El muerto
El muerto
-¡Tanta
sonrisa vas a tener!- Le dije, un poco
sorprendida de esa actitud indiferente, casi burlona.
-Y si-,
dijo él. -¡Si el mundo es maravilloso!-
-¿Cuál? - le
pregunté, -¿el tuyo?-
-¡Y si!, ¿cuál
va a ser?
Dijo, aún
sonriente, mostrando todos sus dientes verdes y marrones, asquerosos, insertos
en esa cara arrugada y caída, con bolsas como mierda que caían debajo de sus
ojos.
El cuerpo
encorvado mostraba una joroba imponente y las piernas angostas se movían
lánguidas y pesadas, arrastrando los pies vestidos con zapatos que una vez
fueron caros, pero que ya eran como él.
Los brazos
se movían sin ritmo, sueltos, como si tuvieran vida propia, tocando y
marchitando todo aquello que acariciaban.
Su lengua bípida
adquirida a lo largo de una vida de mentiras y engaños era de color marrón
oscuro, babosa, olorosa. Apestaba a relatos de mentira y a viejas fantasías
eróticas pervertidas incrustadas en lo profundo del estómago, que a su vez se
llenaba de bilis por lo poco que podía digerirse a sí mismo.
Las uñas de
las manos y de los pies guardaban las memorias de las veces que había arrancado
la piel de algunos distraídos que confiaron en él. Debajo escondían viejos
secretos de arañazos y podredumbre.
Sus ropas, esos
harapos apestosos y descoloridos se pegaban a su piel casi transparente y roñosa.
Ya no recordaba cuando había sido la última vez que había estado limpio,
porque, aunque a veces se bañaba, desde su interior comenzaba a brotar esa podredumbre
que salía del hueco en el que los demás tienen un corazón y lo envolvía
completamente, por dentro y por fuera marchitando las flores a su paso,
envenenando las sonrisas, borrando los buenos recuerdos y transformándolos en
parte de su mierda, que además, brotaba por todos sus costados.
Y su pelo…grueso,
grasoso, pegado a su cabeza como si estuviera pintado, creciendo hacia adentro
del cráneo, embarrado de todo aquello que emanaba de su mente enferma,
transformaba el cielo y el aire en gas venenoso, quemando ilusiones y
desparramando pus en todas las direcciones posibles, infectando las células de
todos los que se encontraban a su alrededor.
Pero él,
sonreía.
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