Puente entre almas
Ella era una persona normal, como vos y como yo. Era única, como vos y como yo. Se había roto tantas veces y tantas veces se había vuelto a armar…. No entendía por qué la vida era tan dura con ella…por qué era todo tan difícil, tan complicado….lo mismo que nos pasa a vos y a mi…
Recordaba cosas que otros no recuerdan.
Aunque no fue siempre así, cansada de tanto
romperse y volverse a armar, empezó a bucear en su interior y fue descubriendo
recuerdos de su alma. Algunos, la mayoría, eran de otras vidas. Antes de
recordar, no sabía que podía tomar esos recuerdos (o que esos recuerdos podían
tomarla). Aprendió a usarlos en esta vida y tuvo que aprender a controlarlos
también, porque algunos recuerdos funcionan como memorias, pero ella no lo
sabía al principio.
Por ejemplo, cuando quería pintar (ella no era artista,
aunque se sentía terriblemente atraída a expresarse de alguna manera, a veces
con pinceles), en general sus dibujos no eran buenos. Entonces se metía para
adentro bien profundo y recordaba esa vida en la que sus pinturas eran hermosas,
y entonces ocurría la magia: Pintaba.
Muchas veces la asustaban las cosas que sabía pero
que nunca había aprendido….tenía miedo de hacer el ridículo, de estar “creyéndosela”,
y así evitaba soplar a las personas, por ejemplo, por miedo o vergüenza. Aunque
sabía que un soplido del alma puede curar muchas heridas.
Podía recordar algunas vidas como sanadora,
otra siendo brujo (de los malos), otra como monje sanador, otra como señora
rica con esclavos, otra como mendigo con problemas mentales, y algunas más (lamentablemente
en ninguna de esas vidas era Cleopatra, se reía ella).
En fin, ¿por qué esta historia se llama Puente
entre almas? Porque ella conocía los secretos de las puertas, esas que separan
los mundos. Y detrás de esas puertas, están las almas. A veces (casi siempre)
solas, no porque no haya ningún ángel acompañándolas, sino porque no pueden
verlos. Están tan agobiadas por su dolor, su enojo, su desesperación, su miedo,
que no pueden ver a los ángeles que las asisten. A veces no son ángeles, a veces
son otras almas conocidas que las están esperando.
Por culpa de esas vidas como sanadora y como
brujo, ella podía ver las puertas y podía también ver las almas, a todas. Suele
pasar que algunas almas de esas que van a asistir, tienen cuerpo físico. Es difícil
de explicar, pero hay muchas personas de corazón generoso que asisten a estas
almas, prestando un servicio. No todos conocen las puertas, pero ella sí. Y eso
la hacía diferente, aunque no se lo decía a nadie. ¡¿Se imaginan si lo contara?!
-Hola, soy Shebrâ, puente entre almas.
¡Nadie se lo creería! Así que hacía su tarea de
manera muy discreta, salvo que alguien se lo pidiera, ella trabajaba
clandestinamente, pero con permiso, digamos….
Así fue, que una de esas veces en las que
estaba haciendo su servicio, se encontró con una puerta que separaba a una
madre y a una hija, historia que conté en otro cuento.
Estaban “casi” juntas, a una puerta pero a
miles de abismos de distancia. Ambas se llamaban entre sí, se esperaban, se
buscaban, se lamentaban. Sus almas habían quedado atrapadas en el momento mismo
de sus muertes, esperándose. Sus lamentos se escuchaban a través de todas las
dimensiones y en todos los tiempos. Era tan
grande su dolor, que era imposible no sentirlo. Al menos, para Shebrâ.
Hizo lo que sabía hacer. Prendió sus velas,
invocó a sus guías, tomó la maraca y el tambor y viajó al encuentro de la madre.
La madre estaba tan pero tan desconsolada, mirando fijamente la puerta que no notó
la presencia de la mujer, ni de todos los ángeles que con ella estaban. Shebrâ
le hablaba dulcemente, pero la madre no la escuchaba. Entonces decidió intentar
con la hija, que también tenía la mirada fija en la puerta y tampoco la
escuchó. Shebrâ sabía, por experiencia, que cada alma tiene su tiempo y que a
veces, es necesario esperar. Ustedes dirán ¿qué sentido tiene esperar si el tiempo
está detenido?….yo pienso lo mismo….pero igual, a veces hay que esperar a que
el alma esté lista para darse cuenta de todo. Es que cuando el alma se
pierde, le cuesta mucho volver a encontrarse. Shebrâ sabía eso y le
dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a prepararse para su momento de transición al
otro plano, saldaba todos los días sus cuentas, perdonaba y pedía perdón, amaba
y se dejaba amar, tomaba su té nocturno agradeciendo el día que había
transcurrido y agradecía al abrir los ojos nuevamente. Para ella era muy
importante dejar todo cerrado todas las noches, por las dudas. Su único
miedo, era quedar atrapada detrás de una puerta.
