El padre
El padre
Hace dos semanas mi vida era normal. Trabajaba en un lugar en capital, no recuerdo el nombre, pero atendía las mesas. Un día sentí un terrible dolor de cabeza y me desmayé. Y así llegué a este lugar. Me hicieron muchos estudios y encontraron cáncer en varios lugares, pero no me lo dijeron. Mi familia pensó que era mejor para mí si no lo sabía. Me hubiera gustado que me lo dijeran, así, quizás, me podía preparar. Pasé algunos días en esa cama, cada vez más flaco, cada vez más perdido. El dolor se me metía por todos lados, no sé adónde estaban los tumores, pero el dolor estaba en todo el cuerpo. Me sentía completamente perdido, angustiado, desolado. Era demasiado joven aún, tenía mucho por qué vivir, había hijos que todavía me esperaban. Algunas veces vinieron a verme, pero yo prefería que no lo hagan, sabía que no recordaba sus nombres y no quería que fuera ese el recuerdo que tuvieran de mí. A alguien se le ocurrió que podía darles regalos por el día del niño, y compraron juguetes para todos y los trajeron de visita. No sé qué le dieron a cada uno, no pude darme cuenta. Espero que no guarden esos recuerdos de mí, que no se haya impregnado mi tristeza en ellos. No podía controlar nada, ni lo que los demás hacían por mí, ni mis pensamientos, ni mis emociones. Confieso que hubiera preferido otra cosa…no sé, despedirme, decirle a cada uno algo especial, algo hermoso, algo que pudieran recordar cuando crecieran. Pero no pude. Mi mente desvariaba y mi cuerpo dormía todo lo posible gracias a todos los calmantes que me daban. Eso lo agradecí, no sentir dolor, no sentir nada, no sentir. Pero el precio fue alto, creo. Me fui sin saberlo y sin decir todo lo que hubiera querido decir. Aunque, mirando hacia atrás, creo que igual no hubiera dicho nada.
El último día salí del hospital, me llevaron a morir a otro lado, acompañado por alguien que me amaba. No pude estar con mis hijos ni con mi esposa, eso no lo decidí yo. Yo pensaba que en unos días iba a poder irme a mi casa. Ahora sé que todos revivimos el último día, como si no fuésemos a morir. Creo que hasta me levanté de la cama para ir al baño una última vez. No recuerdo si pregunté por ellos, creo que sí. Mi mente no estaba presente, de alguna manera ya se había empezado a ir.
Sin saber por qué empecé a sentir la necesidad de hablar con Dios, siempre me había enojado mucho la Iglesia y todo lo que significaba. “El Padre soy yo”, decía cuando alguien nombraba al Padre o a Dios. Me enojaba bastante, ¡yo era el padre! Y ahora, ¡cómo necesitaba a ese Padre! Yo no sabía qué significaba eso, pero le pedí, le rogué que me dejara quedarme, que no iban a poder sin mí. Yo era el único que trabajaba y con mi ausencia, se venía el abandono, la pobreza, la carencia. No es que fuéramos ricos, para nada. Pero la comida siempre estaba en la mesa y la casa en construcción. La habíamos sacado con el plan de viviendas de Eva Perón y todavía la estábamos levantando. Hasta ese momento vivíamos en una casilla chiquita en un terreno nuestro. No sabía que me iba a morir, pero algo en mí lo intuía…pedí, rogué, lloré. Me arrepentí de todo lo que decían que había que arrepentirse y pedí perdón por todo lo que supuse que necesitaba ser perdonado. Eso decían que tenía que hacer…era el único Dios que conocía, el de la Iglesia, el que te manda al infierno si no te arrepentís o si no te confesás. Pedí un cura, un padre, y me confesé. Por las dudas, quizás ese Dios también podía perdonarme y de paso dejarme unos años más, así podía verlos crecer un poco…eran tan chicos…
Y en algún momento, ese último día, creí que había funcionado. Me sentí bien por primera vez en varias semanas y pensé que quizás, tal vez, me habían perdonado.
Pero no fue así. No lo del perdón, sino lo de vivir un poco más. Lo del perdón lo entendí después. Era yo el que no podía perdonarse, no Dios.
Me dormí. Podía verme durmiendo, el aire todavía entraba y salía de mi cuerpo, el agua que aún tenía se estaba terminando de evaporar, el fuego de la vida se estaba apagando y la tierra, todo lo que quedaba de ella, empezaba a secarse. Me miré un rato que pareció eterno, no puedo decir que sentí dolor, porque ya no recuerdo cómo se siente. Lo que sí sentí fue una tremenda y profunda desolación. Verme ahí, esperando para dar mi último suspiro, viendo consumirse el fuego que una vez me había habitado, secándose mis lagos internos, sin poder ni siquiera llorar por todo lo que estaba perdiendo, por todos a los que estaba dejando. Sólo tierra y barro era yo. No era el yo que conocía, era otro distinto.
Pero aún no, falta un poco. Sigo respirando, sigo secándome por dentro, cada vez entra menos aire por mi boca, cada vez mi presencia es más externa, cada instante se apaga mi ya pequeña chispa. Mis células empiezan a ceder, dejan de trabajar de a una pero todas a la vez, como una ola de quietud que empieza a recorrerme desde los pies y asciende hasta mi cabeza.
Ya no tiene sentido nada, no quiero irme, pero tampoco quiero quedarme. No entiendo qué está pasando, ¿quien soy yo mirándome parado al lado de mi cama? ¡¿Por qué me apago?!…¿qué voy a hacer cuando el último suspiro se escape?
