Lobo con piel de oveja
Recuerdo esas tardes en el campo. En esa época tenía 15 ó 16 años. El olor del pasto, de la lluvia cayendo sobre el suelo, del aire limpio y fresco de la mañana. Algunas veces el sol se ponía en el horizonte en una danza de colores rojizos. ¡Cómo me gustaba sentarme en el suelo a mirarlo! Unos minutos antes de comenzar a desaparecer ya estaba yo sentado descalzo con los pies inmersos en el pasto y las manos acariciando la tierra, observándolo.
Me encantaba cuidar mis ovejas. Tenía alrededor
de veinte. Todas tenían personalidades distintas y todas tenían nombre. Estoy seguro
de que cada una sabía el propio. Las llamaba para llevarlas a pasear (eso les
decía) y después las llamaba para traerlas de nuevo a casa. Les cantaba todo el
trayecto, caminábamos juntos por el sendero que nos llevaba a la cima del
cerro. Era un trabajo de esos que te hacen dormir bien a la noche. Todos los
días eran iguales, antes del amanecer, emprendíamos el camino hacia el cerro y unos
minutos luego del atardecer caminábamos de regreso. Siempre cantábamos una
canción alegre, estoy seguro de que ellas cantaban conmigo.
Una tarde, en la cima, me encontré con una
hermosa oveja, le pregunté si estaba perdida y me contestó que sí, que las
demás se habían ido hacía rato y que ella, que no era de acá, no había podido
encontrar el camino a su casa. Me dio mucha pena pensar en lo sola que se había
sentido, abandonada y con miedo. La abracé un rato largo hasta que dejó de
temblar. La invité a cantar con nosotros y a volver a casa esa noche, juntos. Ella,
al principio, decía que no, que era mucha molestia, que podía esperar a que la
fueran a buscar, que no me preocupe…pero insistí tanto que al final accedió. Me
gustaba la idea de acobijarla, calmar un poco su tristeza y su soledad,
acompañarla y hacerla parte de nuestra familia ovejuna.
Pasaron algunos días iguales a los demás, ella
y yo nos volvimos inseparables, era de todas la más atenta, la más amable y
considerada. Era, de alguna manera, la más humana. Muchas veces me ayudaba
cuando alguna oveja se alejaba y yo, distraído, no me daba cuenta. Aprendí a
confiar en ella y ella en mí. Al menos eso creía yo….
Yo confiaba en ella en realidad, nunca me di
cuenta de nada, hasta que pasó. Como dije, era la más humana de todas. Un día,
sin decir nada, sólo se fue. Encontré entre las rocas un traje de lana, el que
ella había usado. Se llevó con ella no sólo a tres de mis ovejas, sino también mi
amor propio, mi confianza, mi autoestima.
Mi corazón se rompió, intenté entender… “quizás
canté canciones aburridas, quizás el pastizal estaba seco, quizás pasábamos
demasiado tiempo afuera, quizás la comida no era buena”…intenté pensar en todo
lo que, quizás, hubiera podido hacer mal. Intenté juntar mis pedazos, ni siquiera
estaba enojado, no podía. Pensaba que, quizás, iba a volver. La esperé durante
semanas, cada tanto me sorprendía perdiéndome la puesta de sol, dejé de
sentarme descalzo en el pasto para poder mirar hacia el horizonte, atento a su
llegada. Dejé de cantar, si estaba en silencio quizás pudiera escuchar sus
pasos…no lograba entender por qué se había ido así, sin despedirse, sin
avisarme…
Pero se fue. No pude encontrar una explicación,
creo que sólo necesitaba irse. Creo que ella nunca sintió lo que yo sentía. Creo
que no fue por mí, creo que fue por ella.
Creo que ella no sabía que en realidad no era
una oveja, quizás se dio cuenta el día que se fue o quizás lo supo siempre. Como
sea, yo no me di cuenta, nunca miré por debajo de su piel.
Y me quedé ahí, tratando de juntar mis pedazos
y cantando una canción triste, más triste de lo que yo estaba. No podía odiarla
¡quizás no sabía que no era una oveja! No podía enojarme, sólo podía llorar ese
nudo en la garganta, acurrucarme en el pasto y dejar que la tierra amorosa me
impregne con su olor, mojarme con el agua de lluvia y calentarme con el fuego
del sol del mediodía. Sí, eso hice. Lloré y lloré durante días, algunas veces
la luna me consoló desde lo alto con su amor cálido y maternal, algunas veces
el río se llevó mis lágrimas y el viento mis gritos.
Y la perdoné, porque mi cuerpo necesitaba
volver a sentirse vivo. Ese dolor me había detenido, dejé de respirar durante
demasiado tiempo y comencé a secarme. En realidad, no la perdoné, esa palabra
no me gusta mucho, ella no me hizo nada, sólo se fue. Y agradecí haberla
conocido, porque me despertó de un sueño largo y constante. Me sacudió, me puso
frente a mi mismo, me mostró mi dolor escondido y guardado cuidadosamente. Y volví
mi mirada a mis ovejas, las de siempre, las que tenían nombre, mi familia ovejuna.
Y un alivio de colores entró a mi corazón abierto y presente, puro, latiendo
agitado y esparciendo compasión a cada una de las células de mi cuerpo, que se
relajaron aliviadas del peso que habían estado cargando. La próxima vez que me
encuentre una oveja, no voy a mirar por debajo de su piel. La voy a acobijar y
a consolar de igual manera, aunque pueda no ser una oveja amorosa, porque
también podría serlo…..
La próxima vez, no me voy a sorprender si
decide irse. No voy a esperar
encontrarla todas las mañanas, ni que vuelva conmigo todas las noches. Porque la
que no es oveja es ella, pero yo, yo soy quien abraza y consuela porque mi
corazón lo siente así. Ese soy yo.
Nunca voy a saber por qué se fue así como lo hizo,
pero sí sé que no era como ella se mostraba. Pero yo sí.
Como dije, ella era la más humana de todas.
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