El duelo

Hacía mucho frío en esa pequeña habitación. Había azulejos en las paredes y una alfombra en el piso. Una gran cruz con una imagen de Jesús se imponía en la pared principal, llegaba casi hasta el techo. Algunas sillas ocupaban los espacios vacíos. En la sala contigua, una cafetera llenaba el aire con un hermoso olor a café. Muchos vasos descartables acumulados sobre la mesa nos decían que aún no había llegado nadie.

Había que esperar. Vos y yo entramos juntos, pero no te vi. Entraste conmigo de la mano, pero yo no pude soportarlo y salí corriendo. Y ahí me senté, afuera, en el cordón de la vereda, sin entender nada. Vos seguías conmigo, pero yo no podía verte. Intentaste hablarme, ahora lo sé. Pero yo no podía escuchar. Aun recuerdo el olor a nada, a carne, a ausencia. El terrible olor de la tristeza del alma. Al abandono, al desamparo.

Empezó a llegar la gente, algunos ya habían estado con nosotros, en casa, esperando. Otros llegaron más tarde. Algunos traían pequeños ramos de flores de colores con bandas de tela que tenían frases escritas. Yo los odiaba. ¿Qué hacían ahí? ¿para qué iban? No nos conocían y no nos querían, nunca estuvieron. Y ahora traían flores.  Me causaba gracia. Me reí mientras lloraba. ¿me viste, no? Seguro que sí.

Antes de la pastilla que me dieron, junté fuerzas y entré para verte, alguien me dijo que era necesario para que pudiera aceptarlo, ¡Qué estupidez! Estuve treinta años sin ver tu sonrisa porque lo único que podía recordar eran tus labios pegados. No pude recordar tus caricias y tus besos, porque sólo tenía en la piel el recuerdo metálico de la tuya. El color gris de tu piel, los ojos cerrados y las manos congeladas. Yo sé que me sostuviste, aunque ni vos podías sostenerte. Sé, que para vos fue más difícil que para mí. No entendías nada tampoco. Pero ahí estuviste, conmigo.

Después vinieron algunos amigos y ¡juntos nos reímos tanto! Yo sé que vos también te reías, de la vez que te caíste y los árboles que subiste, de como te gustaba correr, de lo que te gustaba bailar y de tantas cosas que hoy ya no recuerdo. Porque esos recuerdos se escondieron detrás de los otros.

Las noches que siguieron fueron terribles. Venías en sueños a perseguirme, no sé qué me querías decir. Me corrías por todos lados, te aparecías de las maneras más insólitas. No dormí durante mucho tiempo. ¡Tenía tanto miedo! No encontraba cómo salir de ese laberinto de dolor, sentía que no había escapatoria, todo había cambiado, todo era distinto. Vos no estabas.

Hacía diez años había estado en una situación parecida. La piel gris y fría, las manos sobre la panza, la ropa blanca, el cajón. Y el beso en la frente. ¡Ese recuerdo! ¿A quién se le ocurrió que es necesario ver para creer? Él también me perseguía, pero era distinto. A él esperaba verlo llegar, cada vez que golpeaban la puerta, pensaba encontrarlo sonriendo al abrirla.

A vos, no tenía esperanzas de encontrarte, es más, tenía miedo de encontrarte. Te tenía miedo. Perdón por eso.

Pasaron treinta años sin nombrarte, y cuarenta pasaron sin nombrarlo a él, sin reconocerme.

No hace tanto, por cosas de la vida, te encontré, o me encontraste, mejor dicho. Viniste a mí un día con la ropa del último día. Me llenaste de amor sin decir ninguna palabra. Una ráfaga de aire me atravesó el cuerpo y disolvió todo el dolor. Todo esto mientras sonaba esa canción que, para mí, era tuya. Elegiste ese momento para que te vea, gracias por eso.

Y tiempo después, hace poco, volví a verte. Irradiabas luz y sanación, alegría y felicidad, paz y amor. Viniste vestido de blanco también, con un lazo en la cintura y un par de alas pequeñas en la espalda, que me mostraste con orgullo. “¿Ves? Estoy aprendiendo”, me dijiste, “te voy a acompañar desde ahora”.

