Entre tus manos

 Tocaste todo. El pasto crecido arremolinado en el patio, las plantas rebeldes que se negaban a dejar de crecer, la tierra de tu suelo bendito, seca algunas veces y húmeda otras. El polvo de la calle solitaria y sin final, aunque veas con tus ojos del rostro el final cercano del camino.

No importa, no lo entendés todavía, pero falta poco.

Así pasaste acariciando el aire de las mañanas a través de los días y las noches, calentando sopa, arrullando sueños, acobijando cuerpos, cargando agua y dejando en cada momento un poco de tu alma.

No te diste cuenta, no importa.

Susurraste en el oído de muchas almas, a veces construiste castillos y otras derribaste torres. Viste a la muerte cara a cara, la tuya y la de otros. Y muchas veces deseaste entrar en ella, fundirte con ese manto negro y oscuro que para vos es la muerte.

No entendés todavía, no importa.

Cocinaste y llenaste la panza de muchos, usaste todos los olores del universo en tus platos amorosos y generosos, abundantes. Dulces y salados, como vos.

No lo ves todavía, no importa…

Dijiste palabras y construiste mundos, pensaste y levantaste castillos, llenaste los espacios con hechos, atravesaste triunfante la vida, llegaste al final, llegaste llena y vacía, llegaste madura y niña.

No lo sabés todavía, no importa…

Calmaste mi sed y la de otros, a veces a propósito, a veces sin querer, pero lo hiciste. Tus gestos arrugados y derribados, desconformes y expectantes se impregnan en tu cara y dejan ver tu dolor. El ceño fruncido y la boca abierta en una sonrisa perenne, incongruentes y contradictorios, traslucen tu alma rota y confundida.

No lo reconocés todavía, no importa…

Tu herencia de sangre diluida y viscosa, enferma y castigada recorre tus venas y las mías a lo largo de los tiempos y los espacios, de las historias y las palabras, de nuestras vidas entreveradas y confusas.

No lo sentís todavía, no importa…

A vos quiero recurrir cuando me sienta sola y desprotegida, en tu alma quiero reposar la mía y en tus brazos quiero recostar mi rostro cuando no quiero sentir el aire. Es tu sopa la que quiero tomar y es tu sonrisa la que quiero ver, aunque no lo diga, aunque no te lo diga. Es tu pasto el que quiero pisar y tu tierra la que quiero abrazar, tu cielo infinitamente azul y negro y tus flores nuevas y también las marchitas las que quiero cuidar y volver a sembrar, para enseñarles todo lo que no pudimos aprender juntas.

No te lo digo, no importa….

Así, de la mano y entre tus manos quiero sentirme, mas no las manos que mostraste siempre ni las manos que yo mostré, las otras, las que no tienen carne, las del alma, las verdaderas. Esas que un día nos unieron y que un día nos van a volver a unir. ¿Es ahora? No. Lo sé y lo acepto. Y espero pacientemente a que llegue ese momento porque sé que va a llegar. ¿Me sentís? ¿sentís mis manos sin piel? No, claro que no. Aunque en todo momento están ahí con vos, tomando las tuyas amorosamente. Estas manos con carne no se atreven a tanto, no saben cómo decir esto que quieren decir.

No es el momento todavía, no importa…

Hicimos lo que pudimos a lo largo de las vidas intentado separarnos y volver a unirnos, matarnos y revivirnos, enfermarnos y curarnos, decirnos y callar. Pero todavía, nueve vidas después, nos falta ese abrazo que vinimos a darnos pero que todavía no llega. ¿Será en la próxima quizás? ¿Será en esta? Quizás ya nos lo dimos y no lo recuerdo, ojalá vos sí lo puedas recordar. A veces intenta expresarse un recuerdo tímido de un abrazo sincero, pero en seguida se confunde con rechazo. Lo lamento. Lo acepto.

No lo recordamos todavía…tampoco importa.

Nos veo caminando juntas en ese pastizal repleto de flores silvestres amarillas, de la mano, yo la grande y vos la pequeña, sin camino pero con paso firme, el sol brillando sobre nuestras cabezas calentando nuestros cuerpos luminosos y libres. Sonriendo con toda la cara y mirando hacia adelante, tranquilas y apacibles dejando atrás todo eso que ya no nos sirve, sin darnos vuelta y sin temor de lo que hay detrás, como si no existiera y como si nunca hubiera existido. Iluminadas por detrás y por delante, allá las montañas enormes esperándonos en calma, con todo el tiempo del mundo real y todo el tiempo del universo disponible para nosotras, que vamos lentas y sin apuro, descalzas, contándonos historias reales de la vida imaginaria que atravesamos otra vez, planeando el próximo encuentro. Y allá están los demás, ya felices y juntos también planeando el próximo juego y descifrando los códigos sagrados que nos van a permitir jugar bien esta vez.

Nos abrazamos ahí, aunque no es lo mismo es suficiente por ahora. Lo veo y lo siento.

No sabemos cuál es el próximo plan ni cuando va a suceder.

Tampoco importa, mientras lo hagamos juntas.

 

 

 

 

 

 

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