Una piedra más….

 “Un paso más”, se dijo mirando el suelo con la cara ardiendo y los pies dolidos, completamente transpirada latiendo por todos los lados de su cuerpo.

“Son tres subidas nomás y después vienen las bajadas”, buscaba alivio en ese pensamiento que de ninguna manera la consolaba.

“Ya subimos la primera” como si eso fuera a evitar las próximas pendientes llenas de rocas sueltas y polvo, con el sol ardiendo sobre la cabeza e inundando cada pequeño trozo de piel seca y roja que intentaba salirse del cuerpo físico para desintegrarse entre el matorral inhóspito y lleno de cactus.

“Por suerte no soy la última” se reía pensando que quizás, ese pensamiento pudiera motivarla a mover el pié hacia adelante, a pesar de su resistencia y su dolor que se irradiaban hacia arriba como un río de furia y de calor incontrolable en contra de todos los pensamientos que intentaba poner en su mente.

Ya no salían palabras de su boca, casi no salía aliento, sólo soplidos calientes y apurados que intentaban sostener erguido un cuerpo que sólo deseaba estallar y entregarse.

Miraba a su alrededor y todas las demás parecían tranquilas y hasta felices, pero ella…ella no podía dejar de prestar atención a su esfuerzo y su deseo de deshacer lo que había hecho.

¿Para qué vine? Ese pensamiento le daba un poco de energía analizando todas las razones por las cuales nunca más iba a ir, y todas las explicaciones rabiosas que pensaba dar cuando volvieran a invitarla, detallando en su mente cada una de las sensaciones que estaba atravesando, enojada y con razón porque nunca le dijeron que iba a tener que hacer ese trabajo inhumano de subir todas esas cuadras cuesta arriba, en este cuerpo que nunca estuvo preparado para eso.

La idea de que la volvieran a invitar la hacía olvidar un poco el esfuerzo, ya tenía en su mente todos los argumentos y razones y acusaciones posibles para desestimar cualquier invitación que pudiera suceder. “Ojalá me inviten”, pensó, “así aprenden a no arruinarme el viaje placentero y hacia adentro que tenía planeado”.

No podía dejar de mirar el suelo repleto de piedras sueltas y arenilla seca, volátil, acomodada a propósito por el viento inexistente en ese momento pero permanente antes y después, rogando por un poco de lluvia evitando tomar el último trago de agua que tenía en la botella por si la necesitaba en la próxima subida.

Por su mente pasaban imágenes de todas las veces que había intentado subir o bajar y no lo había logrado quedándose sentada a la espera del resto que no se cuestionaba esa decisión. Pero esta vez, no podía, no había adonde esperar. Ni un poco de sombra en ese camino casi desértico con el sol justo sobre su cabeza la obligaba a continuar con la única esperanza de llegar a la habitación y que le pidieran volver.

¡Ah sí! ¡Me van a escuchar! Cuanta fuerza sentía en esa conversación interna andá a saber con quién llena de reproches y dolores.

En uno de los movimientos hacia arriba, en el medio de la fila de personas agotadas y silenciosas, mientras sentía todo ese dolor y esa fuerza interna provocada por el enojo y el hartazgo, la vio caminando a su lado. Llevaba una especie de bastón, la cabeza gacha, el cuerpo torcido, un pié levantado envuelto en una venda amarillenta por el uso, cansada y con una expresión triste y agotada, resignada a su destino, más que resignada, casi feliz por el destino de dolor que llevaba a cuestas que le doblaba la espalda por la mitad. Pudo escuchar sus pensamientos de dolor y hartazgo, de resignación por la vida que le había tocado, sintiendo lástima de ella misma por todo lo que no pudo hacer, por todo lo que el destino había hecho con ella, silenciosa y ciega de sus propios eslabones de la cadena.

Y ahí estaba otra vez, la víctima. Su víctima. Llenándole la cabeza de pensamientos agotadores, llevando su atención al mundo externo culpable nuevamente de todo, poniéndola en el centro de la atención de si misma como si todo el sol, los cactus y las piedras fueran suyas y para ella, para que vea su dolor y reconozca, otra vez, que no puede, que es muy difícil, que a nadie le importa y que todos son culpables de algo, de invitarla, de caminar más rápido, de sonreír y disfrutar, de esperarla aunque ella no quiera, de estar sanos, de llegar antes o de llegar después y esperar a los otros, de que no tenga más agua, de que no tenga más fuerza, de que le duelan las piernas y los pies…de descubrir ese pedacito pequeño de sombra y detenerse en ella un instante…

“¡¿Otra vez vos acá!?”, le dijo, “¡pensé que te había dejado hacía mucho!” indignada con ella misma por haber caído nuevamente en su propia trampa se sonrió. No había mucho que hacer mas que mirarla y escucharla, a ver qué tenía para decir.

“Yo te doy fuerza para seguir subiendo” le dijo, “mirá todo el camino que recorriste gracias a mi”.

Y, un poco de razón tenía, había subido ya dos cuestas empinadas sin lastimarse y había logrado aguantar en parte el dolor físico que estaba sintiendo.

Volvió a sonreír al darse cuenta de que siempre tenía algo que decir que de alguna manera era cierto, en algún sentido.

Se rió, le dijo a la compañera de al lado que con ella viajaba su víctima pero la compañera no entendió, no tenía porqué hacerlo ya que nadie más que ella podía verla y escucharla. Quizás su compañera también estaba acompañada…pensó.

Empezó a reírse hacia afuera un poco, a respirar más calmada ya que el cuerpo entiende enseguida que una sonrisa es señal de que todo está bien. Posó sus ojos en el camino nuevamente comenzando a descubrir esos secretos que permanecían ocultos para ella, los sonidos de los pájaros y de los insectos, las hojas verdes de los arbustos agradecidos por la lluvia del día anterior, el susurro del viento suave que cada tanto le acariciaba el rostro hirviendo, las hermanas de la vida que a pesar de sus propias víctimas detenían su paso esperando a las más lentas, el cuerpo pesado y deteriorado debido a sus decisiones y soledades, la sensación de haber podido y sobre todo, el silencio mental que aparecía como un regalo bendito y se expandía hacia cada célula.

Se sintió fuerte en su debilidad, se sintió llena en su vacío, se sintió feliz en su dolor físico, que, aunque seguía persistiendo, ya no se llevaba toda su atención como al principio del camino.

Aún faltaba un poco para llegar, pero la fuerza interna que había logrado sintiéndose uno con el afuera, vibrando armónicamente al compás del sol, el viento, los cactus, las hermanas que la maternaron por un momento dulcemente, amorosamente, aniquiló, por esta vez, a su víctima.

Pasaron varios días desde ese camino de encuentro inesperado, en el que ellas volvieron a verse caminando juntas sin saberlo, dándose muerte nuevamente.

¿Volvería? Pensó…

¿Vale la pena? O mejor dicho, ¿vale la felicidad?

“El precio es demasiado alto” le había dicho su víctima.

“¿Cuál fue el precio?” se preguntó… “no siento que haya pagado ningún precio”…se dijo…

Se recostó con los ojos cerrados mirando hacia adentro nuevamente, esto era muy fácil cuando estaba cómoda en la paz de su casa.

“Ojalá me vuelvan a invitar” sonrió.

 

 

 

 

Comentarios