¿Cómo es morir?

 ¿Cómo es morir? Le pregunté, mas curiosa que preocupada. Todavía me faltaba mucho para ese momento, al menos eso pensaba, como pensamos todos a los treinta.

Me miró tiernamente, como quien se compadece de una pregunta imposible de responder pero que tiene respuesta. Porque, según él, sólo se puede comprender cuando ocurre.

Me dijo, sin embargo, que un poco me podía contar, aunque la versión que iba a relatar era extremadamente, terriblemente, infinitamente alejada de lo que es.

Empezó diciendo que somos aire, que no somos nada y que somos todo…bla bla bla…cosas que ya sabemos, pero que, según él, no entendemos.

Quizo contarme que nos disolvemos en el todo, que empezamos a “particularizarnos” (hacernos y dividirnos y desparramarnos en partículas), quiso decirme que nos “soltamos”, nos liberamos, nos dejamos ir y que en ese momento lloramos todas las lágrimas contenidas por el reencuentro. Me dijo que no sufrimos, que todo lo contrario, que…¿cuál es el antónimo de sufrir? Bueno, todo lo contrario a sufrir, creo que no existe una palabra para eso…no es ser feliz, ni estar en paz, ni….nada de eso, al menos. Es que me dijo una palabra, pero no la recuerdo, porque es una palabra que no existe. Algo parecido, o que al menos para mí es parecido, a “regreso”. Aunque no era esa…

Intentó decirme cosas que yo no entendía, ¡tenían que verle la cara! ¡Hacía tantos gestos! Intentando que yo entendiera algo, buscaba y buscaba palabras, pero no encontraba, hasta tuvo que pedir ayuda a un colega, y de repente eran dos ahí, jugando a algo parecido a la mímica, intentando mostrarme con gestos y movimientos cómo es morir. Mientras yo, sentada medio divertida y medio aburrida, pensaba para qué había sacado ese tema, quizás debería haber preguntado cómo es nacer…quizás era más fácil de explicar…

Y así estuvimos un rato los tres, que después fuimos cuatro y hasta cinco. Entre todos armaban y desarmaban escenarios, discutían, se ponían de acuerdo, se peleaban, se sentaban en silencio a pensar, hicieron lluvia de ideas, trajeron una pizarra y comenzaron a dibujar.

Yo creo que el problema, era que ellos nunca habían muerto, y entonces les costaba mucho describir la muerte. Tampoco habían nacido, pero quizás era más fácil…me imagino…bueno, yo ya nací y seguro algo me acuerdo, debo tener memorias en algún lugar, quizás por eso no lo pregunté.

Pero la muerte…no la recuerdo…y ellos no la conocen, salvo por las veces que tuvieron que acompañar a alguien en la transición. Creo que nunca se pusieron a pensar qué siente la persona en ese momento, creo que son perfectos observadores en todo sentido, pero yo, quiero saber como es morir, cómo lo voy a sentir en mi carne. ¡Y ahí está el problema!

Ya casi estaba dormida cuando me hicieron una propuesta que no pude rechazar, me ofrecieron morirme. Me encantó la idea, ¡por supuesto! dije ¡excelente idea!

No pregunté si era para siempre o por un rato, ahora que lo pienso, debería haberlo hecho…¿no?

Y me morí. Pero antes, puse la música más hermosa que encontré, prendí algunas velas, unos sahumerios, me vestí para la ocasión, me puse flores en la cabeza, perfume de rosas y una enorme sonrisa en el rostro. Me acomodé en el sillón, mientras ellos se ponían nerviosos viéndome dar tantas vueltas…puse las manos sobre el pecho, creo que lo hice porque así suelen hacerlo, cerré los ojos y pensé en Dios.

Fue raro dejar de respirar, traté de no darme cuenta, pero igual lo noté. Tuve miedo al principio pero en seguida se me fue, al verlos a mi lado, sonrientes y con sus manos luminosas sobre mí pecho.

