El niño


Abrió la puerta de luz y lo vió, sentado en el piso con las piernas cruzadas, vestido sencillo, sosteniendo algo en la mano que no llegaba a distinguir, ensimismado en su juego interno, siendo quién sabe qué o quién.

Al lado, una cama sin tender, una mesa de luz blanca con un velador apagado. La luz cálida del sol entraba por la ventana iluminando toda la habitación que se encontraba repleta de juguetes desparramados sin ningún orden, pero perfectamente acomodados. Frente al niño, o a su alrededor, el ángel lo observaba amorosamente siguiendo astutamente su juego, escuchando su interior, disfrutando la paz que de él irradiaba.

El ángel fue el primero en verlo entrar a la habitación, ahí parado, en una esquina frente a la puerta  abierta, ya de este lado,  con los ojos llenos de reencuentro, y con el alma que desbordaba de su cuerpo inexistente llenando de color blanco luminoso el espacio vacío en donde se encontraba.

Pero el hombre no lo miró, no podía apartar su mirada del niño sentado en el piso esperando el abrazo. Indiferente al ángel aguantó la respiración nombrándose por su apodo mentalmente, intentando llamar la atención de la criatura hermosa sentada en el piso.  Durante unos instantes se recordó, ahí mismo, sentado en ese piso y en esa habitación. Aunque su recuerdo era distinto, los colores eran diferentes, las sensaciones no se parecían a las que recordaba, esto lo asustaba y no podía recordar al ángel, lo había olvidado.

Por fín, el niño levantó la mirada y se encontró con los ojos llorosos y emocionados del hombre, se sonrió y se puso de pié de un golpe mientras tomaba a su ángel de la mano en un gesto de complicidad y confianza totalmente natural para los tres.

El hombre quiso acercarse, pero prefirió esperar a que el niño lo hiciera. Sin darse cuenta, con cada paso que el pequeño daba hacia él, él daba un paso hacia el niño. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca se tomaron de la mano, sonrieron, se reconocieron, se amaron, otra vez.

-Estuve perdido, dijo el hombre que comenzó a llorar desconsoladamente con una sonrisa en el rostro que ocupaba todos los espacios.

-Te estaba esperando, pensó el niño y su pensamiento resonó en todas las paredes de la habitación, rebotó en los juguetes desparramados y se hizo eco en el cuerpo invisible del que se encontraba presente.

-Perdón, vine a buscarte, vine a rescatarte….dijo el hombre que sintió un poco de vergüenza por la larga ausencia y porque, sabía, que el que estaba perdido era él. Al escucharse sintió que algo caía desde su adentro y se disolvía en el piso inexistente, convirtiéndose en nada y en parte del todo, simultáneamente.

El ambiente se tornó cálido y más luminoso, se olía inocencia y la presencia de Dios se sentía sobre la piel y dentro de cada respiración. Una música suave comenzó a escucharse a lo lejos, emanaba de las paredes blancas y de los juguetes desparramados. El hombre y el niño sonrieron idénticamente, haciendo un gesto clonado en el que ambos sonreían de costado y agachaban la cabeza, a la vez.

 ¿Tan fácil es?  Pensó, y la respuesta fue una risa descontrolada llena de caramelos, cuentos y chocolate. El sabor de su infancia lo invadía, comenzó a sentir viejos olores, a tierra mojada, a las rosas del jardín de la abuela, a la pipa del abuelo, al kerosene de la estufa prendida en invierno, a la frazada de lana que nunca alcanzaba para taparse, olor a tostadas y a manteca, a dulce de leche.

¿Tan fácil es? Preguntó en voz alta, sorprendiéndose de la liviandad que lo invadía, el coraje que de repente lo ocupaba, la fuerza interna que intentaba extraerse desde algún lugar en su interior. Lo sintió, era fácil. ¿No hay nada que soltar?, pensó. ¿Es sólo recordarte…?