Espero alguna respuesta, a ver si “Dios” se digna a decirme algo….escucho. Nada. No hay ruidos, no hay palabras, lo único que retumba en mi cabeza es ese suspiro, que todavía no llega, pero ya lo escucho. Y grito sin que nadie se dé cuenta. Ni siquiera yo puedo escucharme. Me siento abatido, desorientado. ¡Si alguien pudiera decirme cómo sigue esta historia! ¡Qué me espera después de ese último suspiro!
Escucho mi corazón aunque casi no se mueve, él también está casi inmóvil, deteniéndose, evitando cualquier movimiento….ya no sufre, dice…me habla y yo lo entiendo. Igual que me hablan los demás órganos, me hablan mis tumores, ¡me piden perdón ellos a mí! Por el sufrimiento que me generaron, dicen. Que era necesario.
Y yo empiezo a sentir compasión, una terrible sensación de compasión por mí, por los dos, por ese que está en la cama y por este que lo observa. Y lo perdono y me perdono, dejo salir de mi boca ese último nombre que quiero nombrar, lo digo suave y, listo. Ya está. Ya no queda ni aire, ni fuego ni agua. Sólo queda volver a la tierra. Y yo, que soy ese también, giro buscando una explicación, empiezo a dar vueltas en ese espacio vacío y oscuro, quizás haya alguna luz en algún lado, la cama comienza a alejarse rápida y lentamente, se va pero sigue estando. La miro, no puedo dejar de mirarla. Miro hacia todos lados y vuelvo a mirarla, no sé adónde tengo que ir y ese lugar, ese cuerpo me es conocido. Quiero volver, pido volver. Veo miles de lazos que aún me unen a él, los quiero, los necesito. No quiero cortarlos, no quiero que desaparezcan. ¿Quién soy si no soy ese? Como en cámara rápida empiezo a ver simultáneamente todo y a todos, a los que amé y a los que me amaron, a los que abandoné y a los que me abandonaron, a los que odié y a los que me odiaron…los lugares, las personas, las palabras, todo junto, mezclado pero en orden van pasando por mi mente inconsciente y alborotada. No sé cuánto duró esta película pero cuando al fin se detuvo, lloré. Creo que lloré algunos años, creo que lloré algunos mares. Creo que para cuando dejé de llorar, no quedaba nada de ese cuerpo y de esa cama.
Me gustaría contarte que mis lágrimas no eran de agua, eran de tristeza, por eso pude llorar tanto….
Una de esas veces, es imposible para mí decir cuánto tiempo había pasado desde mi último suspiro, en una de las imágenes que vi de mi vida, lo ví a mi lado. Entonces supe que, aunque lo rechacé y me enojé con él, siempre había estado y que, además, todavía estaba. Y levanté la mirada y extendí la mano y él la tomó, la tomó tan fuerte que mis lágrimas de dolor dejaron de derramarse y se encendió una luz cálida y blanca dentro mío. Y seguí llorando, pero esta vez lloré perdón. Mis lágrimas eran de amor puro y divino, algo que nunca había sentido cuando mi corazón alimentaba mi cuerpo. Me dí cuenta de que los lazos que me unían a mi cuerpo físico se encontraban marchitos y desparramados a mi alrededor. Pero había otros lazos aún más poderosos que me unían a él, y en su amor profundo y completo, me derretí.
Entendí quién soy y quién fui.
Todavía no sé adónde voy o a cuándo voy, todavía no sé si resolví lo que tenía que resolver o si aprendí lo que tenía que aprender. Lo único que sé, es que acá también se aprende y todavía tengo mucho camino por recorrer.
Pero, a donde o a cuando sea que vaya, el único recuerdo que quiero llevarme es este. Su mano en la mía, y yo fundido en él.
A veces me dejan ir a verlos, aunque no pueden verme. Al principio me preocupaba mucho por ellos, pero ya no. Sé que cuando llegue su momento, yo también voy a tomar sus manos. Cuando puedo, les hablo en sueños. Cuando puedo, dejo que me vean acariciándolos, aunque se asusten, un día van a saber que soy yo. Me fui hace mucho pero cada tanto vuelvo a verlos. A veces, más de una vez, los protegí. Pero eso también depende de ellos, de que escuchen esa voz interna que los guía. Y a veces, no me escucharon. Como yo tampoco escuché tantas veces cuando estaba vivo. Me gustaría ahorrarles el sufrimiento, aunque sé que es necesario. Y lo acepto. Tengo que confesar que me siento muy orgulloso de todos ellos, de cada uno, de que a su manera, todos, o casi todos, encontraron a Dios vivo adentro suyo. Y los que aún no lo hicieron, ya lo van a hacer. Porque Dios está vivo adentro de todos y eso es algo que es imposible no ver, aunque sea, al final. Ojalá estas palabras que hoy les digo los ayuden a sentir ese calor interno, la luz divina de Dios presente en ustedes, en cada uno, y que no esperen tanto tiempo ni tanto sufrimiento para encontrarla, que no sea su última palabra su nombre, por primera vez. Sepan que siempre y en todos lados, él está. Porque es parte tuya, y vos sos parte de él (o ella, como prefieras). No importa si creés o no en él, no tiene importancia. Es como no creer en el aire, pero respirar. Creas o no, él está. Y lo respiramos todo el tiempo. Gracias por eso.
Que tu vida sea de tal manera que cuando mueras estés orgulloso de quién fuiste, y que las personas que te aman se sientan bendecidas por tu presencia y festejen tu partida, que no es otra cosa que volver a casa. Así sea, y así es.
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