El mil rostros

 La habitación estaba oscura y casi vacía, una chimenea encendida era la única fuente de luz, una pequeña mesa de madera y dos sillones enfrentados ocupaban el enorme espacio. Sobre la mesa, un vaso de coñac, una pipa, tabaco y fósforos. El aire se sentía pesado y denso, había olor a preocupación y a despedida.

Sentados uno frente al otro, estaban ellos. No se miraban, pero no se perdían de vista. Atentos a cualquier movimiento que alguno pudiera hacer, no se movían.

El más viejo preparó la pipa despacio, le puso el tabaco de manera amorosa, encendió un fósforo y la prendió. Al principio le costó un poco conseguir que el humo entre a su boca, estaba trabada. “Como yo”, pensó. Insistió un poco y logró que de su boca saliera una bocanada gigante de humo gris. “Al fin”, pensó. “Ya se destrabó”.

Levantó la mirada y observó al que se encontraba frente a él. No tenía rostro, o tenía miles de rostros. No tenía voz, pero de su boca salían miles de voces, casi todas conocidas. Observó que lo miraba con cara de desaprobación, como siempre. Mientras lo observaba fijamente, veía cómo iba cambiando y tomando formas diversas, imágenes guardadas en su memoria, a veces, y otras veces desconocidas.

-“Te dije que no iba a funcionar” dijo el otro usando distintas voces simultáneamente.

-“Callate”. Contestó el hombre, un poco enojado, un poco triste, un poco desilusionado.

-“No soy un perro que podés dejar atado a un poste y olvidarte de mí, con la esperanza de que desaparezca o que alguien más me encuentre y me lleve. ¡No voy a desaparecer y quien me va a querer llevar! Fue una mala idea, te lo dije”

El hombre intentaba pensar, pero no podía hacerlo. Lo único que se le ocurría era meterlo en la chimenea y esperar que se muera quemado. Pero sabía que tampoco iba a funcionar. No sabía cómo deshacerse de él, hacía mucho que lo atormentaba con sus juicios, sus cuidados, sus restricciones, sus limitaciones. Que no fume, porque se puede enfermar. Que no baile, porque le van a doler los pies, que no vaya a la playa, porque el agua es peligrosa, que no escriba porque seguramente lo van a criticar, que no pinte porque se van a dar cuenta que no sabe pintar…..

Recordaba la primera vez que lo vió, o al menos, la primera vez que se dio cuenta de que lo vió.

Manejaba entusiasmado por un largo camino de montaña en el sur. Desde adonde estaba podía ver las curvas y contracurvas, los autos y camiones que avanzaban despacio por los bordes, acompañándose entre sí, compartiendo el aire y el suelo, como hermanos solidarios que se daban paso y se saludaban. De lejos podía ver cómo los camiones avanzaban seguros en esos caminos asfaltados al borde del abismo, y se dio cuenta de que, en unos momentos, él iba a estar en ese mismo borde. Se le retorcieron las tripas, las manos se empezaron a mojar, le temblaban las piernas mientras recordaba que nunca había hecho un viaje solo, tan largo, y que el cuerpo le dolía bastante, que seguramente los camioneros estaba acostumbrados pero él, no, ellos tienen camiones y yo tengo este autito….”¿podrá subir esas pendientes? ¿y si justo hay un derrumbe cuando paso? ¿Y si hay nieve? No traje cadenas….”

“¿Qué hago si no puedo? Creo que es mejor que mi viaje termine acá, llegué bastante lejos”

“¡¿Quién me manda a hacer este viaje tan largo y tan difícil solo?!”

“Maldición, ¡¡¡quiero volver!!!”

Miró el tablero de su auto y vió que una luz estaba titilando. “Era lo único que faltaba. Es una señal”, pensó.  No entendía nada de autos, pero esa luz parecía importante.  Bajó la velocidad aún más, y deseó fuertemente que el auto no explotara.

Y ahí, en ese momento, en esa curva descendente en medio de la montaña, con el corazón a punto de explotar, con las manos mojadas y el cuerpo tenso, lo vió. Lo miraba con cara de desaprobación, otra vez. “Te lo dije”, escuchó. Intentó ingnorarlo, pero cada vez se apoderaba más y más de su cuerpo, cada instante era peor que el anterior. No podía detenerse, no había adonde hacerlo. No había escapatoria, no podía volver y sólo le quedaba seguir y esperar que el auto no explotara, que no cayeran piedras desde la cima, que no nevara (aunque era verano, podía pasar, seguramente alguna vez pasó, ¿no?), que no se le ocurriera pincharse a alguna de sus ruedas, que su corazón resistiera y no muriera de un infarto justo ahí, que no se trabara el volante y pudiera girar para no caer miles de metros….uff, cuántas cosas que podían pasar….

