Mi oscuridad

 Muchas veces escuché sobre la oscuridad. De algunos santos sé que “luchaban contra su oscuridad”. Creo que nunca entendí qué significaba luchar contra la oscuridad, hasta que conocí la mía.

En una época pensaba que la oscuridad es eso de nosotros que no nos gusta, como la envidia, los celos, la soberbia, el orgullo, la competencia, el juicio…

Eso que hace que a veces deseemos que a otro le vaya mal, o al menos no mejor que a nosotros mismos. Que fracase. Que aprenda.

Algunas personas dicen que eso nunca lo sintieron. Yo sí. Ese rencor, ese odio, esa superioridad, que no nos gusta y de la que muchas veces negamos su existencia. Ese mirar al otro con desprecio sin ninguna razón o por cualquier razón. Lo sentimos, pero lo escondemos de nosotros mismos porque nos llena de culpa. En el mejor de los casos nos preguntamos por qué nos pasa, qué nos falta, y nos damos cuenta de que no nos falta nada, pero igual lo sentimos. Por más que lo neguemos, ahí está, esperando para manifestarse.

Pero eso no es la oscuridad. Creo que esas son manifestaciones del ego que se alimentan de la oscuridad. Creo que no es posible contar, decir, describir nuestra oscuridad, por un lado, porque no llegamos a conocerla del todo, por otro, porque desnudarse duele. Y como siempre descubro que faltan palabras para describirla. Es como intentar explicarle a un ciego que nunca vió, qué son los colores. Sólo podemos entenderla cuando la vimos, cuando la sentimos, cuando estuvimos en ella de manera consciente.

Y entonces puedo ver la oscuridad de otros también, porque vi la mía. 

Quiere surgir y manifestarse, y a veces la dejo, para observarla. 

Otras veces se manifiesta sin que yo me dé cuenta. Se siente como un ataque de ansiedad que recorre todo el cuerpo desde la cabeza a los pies, tiene ganas de ser llanto y risas, tiene ganas de ocupar todo el cuerpo, cada órgano, cada célula, cada espacio vacío (que los tengo). 

Quiere llenar esos huecos con ideas, tristezas, dolores, reproches, culpas, enojos. Y la dejo un poco para poder aprender de qué es capaz. Es como otro viviendo adentro mío, se siente como yo. 

Pero no es el ego, lo sé porque me enciende, me atormenta, empieza a latir en el corazón y llega hasta la cabeza, no al revés. Y se retroalimenta, si la dejo fluir, empieza un ciclo de alimentación que aumenta en cada momento la intensidad del sentimiento.

Puedo decir de ella que me hace sentir viva, enérgica, poderosa. Pero es como la droga, cuando pasa el efecto los vacíos vuelven a estar vacíos.

Y la luz. 

También conocí mi luz, aunque menos divertida que la oscuridad, es mucho más hermosa y también sabe cómo llenar todos los espacios. Y cuando lo hace, los ocupa permanentemente. 

No se va como la droga, se queda conmigo mas tiempo. Y en el medio estoy yo. Es difícil de explicar, porque no somos tres, sólo una. Sólo sé que yo los observo y elijo. 

Aunque había leído mil veces sobre la flor de loto, entendí su significado en este proceso, ella tiene sus raíces en un pantano pero su flor, que está en la superficie, es hermosa. Toma de ese pantano lo que la alimenta y lo transforma en algo mágico.

Yo creo que es así:

Mi oscuridad es el pantano y la flor es mi luz. Y yo soy todo eso junto, tomando de lo más profundo lo que necesito para florecer. 

La flor no sería quien es sin ese pantano, y el pantano está ahí para que pueda manifestarse la flor. 

Abrazo mi oscuridad y abrazo mi luz, porque no existen una sin la otra y porque elijo florecer en luz, todas las veces que pueda.

 

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