La sonrisa y la daga

 





Ni cuenta me dí del momento exacto en el que empecé a sentir el ardor, cuándo comencé  a incendiarme desde adentro, un fuego negro y rojo brotaba de mi corazón y fluía liviano hacia afuera un océano de sangre cubriendo mi pecho y mi ropa, llegando al piso y rodeándome completamente por fuera y por dentro. El sangrado también era interno, cada órgano comenzó a descomponerse repentinamente y las células, desconcertadas, se debatían en discusiones estúpidas sobre si seguir o no con sus vidas. Algunas decidieron precipitarse al abismo de mi vacío y el dolor comenzó a crecer tan rápidamente que envolvió todo el espacio circundante, los muebles, las paredes, el aire: todo se tiñó de negro y marrón, de rojo profundo y denso.

Miré mi cuerpo y vi tu mano sosteniendo el cuchillo afilado insertado en mi corazón, tus ojos intentaban disimularlo y una sonrisa se dibujaba en tu cara inocente, intentando ocultar el empuje y la saña. Un poco burlón se veía tu rostro, como de quién no fue, no es, no mata. Pero en el otro extremo tus dedos ensangrentados confirmaban tu labor aunque, a juzgar por tu expresión, ni cuenta te diste de haberme perforado el alma.

Sorprendida, te sonreí. Ya que de alguna manera le creí mas a tus ojos que a mi sangre. Y volví a mirar incrédula ese filo que se enterraba cada vez más profundo, destruyendo tantos años de amor, de mentiras, de indiferencias, de tristezas.

Me sorprendí mucho más cuando vi mis propias manos sobre las tuyas, empujando hacia adentro, ensangrentadas y seguras. La herida era profunda y juntos comenzamos a girarlo hacia un lado y hacia el otro, disfrutando bastante de esta profanación de lo que una vez fue sagrado, para mí al menos.

Hicimos un hueco enorme, podía ver mis entrañas y tu sonrisa inocente en el mismo momento. Y mi sonrisa incrédula que escondía ese dolor de muerte que me invadía.

Yo sonreía porque vos sonreías.

En mi mente las contradicciones discutían fervorosamente intentando convencerse unas a otras sobre seguir empujando o retirar el cuchillo. Mientras, mi corazón intentaba continuar latiendo, inocente, ingenuo, inexperto en estas cuestiones de cuchillos y sonrisas.

Cerré los ojos y llamé a mi madre, a mi abuela, a las mujeres que estuvieron antes y que también fueron asesinadas como yo. Y vinieron muchas y se pararon a mi espalda y entre todas hicieron fuerza para erguirme y tomaron mis manos entre las suyas, y empujaron hacia afuera la daga maldita.

Hiciste un paso hacia atrás y un gesto de sorpresa se dibujó en tu cara, viste el cuchillo y me gritaste, preguntándome por qué lo hice.

¡Yo! Yo te ayudé a clavarlo, pero fueron tus manos.

Tu cinismo descubierto me desbordó y las mujeres a mi espalda me miraron triunfantes.

Lo viste. Me dijeron. Nosotras no pudimos verlo hasta mucho tiempo después, cuando ya no había más sangre que derramar.

Pude clavártelo yo también, si hubiera querido. Pero no quise. Sólo lo retiré, lo miré y lloré muchas lágrimas por mis manos y por mi sonrisa. Te limpiaste las manos en tu ropa y te fuiste, con la misma sonrisa con la que habías llegado.

Yo me quedé mirándome y tratando de contener el sangrado, que de a poco fue mermando mientras una sensación de desilusión me invadió completamente.

Me hubiera gustado que, al menos, hubieras visto la daga que sostenías en tus manos. Pero no lo hiciste.

Yo la vi, pero mucho más que tus manos me dolieron las mías. Mucho mas que tu sonrisa me lastimó la mía.

Me hubiera gustado ver tu sangre desparramada también en el piso. Para que entiendas, para que nunca más me mates.

No la viste, no entendiste. Pero yo sí la vi, y eso es suficiente para que nunca más puedas matarme, con tus manos o con otras.

Y ellas, que pudieron, que fueron valientes y lo lograron, ellas me sostienen.

Ellas también sonrieron, conmigo, después.

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