Mis otras yo

 




Me costó mucho verte, reconocerte, darme cuenta de que eras vos. En realidad, tuve que atravesar varios muros hasta llegar a ver tu rostro. Aunque no fue lo que primero que vi, la verdad es que vi tu campera de jean negra y tu guardapolvo blanco, reconocí tus rulos y tu pelo largo. Y sentí tu profunda tristeza y tu aterradora soledad, profunda, quieta, sin fin. La observé como quien observa un pozo negro y profundo, conocido.

Y me dije: sos vos.

Entonces me di cuenta de que hace mucho tiempo que me andabas buscando y yo, la verdad, no quería verte. Levanté tantos muros tan altos que me olvidé de vos casi a propósito, sinceramente.

Pero ahí estabas, recordándome en cada célula ese vacío, esa sensación de dolor profundo por la pérdida de quien me había amado. Casi como si fuese la única persona en el mundo que lo había hecho. A su manera medio enfermiza, cuando podía, cuando estaba consciente, cuando no estaba perdido.

Es muy extraño en realidad, porque ese día, esos días, te instalaste dolorosa en algún rincón de mi alma y te guardaste así, con la campera de jean negra y el guardapolvo blanco, en un sueño eterno, sin tiempo, a llorar. Muerta de miedo y pesada, vos también levantaste muros y me cuidaste, a tu manera, de los dolores del abandono y de la soledad.

En esa época no pudiste entender ni aceptar otra muerte, se te clavó la vida en el pecho en forma de daga afilada, te quedaste mirando el cajón y dejaste de vivir, vos también, adentro mío.

Es muy raro, pero yo pensaba que siendo ya adulta y habiéndolo visto tan sano y tan lleno de luz, vos ya no existías. Pero no fue así, seguías ahí, escondida, tratando de sostener todo por miedo a volver a sentir ese dolor tan profundo. Desde algún lugar me habitabas lastimosa rogándome que me quede así, como estaba, que no iba a poder seguir viviendo si me abandonaban otra vez. Con tanto miedo a esa soledad, a ese vacío, a ese pozo.

Pero llegó el momento que tanto temías, me temblaba el cuerpo y la mente comenzó a traer viejas heridas, se rompió el corazón en mil pedazos y todo aquello que sentiste aquella vez tomó vida en mí, nuevamente.

Yo lo ví entrar en mi cuerpo nuevamente y no podía entender por qué se repetían esas viejas memorias de dolor tan familiares. Pero en ese momento, de a poco, empecé a verte, a sentirte. Tu instinto de autodestrucción y tus ganas de lastimarte para poder soportar un dolor tan profundo y conocido me seducía, me invitaba a volver hacia atrás, hacia esa adolescente sola y perturbada llena de dolor y de odio, de ganas de morir y de matar. La desolación.

Me costó mucho evitarlo, evitarte. En algunos momentos un incendio comenzaba a brotar desde mi estómago y quería salir por la boca en un grito de dolor, volver a cortarme la piel para desviar mi atención de mi corazón roto, volver a tomar lo que sea para perderme y no sentir.

Pero yo adulta, te pude ver. Y escuché todas las veces que me dijiste que me portara bien, que no importaba, que me quedara quieta para no molestar, que no hiciera ruido, que era peligroso. Que no iba a poder sola.

Vi tu cuerpo temblando de miedo, con las manos agarradas frente a vos, las piernas un poco dobladas y flacas, mirando el piso sin poder mirar hacia adelante, estancado tu paso, clavados tus pies en un suelo de cemento gris duro, de otra época. Y sentí tanta compasión y tanto amor, un poco de vergüenza también por haberte escondido y haberte negado, por no haberte dicho que ya estaba todo bien.

Me acerqué a vos despacio, para no asustarte, te tomé las manos, y levanté tu rostro que todavía, casi cuarenta años después, estaba mojado por las lágrimas y rojo de la bronca, caído y arrugado por el desconsuelo, por la falta de abrazos, la incomprensión y el tránsito solitario, la indiferencia mía propia y el intento de superación que en realidad fue un intento de olvido.

-Pero no se puede olvidar-, te dije. Y te abracé fuerte, muy fuerte. Al principio sentía tus huesos eléctricos debajo de la campera y fue muy difícil no llorar yo también. Lloramos juntas un largo rato, abrazadas. Te di todas esas caricias que habías necesitado hace mucho, te canté una canción que te gustaba, y de a poco me miraste y te miré. En tus ojos había tanto dolor que todavía no entiendo cómo pudiste sobrevivir. Y entendí todos los muros y las paredes y los consejos que me diste. Nos sentamos de la mano en el piso, en silencio, y nos empezamos a amar.

-Fue doloroso-, te dije.

-Hiciste lo que podías hacer. Pero ahora, ya no hace falta. Estamos bien, ya soy adulta y yo puedo hacerme cargo. Estoy fuerte, ya no tengo miedo a la soledad, ni al vacío, ni al pozo. Porque tenemos a Dios en nuestro corazón y me encontré conmigo hace rato-.

-Yo no sabía que vos me faltabas, pero ahora ya te encontré a vos también. Y no pienso dejarte ir, ni dejarte sola, ese vacío te lo pido para mí, que puedo llenarlo, ya estoy lista.

Besé tus heridas, las de los brazos, que todavía sangraban. Creo que me viste fuerte y confiaste, porque me lo permitiste y aceptaste darme todo eso que estabas cargando. Yo lo tomé, con mucho amor, y lo deshice en flores y aromas que empezaron a elevarse hacia el cielo mientras lo mirábamos sonriendo, ambas.

Y al mirarte nuevamente vi tu rostro relajado, ya sin miedo, con confianza. Y te metiste adentro mío otra vez y te alojaste en todos lados llenándome de vida y de juventud, de alegría, de lijereza, de confianza, de permanencia y de presente. Despreocupada te instalaste cómoda a mirar las flores, sin reproches me volviste a tomar y te tomé.

Me cuidaste, a tu manera, todo este tiempo. Lamento los muros, lamento la indiferencia y el olvido. Lamento que hayas tenido que transitar todo sola, lamento el pozo que no ví, lamento cuarenta años de sangrado. Lo lamento, sinceramente. Si pudieras ver lo agradecida que estoy por tu entrega, por tu cuidado. Sin vos no hubiera podido.

Y quiero decirte algo más: nunca estuviste sola, aunque hayas sentido que sí. Eso lo supe después, pero me olvidé de contártelo. Lo siento.

Es muy raro porque todo parece un sueño, una irrealidad, una fantasía, una ilusión. Todo, excepto tu dolor y mi fuerza. Como si desapareciera el mundo y sólo permaneciera eso, mi amor, nuestro amor, que ahora se siente más completo, mas poderoso y mas amplio, generoso. En paz.

¿Habrá alguna mas como vos? Quizás vestida de otra manera, de otra época. Si es así y la conocés, decile que me busque, que ya estamos listas. Que todo está bien y que no está sola, que nunca lo estuvo. Que ya no hay nada que esconder ni que perdonar. Que no hay mas daño que reparar, que todo es perfecto y que somos amadas profundamente, que nos amamos también nosotras, no importa cuántas seamos. Que yo, ahora, puedo. Gracias a vos y a mí.

Y a Dios, que siempre encuentra la manera de sacarme y volverme a meter adentro mío.

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