No puedo describir lo que me pasó en ese momento, mi alma gritaba de emoción y desconcierto, ¿Qué pasó? ¿Cómo hiciste? ¿Sos vos?

Sentí que algo explotaba dentro mío, de repente todo tenía sentido, todo era perfecto. Ví todo el tiempo junto, todo el sufrimiento, toda nuestra vida junta. Y todo cambió. Vos estabas.

Y entendí tantas cosas….entendí que siempre estuviste, que necesitabas irte, que necesitaba quedarme. Entendí que nunca te fuiste y que, de alguna manera, yo tampoco me quedé. Recordé también lo hermoso que es irse, si uno está listo. Vale lo mismo para los que nos quedamos, es hermoso, si estamos listos.

Si hubiera sabido antes….no te hubiera dado ese beso, no te hubiera mirado los labios pegados. Hubiera cantado y bailado tu canción, hubiera recitado un poema, hubiera prendido velas de colores, llenado el lugar de perfumes y alguien hubiera tocado la guitarra. Hubiera dejado que me alcances en mis sueños, para escucharte y abrazarte. No hubiera tenido miedo.

Te habría contado cosas lindas, te hubiera dicho que iba a estar bien, que no te preocupes. Que sigas tu camino, que vayas a ese lugar, que vos tampoco mires los labios pegados, que no escuches mi llanto, que no te detengas por mí. Que te amo con el alma y que el amor es libertad. Que seas libre. Que seamos libres. Que tu vida valió la pena. Que te honro y te bendigo, te agradezco cada pequeña cosa, cada mate, cada charla, cada palabra. Que me quedo con la alegría de cuando eras feliz.

Y ahora, cada tanto, cuando te encuentro, bailás para mí. Me sonreís, me animás a seguir. Me tomás la mano y corremos juntos otra vez, como lo hacíamos antes. Pero ahora somos uno, como siempre lo fuimos pero no lo sabíamos, no? Nuestras almas se funden en una sola, es como una danza de luces en la que entramos dos, salimos dos, pero ya no podemos distinguir cuál es cuál. Y así es con todos, creo. Cuando llega el momento, hacemos esa danza en la que entramos todos juntos y salimos todos, pero ya no sabemos quienes somos, porque no somos. Creo que eso es la muerte, el perderse de uno mismo y reencontrarse con uno mismo, pero ya sin ser yo, sino siendo todo. Es raro, porque es la nada y a la vez, es el todo.

¿Te diste cuenta de que el todo y la nada son la misma cosa? Seguro que sí….sino, ¿Cómo lo sé yo?

Cuando pensaba en la muerte sentía el tiempo detenido, como una foto. Pensaba en ese cajón. En todo lo que ya no va a ser, todo lo que quedó en el camino, en todos los mates que no vamos a tomar, en el miedo de olvidar tu voz. Hoy, aunque te extraño, pienso en la vida. En los mates compartidos, en las risas que reímos y en los juegos que jugamos. Hubo otras cosas también, que no las olvido pero que ya no duelen, porque te recuerdo feliz, sano, generoso, bueno y compasivo. Tu vida no fue en vano querido hermano, tu vida fue valiosa y poderosa.

Deberíamos eliminar la palabra muerte y cambiarla por transformación, por ejemplo. Nada muere, todo se transforma. Vos, te transformaste, emergiste de ese capullo y volaste al cielo hecho colores y perfumes, música del cielo.

Sé que estás, en una versión mejorada, la 6.0. Y yo, gracias a vos, de a poco voy mejorando también.

Si hubiera sabido lo que hoy sé, te hubiera dejado ir hace mucho. Y hubiera sido feliz por vos todo este tiempo.

Aunque mi cuerpo físico necesita ver, oír, tocar, mi alma sólo necesita sentir tu presencia amorosa, y lo mucho que te extraño tiene que ver con mi cuerpo, porque mi alma te tiene, sos parte mía.

Seguí volando querida alma, recorré todos los tiempos y los espacios, recorré todas las almas que te necesiten. Pero también, si querés, si podés, acompañame un poco más. Y vení a buscarme cuando llegue mi momento de danzar.

Ojalá consiga también yo un par de alitas. 

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