El viejo sabio
Había una vez un viejo tan pero tan sabio, que
no sabía nada.
Todos los días, se levantaba asombrado de cada
cosa que iba conociendo, que eran siempre las mismas. El primer rayo de sol,
que lo saludaba desde la ventana, le brindaba una luz y un calor desconocido y
maravilloso.
Todos los días tenía un nombre nuevo, algunas
veces lo elegía él y otras veces se lo ponían las personas de su pueblo. Algunos
días se llamaba mariposa, otros rocío de la mañana, otros lluvia de otoño….y
algunas otras veces se llamaba viejo loco. Eso lo divertía mucho.
Le gustaba caminar por las calles descubriendo
todos los días lo mismo. Su hora preferida era la hora del recreo de la escuela
del pueblo, se sentaba en un banco en la vereda y jugaba todos los juegos que
jugaban los niños. Jugaba a la pelota, atajaba y corría por la cancha, jugaba a
la escondida, (le gustaba porque nunca lo podían encontrar), jugaba a la mancha
y a veces ganaba, aunque sólo él se daba cuenta de eso.
Todos los días descubría colores nuevos en el
cielo, en las flores, en las personas. Y se maravillaba y se quedaba largos
ratos admirándolos, sintiendo los perfumes y disfrutando las texturas de las
piedras.
No tenía edad, al menos eso decía. Cuando alguien
le preguntaba su edad siempre miraba su reloj y contaba las horas que habían
pasado desde que había abierto los ojos esa mañana. O contestaba con la
cantidad de suspiros que había hecho ese día. “en este momento tengo 25
suspiros y 32 colores nuevos”.
Uno de esos días, mientras estaba sentado en el
banco frente a la escuela jugando todos los juegos con los niños, apareció el
muchacho. Estaba sucio y con la mirada perdida, mas abrigado de lo necesario y
mas flaco de lo aconsejable. Se puso frente al viejo y con un gruñido de
ultratumba le exigió que le diera todo lo que tenía, amenazándolo.
El viejo lo miró, se paró y le entregó toda su
ropa, sus zapatillas y su reloj. Luego extendió su mano y tomó la del muchacho,
le sonrió y lo abrazó, y le dijo suave al oído “me pediste que te diera todo lo
que tenía, y eso quiero hacer. Vení a mi casa, te invito a tomar un té, y podés
llevarte todo lo que desees”.
El muchacho se estrujó desorientado, la
invitación le parecía insoportable, y pensó “viejo loco…..”, pero lo acompañó,
después de todo, podía llevarse lo que quisiera le dijo. Eso lo entusiasmó.
Llegaron a la casa del viejo sabio y, mientras
el muchacho se acomodaba en el sillón prestando atención a todo lo que pudiera
ser valioso, el viejo fue a su jardín, eligió las plantas que tenían mejor
aroma, menta, pétalos de rosa, y otras de las cuales no sabía su nombre pero
emanaban un cierto color, distinto de las demás. Entró en su cocina y disfrutó
del fuego de la hornalla, tan agradable y fuerte, y puso el agua a calentar. Puso
en dos tazas los yuyos que había juntado, un poco de miel y un soplido del
alma.
Se sentó frente al muchacho con el té en la
mano y se lo ofreció en silencio. El lo tomó despacio, lentamente. De un viejo
mueble sacó una caja de madera, tenía olor a recuerdos y color de libertad. La abrió,
y en ese momento, el muchacho vió que la caja estaba vacía. Sentados en
silencio estuvieron un buen rato, hasta que el muchacho empezó a hablar cuando
el viejo sabio rompió a llorar. Es que el viejo sabio que no sabía nada, sentía
el dolor del muchacho que sabía todo.
Y de su boca salieron dolores, tristezas,
abandonos, hambre, desesperanza, soledades, , palabras tristes, indiferencias….todas
formas sin formas de colores oscuros y con olor a vómito, a podrido, a pasado. Y
todas ellas fueron entrando, una por una, en la caja de madera, acurrucándose
una junto a la otra, ocupando todos los espacios.
Y así pasaron siete días, de los que contamos
nosotros, llenando la caja. Ambos lloraron desconsoladamente cada tristeza,
cada dolor. Juntos gritaron todos los abandonos, las penas, las angustias y las
muertes.
En el octavo día, el viejo salió al jardín y
trajo siete rosas rojas hermosas con sus tallos largos, y los puso en la caja. Le
pidió al muchacho, después del té, que le alcanzara una de ellas. El muchacho
metió la mano en la caja sin mirar y tomó una de las rosas que se le clavó en
los dedos. Gritó ¡Ay, esta rosa me lastimó! Y comenzó a sangrar por las heridas
y lloró, y el viejo lloró con él.
Durante varios días repitieron esta escena. El viejo
le pedía una rosa, él se pinchaba los dedos, gritaba y ambos lloraban. Hasta que
un día, antes de tomar la rosa de la caja, decidió mirarla. Y vió todo lo que
en la caja había guardado, y vió también que podía tomar la rosa desde la flor,
en lugar de las espinas. Y la levantó con ambas manos y se la puso en los
labios, la olió y la saboreó. Y descubrió por primera vez su perfume y su
suavidad.
Y fue entonces que pasó, de la caja empezaron a
salir cuentos, mariposas, colores, se escuchaban las risas de niños, una
canción de feliz cumpleaños, los primeros lápices de colores que había tenido
cuando era chico, el anillo de plástico que una vez le regaló a su vecinita,
olor a pan casero y a sopa, una caricia de la abuela, miles de curitas, las
risas de él y de su hermano el día que subieron al árbol más alto, el ruido del
chapoteo de cuando metía los pies en el charco, la luz de las miles de
luciérnagas que había atrapado en un frasco, el dragón y el elefante que se formaba
en las nubes, el monstruo del techo de madera de su cuarto, las caricias de su
madre, el timbre de la escuela, terrones de azúcar, la frazada compartida los
días de frío, las bombitas de agua del carnaval, música, una canción que le
cantaban cuando era niño….
Y durante siete días siguieron saliendo de la
caja miles de cosas, y el viejo y el muchacho lloraron de alegría y rieron a
carcajadas durante horas y horas (o miles de suspiros, diría el viejo).
Al octavo día, el muchacho fue al jardín,
eligió las plantas que tenían mejor aroma, menta, pétalos de rosa, y otras de
las cuales no sabía su nombre pero emanaban un cierto color, distinto de las
demás. Entró en la cocina y disfrutó del fuego de la hornalla, tan agradable y
fuerte, y puso el agua a calentar. Puso en dos tazas los yuyos que había
juntado, un poco de miel y un soplido del alma.
Sentado frente al viejo quiso decirle su nombre,
pero el viejo sabio lo detuvo diciéndole que no era necesario, de todas formas,
todos los días iba a llamarlo distinto. Hoy, por ejemplo, lo llamaba sol de la
mañana. Y sol de la mañana sonrió, satisfecho.
-Es momento de irme, dijo suavemente Sol de la
Mañana. No sé cómo agradecerle todo lo que me dio estos días…vine para llevarme
todas sus cosas más valiosas, y sin querer, me las estoy llevando, aunque no
son las que yo esperaba. Sin embargo, también las dejo. Es extraño esto….me
llevo todo pero sin embargo dejo todo….esto que me dió, todavía lo tiene y
sigue siendo suyo, pero ahora también es mío. No puedo explicarlo….
Y el viejo sabio que no sabía nada, le
contestó.
-Yo sólo te dí un té.
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