El ave
Un viento frío me empuja hacia
arriba, hacia las nubes grises y espesas que se acercan desde el horizonte. Algunos
rayos tibios de luz todavía se asoman sobre el enorme nubarrón pesado y oscuro
que cubre la ciudad. Desde adonde estoy, puedo ver ambos, los rayos del sol que
intentan quedarse un rato más y las nubes negras que reclaman el cielo. Y yo,
me acerco a ese borde difuso, envuelto por este viento helado y amoroso, que me
ayuda a seguir subiendo. Abajo la ciudad dormida, gris también como la nube,
fría como el viento, cálida como ese pequeño rayo de luz. Allí habitan seres
extraños que se olvidan de mirar este milagro que yo estoy viendo. Pobres, ¿no?
Se pierden el aroma de la tormenta que está llegando, el olor a agua fresca y
limpia. Seguro se acostumbraron a esconderse debajo de algún techo para no
mojarse y no sentir el frío en su piel, olvidándose de recordar cómo se siente
sentir. Miro hacia abajo y solo veo techos vacíos, algunos árboles dispersos y
mucha soledad. Si pudiera, correría los nubarrones para que los seres que
habitan estos edificios salieran a llenarse de sol. Y si pudiera, les diría que
llenarse de lluvia también es hermoso.
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