Ellos sonreían pero yo….ya no. Yo lloraba. ¡Ay cómo lloraba! Lloraba desde adentro, desde el útero, desde el estómago, desde cada célula que se desintegraba, cada átomo lloraba al ser liberado de mi cuerpo, por alguna razón todo se disolvía, se cortaron esos lazos invisibles que mantenía todo junto funcionando perfectamente y al liberarse, yo lloraba.

Lloré miles de abrazos, lloré todos los perfumes, lloré todos los besos y las caricias, lloré todos los instantes de mi vida y de las vidas de todos. Todas esas lágrimas infinitas y espesas no me dejaban ver con claridad, no podía abrir los ojos de tanta agua, quise gritar pero me salió una risa, una carcajada enorme que absorbió al menos cinco galaxias y algunos planetas más. Dejé de reírme porque tuve miedo de comerme todo el universo completo…

Me contuve las ganas de reír al principio, y preferí seguir llorando, ya que parecía que eso no absorbía nada. Miré de reojo mi cuerpo tranquilo en el sillón, para ver si seguía ahí, si se había dado cuenta de algo. Pero no, no había señales de que estuviera consciente de lo que estaba pasando.

¡Empecé a volar! Bueno, no sería “exactamente” volar, empecé a flotar creo que es más adecuado. Aunque tampoco es eso. De repente ya no sabía qué de todo era yo y qué de todo era lo de afuera. Ya no tenía peso, no necesitaba impulso para moverme, porque adonde estaba me estaba moviendo, a una velocidad parecida a la del pensamiento. Bastaba con que piense en algo para que ese algo estuviera presente, o creo que yo me movía…o se movían los algos…no estoy segura.

Cuestión que hasta acá, ya muerta, me sentía completa. No pasó mi vida por delante de mis ojos en el último instante, como dicen que suele pasar. Quizás fue porque fue una muerte ficticia, una obra de teatro pensada para mí por ellos. Sí te voy a contar que escuché música, escuché canciones que un día alguien va a escribir y va a cantar, leí poemas que todavía no se escribieron, conocí personas que estaban por llegar y me encontré con viejos amigos desconocidos, amigos del alma.

Me dijeron que podía reírme si quería, que esas galaxias que me tragué no se pierden ni se consumen, que viven dentro mío y que van a seguir ahí, eternamente. Me dijeron que, de todos modos, ya tenía yo galaxias en el cuerpo.

Aire sin aire, libertad y liberación, reencuentro, completitud, música y armonía, palabras inexistentes y amor incondicional, perfección por todos lados. Pétalos de rosas y jazmines llovían desde…no hay dirección, desde todos lados…perfumes y compasión se olían en todas direcciones, la calma y la paz caminaban juntas y pasaban por mi lado sonrientes, invitándome a quedarme. Éramos hermanas y hermanos todos en ese lugar. Bueno, voy a corregirme, seríamos hermanes. Ninguno tenía género, ni siquiera yo, que al momento de morir, era mujer.ss

¡Qué locura! Todos éramos iguales, y a la vez todos distintos. Los cuatro me miraban felices tratando de registrar cada movimiento de mi rostro y de mi luz, encontrando y anotando palabras conocidas y desconocidas, en el lenguaje que ellos manejaban, expresiones del alma que querían aprender.

Frente a mí, lejos pero cerca, a un pensamiento de distancia, estaba la luz de la que todos hablan. Quise acercarme, pero no me dejaron. Ellos me llamaron de vuelta, me dijeron que no podía quedarme más tiempo porque no iba a poder volver. En ese momento a mi no me importó, la verdad…prefería quedarme. Pero se pusieron serios y argumentaron que esa no era mi muerte, que todas las muertes son distintas, aunque tienen cosas en común, que la muerte de cada uno depende fuertemente de la vida de cada quien, que lo que estaba experimentando podía o no ser así cuando llegara mi momento final. Que mi muerte posiblemente fuera así, si todo eso que experimenté lo vivía también estando viva, porque, según ellos, todo eso sucede acá mismo, ahora y adonde estoy.