Durante muchos días terrestres no pudo dejar de
oír los lamentos de la madre y la hija. Así que rezó, rezó y rezó pidiendo a
sus guías que le señalen el camino para unirlas nuevamente y para que pudieran
trascender juntas. Al principio, no tuvo respuesta. Es que los guías saben
cosas que ella no sabe y no siempre lo que Shebrâ pensaba que era lo mejor, lo
era….
Una noche, muchos años después, sus guías le
mostraron en sueños la llave que necesitaba para abrir esa puerta. ¿por qué
tuvo que pasar tanto tiempo? Pensaba ella…pero no podía encontrar una respuesta
a esa pregunta. Lo aceptó, después de todo, lo importante era la llave. Y para
las almas había transcurrido una eternidad, aún si abría la puerta el mismo día
de sus muertes.
Había llegado el momento. Prendió sus velas,
rezó lo más humildemente que pudo pidiendo asistencia a sus guías, agarró la
maraca y el tambor, y esta vez también le pidió asistencia al abuelo tabaco (por
las dudas) y prendió su pipa, se sentó en el piso frente a su altar, colocó su
rosario consagrado en su falda, las estampas de todos los santos que se le
ocurrieron, le pidió a su propia alma que se haga presente y la guíe en este trabajo, ya que se había vuelto
muy importante para ella….cuando estuvo lista, viajó al encuentro de la madre. Pero
no viajó sola, había también otros asistiendo. Otras almas que entregaban su
tiempo en este plano para acompañar el camino hacia la luz de las almas
perdidas. Y los ángeles, que estuvieron al lado de la madre y de la hija durante
todas sus eternidades.
Allí la encontró, aún agonizando, llena de
dolor, triste y completamente rota. No sé si vieron alguna vez un alma rota, es
oscura, densa, absorbe toda la luz que hay a su alrededor. Por eso, si se te
acerca un alma así y estás desprevenido, te sentís así, roto, oscuro, denso….¡Ah!
me olvidé de decirte que las puertas están en todos lados.
Al acercarse para hablarle notó que la madre
había olvidado cuál era su dolor, pero podía escucharla, al menos. Y le cantó
una hermosa canción de cuna al oído, suave, despacio. Esa canción que hacía ya
demasiado tiempo, la madre le cantaba a su hija. En el mismo momento, exacta y
precisamente en el mismo momento, Shebrâ le cantaba esa misma canción a la
hija, del otro lado de la puerta.
Fue como si hubiera habido una explosión, las
dos al mismo tiempo empezaron a brillar recordando el amor que las había unido,
y de a poco su oscuridad y su dolor se fue transformando en luces de colores,
en paseos de la mano, en más y más canciones, y como un video en cámara lenta,
fueron transformándose nuevamente en brillo y estrellas que salían expulsados
por todo el espacio (o lo que nosotros entenderíamos como espacio, aunque no lo
es…) y en el festejo del amor recordado la puerta se abrió, se miraron con los
ojos del alma y de repente recordaron toda la felicidad compartida, y olvidaron
todo el dolor. Se fundieron en una sola hermosa llama (cuando se inventen
mejores palabras para describirlo, voy a reemplazar hermosa por alguna otra que
describa mejor lo que pasó), decía, en una hermosa llamarada de amor
incondicional, amor del mas puro, del que nunca habían experimentado mientras
respiraban aire. Y se unieron en una masa sin forma de luz cálida, de todos los
colores que conocemos y otros desconocidos, en una canción con todos los
sonidos, un perfume con todos los olores de todas las flores del mundo y otras,
de otros mundos. Y así, fundidas en una sola, comenzaron el ascenso. Mientras se
iban acompañadas de los ángeles, miraron a Shebrâ y a todas las demás almas que
habían asistido, y sin decir ninguna palabra, les agradecieron.
Con el corazón explotando, Shebrâ volvió a su
casa, frente al altar. Agradeció sin palabras lo que había experimentado mientras
se secaba las lágrimas y se limpiaba los mocos, que habían caído a mares
durante todo el trabajo. Miró el reloj y se dio cuenta de que habían pasado dos
horas, sin embargo, no sentía ninguna incomodidad en su cuerpo físico, estaba
llena de energía y rebozando de amor y compasión. Su alma estaba llena, su
corazón inflado, su cuerpo caliente y su mente en blanco, sólo podía recordar
la belleza que había experimentado deseando fuertemente que esta sensación le
durara mucho tiempo. Recordó, otra vez, por qué había elegido este camino. Y volvió
a agradecerle a su maestro, a sus guías y a Dios por la bendición de haber
sufrido tanto, que sin ese sufrimiento no hubiera necesitado bucear.
Se levantó, fue a la cocina y comenzó a
cocinar, ya estaban por llegar sus hijos de la escuela y esta vez, traían
algunos amigos. Tenía que apurarse.
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