La puerta
La puerta
Sonó el teléfono y ella corrió esperanzada a
atenderlo…pero no era su hija….habló cortésmente intentando cortar rápido esa
llamada, para seguir esperando. Miró la hora, eran las seis de la tarde y hacía
mucho frío, prendió otra estufa y se abrigó, se puso las medias de lana y miró
por la ventana, “está oscureciendo” pensó…
Salió otra vez a la vereda a mirar hacia la
esquina, a ver si la veía llegar. Pero, otra vez, no llegó. Entró a su casa y
la llamó varias veces por su nombre, quizás estaba durmiendo en su habitación…la
buscó otra vez, entre su ropa, en su mochila, debajo de su cama…pero seguía sin
estar.
Cansada y triste, lloró otra vez y se fue a
dormir. Quizás podría encontrarla en sus sueños….
Del otro lado de la puerta, su hija miró el
reloj. Eran las tres en punto…no sabía, no podía saber si era de noche o de
día, tenía un reloj que sólo marcaba la hora. Era un reloj antiguo con agujas,
dorado y a veces plateado. Cuando escuchó el teléfono sintió que el cuerpo se
le dormía, que las manos le temblaban, se le secó la boca y gimió “por favor, no
corras a atender, no soy yo, otra vez”. Desde el otro lado de la puerta vió
cómo su madre salía a la vereda, y suplicó “no me esperes, por favor, no puedo
volver”. Y lloraba por cada espacio vacío de su cuerpo, lloraba y se retorcía
de tristeza y desesperanza. Podía escucharla llamándola, en un grito
desesperado la hija gritó “¡¡¡acá estoy mamá!!!, del otro lado de la puerta…..”pero
la madre no podía escucharla..
Ella también lloró, se revolcó en el piso de
dolor, de tristeza, de desesperación…
Esa puerta…si pudiera abrirla aunque sea por un
momento…volvió a mirar el reloj, eran las tres en punto. Y pudo ver los sueños
de la madre, intentó meterse en algunos, a prepo…pero le salían mal, terminaban
mal. En uno la madre la veía ahogarse en el mar sin poder alcanzarla, en otro,
se caía de un árbol y la madre no llegaba a atraparla, en otro iban juntas en
un auto que se estrellaba contra una pared…y así, nunca lograba un sueño
hermoso y dulce, como ella quería para su madre.
Miró la hora, eran las tres en punto. Miró a su
alrededor, sólo había una puerta. Volvió a examinarla, otra vez, buscando un
picaporte o algo que le permitiera abrirla. Pero otra vez, no encontró nada. Siguió
sentada, esperando que la madre se despertara, quizás esta vez podría oírla….
Pero eso no pasó, otra vez la madre la llamaba
en voz alta, revisaba su habitación, salía a la vereda para verla llegar, atendía
el teléfono entusiasmada….y otra vez no era ella, nunca lo era ni lo iba a ser….
Volvió a mirar el reloj, eran las tres en
punto. No lograba apartar su mirada de esa puerta ni sus oídos de la voz de su
madre. Pasaba el tiempo escuchando cada susurro, cada golpe de cada lágrima en
el piso del comedor, cada lamento, cada tristeza.
A través de esa puerta podía escuchar todo,
hasta el fluir de la sangre por las venas, el crujir de los tendones, el choque
eléctrico de las neuronas, el sudor saliendo por los poros, la respiración lenta,
los latidos intermitentes del corazón roto.
Era insoportable, lo único que deseaba es que
esa tortura se termine, cruzar esa puerta de una vez y volver a su casa, volver
a amasar las tortas fritas, a sentir las suaves colchas tejidas a mano, a sentir
el agua tibia de la ducha cayendo por su espalda, a tener fiebre para que su
madre le hiciera un té horrible y la obligue a tomarlo. Pero eso no iba a
pasar, se lo dijeron en el primer instante…pero no pudo dejar de escucharla
llorando y gritando su nombre, y ahí se quedó, a las tres en punto, la hora de
su último suspiro.
Si pudiera atravesar esa maldita puerta….¡¡¡maldición!!!
¡¡¡si al menos pudiera dejar de escuchar!!! Pero no podía, no podía, no podía…….
Perdió la cuenta de cuántas veces miró el
reloj, pero nunca se dio cuenta de que siempre marcaba la misma hora. Quizás,
si se hubiera dado cuenta de eso, habría podido hacer algo distinto. Pero todos
los instantes eran el mismo.
Había pasado tanto pero tanto tiempo, que la
madre dejó de llamarla. Decidió quedarse en su cama todo el tiempo posible, y
se fue marchitando de a poco. La sangre ya no fluía como antes, los tendones
dejaron de crujir, las lágrimas se terminaron y sólo podía llorar hacia
adentro.
Adormecida, se entregó. Pedía todos los días
volver a verla y pensaba que, de esta manera, lo iba a lograr. Dormir….dormir….dormir….eso
tenía que hacer. Durmiendo, a veces, se sentía viva, despierta de esta pesadilla
que la estaba secando lentamente.
Al fin, se durmió completamente. Vió la puerta
y la atravesó, esperanzada…pero del otro lado de la puerta, no había nada. Ella
no lo sabía, pero cada uno tiene su propia puerta, su propio cielo o infierno. Y
desde donde estaba, podía escuchar todos los sonidos del otro lado de la puerta.
Silencio. Y lloró, sin saber adónde estaba ella
ni cómo encontrarla. Y la esperó muchos instantes, todos los instantes.
Miró su reloj, eran las 11.
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