Nadie contestó. El niño y el ángel comenzaron una danza al ritmo de los sonidos que venían de todas partes y los latidos del corazón del hombre resonaban armoniosos dándole aun más suavidad a sus movimientos. Juntos, unidos, en fraternidad danzaron unos instantes esa melodía conocida pero inédita, que se iba escribiendo con cada uno de sus pasos.

¿Tan fácil es? Repitió, esperando alguna respuesta.

Sus miradas se cruzaron cómplices, la respuesta era una verdad que todos sabían pero que, a veces, el hombre olvidaba.

Se miraron un rato en silencio y sin pensarlo se sentaron en el piso a jugar. El ángel se sentó en la cama disfrutando del paisaje que iba formándose en el piso, guardando los momentos en una hermosa caja dorada sin llave, consciente de que en ese momento debía correrse para que suceda el milagro.

Eligieron uno de los juguetes que se encontraba cerca y lo compartieron entre risas silenciosas. Se tomaron las manos durante el eterno instante, disfrutando sus almas. Se impregnaron de ellos, se trasvasaron uno en el otro como quien prepara una mezcla homogénea de una solución invisible y perfecta. Se llenaron.

Una voz suave resonó en la habitación invitándolo a volver hacia la puerta, él la escuchó, era la misma voz que lo había puesto frente a la puerta de luz y lo había invitado a entrar, pero la paz y la tranquilidad de la inocencia olvidada le impedía pararse.

Volvieron a llamarlo guiándolo de regreso dándole un breve instante para la despedida. Te llevo conmigo, le dijo al niño, acá, en mi corazón voy a guardar tu sabiduría para que pueda guiarme el resto del camino. Me llevo tu amor y te entrego el mío. Te respeto, te amo, me amo. Nos amo.

El niño asintió conforme y feliz, y en sus ojos iluminados e inocentes se dibujaron risas y festejos. Él sabía, en su sabiduría sin tiempo como la de todos los niños, que al mirarse a los ojos iba a recordar, y durante mucho tiempo del hombre lo estuvo esperado, así, sentado en el piso de la habitación construyendo nuevos mundos y ordenando, a veces, sus juguetes, en compañía permanente de su ángel y de Dios. Lo que el hombre no sabía, es que había estado con él todo el tiempo de su vida.

La voz comenzó a sentirse más fuerte y la puerta de luz volvió a abrirse, lenta pero firmemente se dirigió a ella y la atravesó, pero antes miró hacia atrás y esta vez el ángel lo estaba mirando y lo saludaba cariñosamente sin hacer ningún gesto, como un viejo amigo del cual uno nunca se despide.

Volvió a la casa, la de cemento, la real. Abrió los ojos despacio y vió como las demás personas también lo hacían. Algunas aún estaban volando libremente por el cielo y otras, despacio, seguían susurrando nombres guardados. Se miraron un poco avergonzados al principio, como si los demás hubieran visto algo que no debían ver.

Pero todos sonreían sabiendo de sus vergüenzas y sus encuentros. Cómplices, se sonrieron como quienes comparten un secreto profundo y revelador, que es distinto para cada uno pero es el mismo para todos.

De a poco se fueron levantando del piso, en silencio, ya que las palabras ocupaban un espacio incómodo, innecesario.

Cuando todos estuvieron de pié, se abrazaron. Fue un abrazo multitudinario en el que estaban todos ellos, todos sus niños y todos sus ángeles. Y fueron hermanos por un momento, fueron uno durante esos segundos en los que sus cuerpos se tocaron aún más que sus almas.

Se despidieron, intercambiaron los celulares, sabiendo que ninguno los iba a usar, pero se sentían más seguros si los tenían a mano.

Cada uno, al atravesar la puerta de la casa, soltó un soplido del alma dejando atrás todo aquello que había traído.

¿Tan fácil era? Se preguntaban. Y buscaron adentro suyo la respuesta, y al hacerlo, la sonrisa del niño y la mirada del ángel resonaron en sus mentes adultas, llevándolos nuevamente al piso de la habitación. Tenían la llave de la puerta de luz.

Sí, era fácil.


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