobrinas, mi mamá y yo.

Y ellos, todos  a mi alrededor. Los que compartieron conmigo una parte del camino y los que se fueron antes.

Y bailé con él, mi Padre. Fue lo más increíble que me había pasado. Ni sabía que extrañaba sus pasos, su coreografía única, sus movimientos extraños.

Y luego, de repente, se fue a otra parte de la pista y me dejó en el centro porque había otros queriendo entrar. La pista hasta entonces iluminada sólo en el centro se transformó en una especie de nube blanca y cálida, me rodeaban muchos y no a todos los conocía.

Fueron entrando de a uno, los nuevos, los extraños,  no los conozco, pero los ví a los ojos a cada uno mientras la música sonaba muy fuerte y todos a mi alrededor me miraban sonriendo, bailando cada uno con alguien más.

Hubo algunos que pasaron rápido, pero uno se quedó. Tenía barba y ojos claros, ojos de bondad, de amor, de paz.

Ese se quedó bailando conmigo un rato más hasta que tuve que estacionar por que mi viaje había terminado.

Detuve el auto y lloré y entendí. Me sacudían espasmos en el cuerpo  y en el corazón. Se sentía como roto pero no era eso. Era como una película en la que de alguna manera el tiempo vuelve hacia atrás y las piezas que se habían desparramado se ordenan en su lugar nuevamente.

Empecé bailando con él, con el pasado, con lo que fue.

Pero necesitaba ese lugar para que los demás puedan entrar a la pista, y él, generosamente, sin que yo se lo pida, me dejó el espacio para que pudieran llegar los otros, los verdaderos, los sanadores, los amores.

Si yo hubiera sabido que ese lugar necesitaba abrirse, hubiera dejado esa danza mucho tiempo atrás.

Pero no era el momento.

Hoy es el momento de tomar mi propio ritmo, de bailar mi propia vida.

Y también entendí que no tiene sentido seguir bailando con el pasado, no deja lugar al presente.

Es raro porque también hubo alguien de un posible futuro, si un día lo encuentro lo voy a reconocer. Porque le vi el alma, y eso no es algo que se pueda confundir con otra cosa. Y entendí que el ritmo, ahora, lo elijo yo.

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