Me sorprendió su argumento e intenté “ver” mejor mi vida. Busqué a la paz y la calma y sí…efectivamente caminaban cerca muy frecuentemente…miré y ví que no hay género, que somos todos iguales, pero distintos…busqué los poemas, el aire, la libertad, el reencuentro, la presencia y las galaxias, y los encontré en todos lados, por donde mirara estaban, porque estaban adentro mío y entonces, adentro de todos y de todo, eran todo y todos.

Un poco me entristecí, ya que me di cuenta de que, por más que hubiera visto que lo que vi “arriba” también “es abajo”, vivirlo en carne es otra cosa….o sea, ¿Cómo hago para olvidarme de que, por ejemplo, no hay arriba y abajo, no hay vos y yo, no hay aquello o esto? ¿Cómo me olvido el dolor, la tristeza, la separación, el apego, lo mío y lo tuyo? ¿Cómo desaprendo lo aprendido?

Me alentaron diciendo que no se trata de olvidar, sino que se trata de recordar. Y siento que tienen razón. No se trata de desaprender, sino que se trata de aprender, aceptar, dejar de resistir y entregar.

¡¿Qué hay que entregar?¡ Pregunté…

El control, respondieron juntos. El control acerca de lo que sos o querés ser, de lo que querés o esperas, o hacés o sentís, o pensás.

¿Sin control? Pregunté, casi en silencio…con desconcierto…aunque la verdad, nunca me doy cuenta de que estoy controlando todo lo que puedo. Controlo mis enojos, mis llantos, mis risas, las ganas de pedir perdón, las ganas de abrazar, el tiempo, mi tiempo…casi que quiero controlar también a los otros, quienes son, como son, lo que hacen…

¡¡¡Es terrible!!! dije, ¡¿o sea que mi muerte va a ser un desastre?!

Ellos se rieron a carcajadas, ¡Querés controlar tu muerte! Dijeron…Y sí….quiero…me puse colorada y me empecé a reír de mi misma con tanta fuerza que empecé a respirar. Tosí un buen rato y tomé bastante agua. Ya devuelta en mi cuerpo me sentía abrumada y preocupada. Yo quería esa muerte, pero para eso, tenía que soltarla. O sea, no tenía que hacer nada…Era muy contradictorio y confuso para mi mente tan mental.

Nos quedamos un rato en silencio, mirándonos. Ellos sólo esperaron como quien no tiene tiempo, a que yo hablara. En vez de palabras solté un suspiro interminable, largo, caliente. Los miré y les agradecí sinceramente, supe que habían hecho un gran esfuerzo y supe también que ahora, el esfuerzo lo tenía que hacer yo. El esfuerzo más difícil del mundo, no hacer nada. Sólo entregar.

De a poco fui recobrando la entereza, digamos…por llamarla de alguna manera y volviendo a ser yo, en otra versión…todavía estaba preocupada, pero sabía que había atravesado una puerta de la que no iba a querer volver. Un camino sinuoso aparecía frente a mí, con salidas de emergencia bien señaladas y altos pastos, mucho sol y mucha agua, trampas, ramas caídas, piedras enormes y puntiagudas, animales salvajes y de los otros, escalones ocultos y cosas invisibles, de las que no tenía conocimiento, pero sabía que estaban.

Podía quedarme adonde estaba, pero decidí empezar a caminarlo, sabía que nadie me iba a correr las piedras, que me iba a caer un montón de veces y me iba a lastimar, que iba a querer volver. Pero fui valiente, no caminaba sola. Ellos y él venían conmigo.

Quiero corregir esto último que dije, Ellos y Él vienen conmigo, o yo voy con ellos, no sé bien cuál es la diferencia.

Creo que entendí, que para vivir la muerte que queremos, tenemos que vivir la vida sin apego a nosotros mismos, en libertad. El amor es libertad y la libertad es amor. Como es arriba es abajo, dice el kybalion, y hasta ahora nunca lo había entendido. Porque, como toda implicación, como es abajo es arriba. Y así como viva mi vida, voy a vivir mi muerte.

Y quiero la muerte más hermosa que pueda tener.

 

 

 

 

 

 

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