Pero nada de eso estaba pasando. Sólo había una luz del tablero encendida.

Se dio cuenta. Se rió a carcajadas de todo lo que estaba pasando por su cabeza, subió el volumen de la música y prendió otro cigarrillo. Comenzó a cantar y a reír entre llantos, o llorar entre risas, no sé bien la diferencia. Y siguió avanzando y le pidió a Dios y a sus guías que lo acompañen el resto del camino, si algo tenía que pasar, que sea lo más amoroso posible, rezó. Y entregó el resto de su viaje a la vida. Y entonces, esa voz que había escuchado se disolvió lentamente, insistió un poco, por supuesto, pero la música fuerte y el canto del hombre ocultaban sus palabras.

Y vió el paisaje completamente distinto, ya no veía piedras que estaban por caer, ya no veía abismos al borde de la ruta, dejó de mirar las luces del tablero, y vió hermosas montañas y valles rodeados de agua cristalina y verde esmeralda, los rayos de sol del mediodía sobre el lago, los pájaros que volaban en manada, los perfumes de las miles de plantas y los colores increíbles de la vida por todos lados. El cuerpo se relajó y el auto, subió todas las cuestas y recorrió todos los caminos. No explotó.

Él sí explotó, cuando llegó al fin del camino, lloró. Lloró como nunca había llorado, todo el cuerpo le temblaba, lloraba por todos los poros, lloraba por todos los tiempos y por todas las veces que no había podido, lloraba por todas las voces que había escuchado y que lo habían detenido. Lloró por él, por su vida, por su coraje, por su valentía. Se sintió valiente y poderoso, capaz de hacer todo lo que quisiera hacer. Estuvo un rato sentado a la orilla del lago llorando, mirando el hermoso espectáculo que la vida le estaba regalando, una recompensa imperdible.

Al subir al auto, vió que la luz ya no titilaba. Volvió a llorar, agradecido, otra vez. Se sintió un poco tonto al darse cuenta de lo que había hecho, de todas las cosas que pasaron, pero que no pasaron….

Pero, ahí estaban otra vez, mirándose a los ojos y buscando la manera de salir de esa habitación. El de las mil voces habló nuevamente, y le recordó las miles de veces que había tenido razón:

-¿Acaso no te acordás de la vez que te salvé de que te roben? ¿te olvidaste de cuando te dije que no tocaras ese cable, y te lastimaste por no escucharme? ¿no te acordás del día que te obligué a ir al médico y gracias a eso pudiste recuperarte? Te dije que no entraras al agua y te metiste igual, ¡pero no sabés nadar! Si me hubieras escuchado, no habría pasado lo que pasó.

Y tenía razón, pensaba el hombre. “No quería que muera del todo”, pensó. Pero sí que muera un poco, tal vez….

Se dio cuenta al mirarlo de todas las victorias que tuvo gracias a él, a esa voz con todas las voces que tenía desde chico, a esos rostros familiares y no tanto que lo miraban siempre con desaprobación. Antes de verlo por primera vez, casi siempre lo escuchaba. Pero ahora, que ya lo veía más claramente, podía ignorarlo bastante.

El tabaco se había apagado y el fuego también. Tuvo frio por un instante, pero luego recordó que no era real, que no tenía frio ni calor. Que estaban ahí, en ningún lado, tratando de entenderse, de amigarse, de separarse, de unirse. Quizás, era la última vez que lo iba a ver, pensó. Pero eso no lo aliviaba. Se había aferrado mucho a sus palabras, aunque aprendió a ignorarlo, sabía que si lo hubiera visto antes, hubiera logrado mas victorias. Pero ya no importaba, porque la victoria mas grande estaba justo frente a él.

Se levantó, se acercó a las mil caras lo suficiente para verlo de cerca, al mirarlo vió su propio rostro y lo abrazó, sintió su propia piel y sus latidos, y le agradeció. Se unieron, a pesar de que nunca habían estado separados. Se reconocieron, a pesar de que cada uno sabía quien era el otro, desde siempre. Se amaron, a pesar de que se odiaban desde el inicio de los tiempos. Juntos habían logrado tantas victorias, habían ganado tantas batallas. Habían vencido tantas veces, y habían perdido otras también. Estaban juntos, eran juntos. El hombre esperaba que esta vez, no lo acompañara….pero no tenía muchas esperanzas que de que así fuera.

-“Gracias”, dijo el hombre. “Es hora de irnos, aunque prefiero irme solo, creo que no voy a poder evitar que vengas conmigo. Espero que la próxima vez, pueda reconocerte mucho antes. ¿Creés que podré?”

-“No creo que funcione”, contestó.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Querida abuela

El mensajero

Me miro