Mil vidas contigo

 

Se cayó la venda que me tapaba los ojos, y las manos sucias y delgadas se soltaron a mi espalda dejándome juntarlas frente a mí, tocándose entre sí, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo; esa caricia que solo pueden darse las propias manos.

Me vi parada de espaldas a un paredón alto, yo vestida de hombre un poco joven, pero no tanto, con unos bigotes desprolijos y tan sucios como mi ropa verde y rota, demasiado agujereada. Mi cuerpo huesudo no tenía sensaciones físicas, sólo miraba con estupor aquellos que portaban los rifles y me apuntaban.

De repente ya no tenían armas, en los brazos portaban ilusiones extrañas que podían dispararme al corazón. Y los vi y me dieron ternura, ¿Cómo iban a matarme? Yo desarmado y tranquilo y ellos con la ilusión de un rifle inexistente pero asesino que pretendía liquidarme.

Quizás ya me habían disparado y yo no me había dado cuenta, quizás ya estaba muerto y ese cuerpo erguido ya no tenía huesos, tal vez ellos ya no estaban ahí, y tampoco se dieron cuenta.

Yo, inmóvil, quieto, sólo observaba como el aire frio y el agua de nieve no me molestaban, ni los sentía, aunque podía verlos.

Ellos, con las armas inexistentes apoyadas en el piso, se quedaron también en una eternidad fría, como figuras de barro y cera, con sus uniformes y sus gorros con vicera,  duros. Me miraban. Sólo eso ocurría. Yo los miraba y ellos me miraban. Nada se movía, salvo el agua que caía helada sobre el piso, sobre nosotros y sobre mi cuerpo, que vi cuando pude girar un poco la cabeza.

Ese es mi cuerpo, me dije, y volví a pararme frente al paredón, las manos se volvieron a soltar y la venda volvió a caer. Y ellos, volvieron a matarme con sus armas invisibles. Y así estuvimos, durante miles de muertes.

Hasta hoy, que te vi.

Si, a vos, te vi. Y al verte vi tus manos vacías de armas que puedan dañarme. Te revisé, y no encontré ni un cuchillo escondido. Ya me mataste miles de veces ¿o eras vos el del paredón y yo la del rifle? No puedo distinguirlo porque nos veo a los dos, como si yo fuera ambos. Quizás unas veces te maté yo y otras veces me mataste vos, a lo largo de todo este embrollo.

Pero lo que vi, es que ya no tenés armas que puedan matarme, y eso en algún sentido, me duele. Porque, creo, hace tanto tiempo que lo hacemos que ya no recuerdo como era antes. Si sólo nos cruzamos ese día y luego la eternidad, o si toda la eternidad ocurrió ese día. O si todavía es ese día, hoy, ahora, yo frente al paredón y vos con tu rifle imaginario que ya no puede matarme, aunque yo, acostumbrada como estoy, me tiro al piso y vuelvo a sacarme las vendas y frotarme las manos, para descubrir que estoy muerta. Y así continuar con esta ilusión estúpida y sin sentido, de vivos y muertos, de asesinos y asesinados, de vendas que no están y de manos atadas en la espalda.

Dame un momento que necesito respirar, te digo. Y vos con la cara fría no entendés que el último aliento es el más importante. Y además, quiero elegirlo. Quiero que me dispares por última vez para que la próxima inhalación me devuelva a esta vida.

Uf, ¡Cuánta paz se siente al estar ahora frente a vos, esperando el último respiro! Sabiendo que el próximo ya no va a guardar memorias de otros tiempos. Que esta vez no voy a mirar mi cuerpo huesudo y embarrado, que cuando levante la mirada, esta vez, voy a ver cómo te vas vos también a encontrarte con tu vida ahora.

Te desarmaste o te desarmé, no importa. Lo que importa es que ya no podés matarme, aunque quieras. Porque ahora vi que tus armas son de juguete, son de aire, de palabras, de estupidez.

Ya quedamos a mano, creo. Varias veces en mil años. No se bien por qué me mataste la primera vez, aunque, por la ropa, creo que fuimos enemigos, aunque estábamos del mismo lado. Creo que nunca supiste que era yo la que estaba muriendo.

Tampoco se por qué me mataste la última vez, aunque, por la ropa, creo que fue por amor. Ya que el puñal atravesó primero tu corazón y luego el mío.

Pero ya está, somos libres o soy libre, al menos. Vos, no sé, seguirás buscando mi cuerpo, quizás.  Seguirás levantando tus manos y apuntándome con tus palabras, tal vez.

Pero, si sé que es imposible que lo logres ahora, que no te queda ni un cuchillo.

 ¿Y yo? ya tengo corazón. Ya no puedo morir por tus manos.

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