Y despertó....

 

Y se despertó.

Y olvidó todo lo que había recordado, no sabía en donde estaba, ni quien era o había sido. Pero sabía su nombre. Pero no era su nombre, al menos no el que había olvidado.

No sabía cómo había pasado, porque no sabía qué había pasado. Pero ahí estaba, sola, pequeña, desamparada. Del más desamparado desamparo que alguna vez alguien había experimentado. Sin recuerdos, pero con memoria.

Y atravesó su existencia de la misma manera. Con dolor. Ese dolor en el alma que solo conocen los que no recuerdan, pero saben.

En la mas completa oscuridad vivió su vida, derramando sobre los otros ese dolor, viviendo en este lugar oscuro, denso, adentro del alma….

Y se preguntaba siempre adonde estaba el alma, ¿en su cabeza?, ¿en su corazón? ¿en qué parte del cuerpo se ocultaba? ¿estaba oculta? ¿quién era?

Nunca encontró una respuesta, pero sí sabía que en algún lugar habitaba. Esperaba poder verla alguna vez, sólo por curiosidad….y preguntarle, ¿adónde estabas todo este tiempo? ¿por qué no tengo recuerdos, pero sí tengo memorias? ¿qué es lo que no estoy viendo que tengo que ver? ¿Quién soy, quien sos, quienes somos?

Y así, en esa búsqueda interior, buceando en lo más profundo de su oscuridad, ahí, en ese lugar, vió esa pequeña chispita, casi apagada, casi vacía, casi invisible, casi sin memoria…

Y empezó a recordar…

Y de repente, la memoria fueron recuerdos. Y empezó a entender. Y empezó a derramar sobre los otros algo de otro color, a veces blanco, a veces rosa, a veces azul. Inundaba a las personas de colores y sabores, de olor a rosas. Y podía ver cómo los demás también tenían memorias, pero no recuerdos. Intentó contarles a los otros una historia sobre cómo buscar esa pequeña chispita, pero no sabía cómo hacerlo. Les quería decir que esa chispa iba a cambiar todo, que todos podían derramar colores al universo, pero ella a veces, tampoco lo creía. Porque cada tanto, se volvía a olvidar.

Y así pasaban los días, entre recuerdos y memorias, hasta que pudo ver que era tan hermoso recordar que quiso quedarse a vivir ahí, adentro, en ese lugar en el que la chispa brillaba más fuerte.

Se sentía tan bien….había tanta paz, tanta ausencia, tanto vacío, tanta calma…ahí podía sentirse una y muchas, y todas. Ahí descubría que cada átomo era ella y que ella también era cada átomo. Que todo tenía sentido y que nada lo tenía, pero era perfecto. Que disfrutar de estar ahí adentro es un privilegio, pero llevar ese adentro hacia afuera es un desafío. A veces, muchas veces, doloroso y agotador. Descubrió también que cada vez que llevaba esa chispa hacia afuera, crecía y crecía, hasta transformarse en una luz brillante y cálida, que ayudaba a iluminar su camino, y a veces también, el de algunas otras personas.

Y sus memorias fueron otras, de repente empezó a olvidar. Y fue lo mejor que le pudo pasar a su alma (así se lo dijo ella misma, sí) el olvido a veces es una bendición, porque dejó de derramar sobre los otros los vestigios de esos dolores, y aprendió a convivir con esa oscuridad que, quizás sin querer, le mostró su luz.

A amarla, tanto como amaba a esa pequeña chispa que vio crecer.

Se preguntó muchas veces de adónde había salido esa pequeña chispa, pero nunca se preguntó de adonde había salida toda esa oscuridad. Se rió cuando se dio cuenta de esto…se dijo, “fue Dios quien me bendijo con esta chispa”, y se dijo también, “fui yo misma quien construí esta oscuridad”. Y ser rió fuerte, la cara se llenó de lágrimas de alegría y de amor y de gratitud, todo el cuerpo lloraba y se sacudía de dicha y gozo. Porque al fin, había recordado.

No pudo explicar qué había recordado, porque tendría que inventar palabras que nunca iban a existir. Pero lo escribió para que vos puedas leerlo, y, quizás…. recordar.

 

 

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