El mundo de abajo
El mundo de abajo
Dicen que existe un lugar al que no todos
podemos acceder. Que se encuentra oculto a simple vista, que hay puertas en
todos lados, en los árboles, en los mares, en las rocas, en nuestros sueños.
Que sólo pueden llegar los más osados, los que se animan a recordar por dónde
entrar.
Dicen que, en este lugar secreto, te reciben
tus ancestros también, si vos querés…
No sólo ellos te esperan, hay otros también. Son
distintos a nosotros en apariencia y también en alma, en sabiduría, en
compasión.
Dicen, que cuando llegás te están esperando para
entregarte amor del más puro. A veces, a los que llegan les arrancan la piel,
para que puedan renovarla. Otras veces, separan los miembros del cuerpo para
que puedan volver a unirse. He visto cómo te sacan lagartijas negras del pecho,
para liberarte. Y también como te bañan con humo y con aceites, entre todos.
Es un lugar mágico, realmente. Existe una cueva
en la que, si entrás, sufrís el miedo más terrible en cada espacio vacío de tu
alma. Te juro que querés salir desesperadamente de ahí. En ese lugar, Dios no
entra. Sentís su ausencia de una manera cruda, despiadada, terrible. Un lugar
en el que Dios está ausente. Ni en mis peores momentos, en los que quise morir
lentamente, o cuando vi el mal interno y externo del mundo, sentí su ausencia
como lo sentí en esa cueva. Y ese terror. Sentís como tu cuerpo empieza a
temblar y grita por todos los poros, te sacudís, los pelos se erizan y el
llanto del vacío absoluto brota como un mar enloquecido.
Hay seres en esa cueva también, son distintos
de los otros y de nosotros. No te miran, pero saben que estas. Algunos están
permanentemente sentados frente a una fogata, otros cuelgan de los techos,
otros se retuercen en las paredes, algunos caminan sin dirección. Es imposible
quedarse ahí más de un suspiro breve, porque empezás a descomponerte, a podrirte.
Y tenés que salir de vuelta a Dios para volver a respirar.
¡Pero hay más! Hay también un mar verde
esmeralda, tranquilo y quieto, cálido y profundo. No tiene olas, si vos no
querés. Si entrás en él, podés descubrir todos los colores del arco iris en sus
aguas. Si te sumergís, podés bucear todo lo profundo que quieras, porque en ese
lugar no hace falta respirar.
Pero, si te parás frente a él, en sus arenas
blancas y suaves, y mirás el horizonte, ves todo el infinito. Además, si
prestás atención, notas una presencia amorosa que te acompaña y te toma de la
mano.
Hay un árbol gigante con flores luminosas,
blancas, amarillas, rojas, como a vos te guste. Su tronco es dorado, en
general. Fuerte y grueso, muy viejo, tiene la edad de la vida. Si te acercás lo
suficiente, te puede abrazar. En sus ramas habitan otros seres, distintos de
los primeros y de los segundos. A veces son aves, a veces no…parecen hadas,
parecen duendes…parecen ángeles diminutos algunos y gigantes otros. Una de esas
ramas es tuya, es para vos. No es que te la puedas llevar, ¡no! Pero podés
mirarla todo lo que quieras, abrazarla, reconocerla, recordarla, hablarle y
escucharla. Tiene secretos.
Hay también una montaña tan alta, que en su
cima hay otro mundo. Si decidís subir, podés hacerlo en un instante. Desde ese
mundo podés ver también todo, el mar, la cueva, la arena. En ese mundo sobre la
montaña hay seres que también te reciben amorosamente, como los otros. Son un
poco más suaves, pero también te sacan la piel. Te desenroscan las serpientes
que tenés anudadas en la garganta, te llevan a tu infancia, te ponen delante de
la puerta blanca, a ver si te animás a pasar. Te alientan para que lo hagas, pero
no te empujan. Si decidís hacerlo, te encontrás con Dios. No es que él viva
ahí, la puerta es una puerta interna, por supuesto. Pero para nosotros es más
fácil de entender así.
En esos mundos, nadie te juzga, todos somos
perfectos y hermosos. Si vas, te llenan de regalos. Te sacan todo lo que te
sobra y te inundan de todo lo que te falta. Quizás vuelvas mas entero, mas
íntegro, mas sincero, más simple. Pero eso sólo pasa, si vos querés.
Como dije, no es un lugar para cualquiera, solo
para los que se permitan recordar. Una vez que estás ahí, es fácil volver. Sólo
tenés que escuchar los tambores que suenan rápidamente, el latido de la madre
que te llama de vuelta a la vida, al presente.
Dicen, los que fueron y volvieron, que la vida
a la que regresaron no es la misma, que el presente que transcurre es otro, que
los latidos de su corazón cambiaron el ritmo, que esos seres les hablan en
sueños, que su piel es más suave y sienten las caricias de otra manera. Que, si
prestan atención, pueden sentir la presencia de alguien a su lado que
amorosamente les toma la mano.
Que les susurran palabras tiernas al oído en
sueños y también en vigilia. Que, a veces, pueden verlos frente a sus camas
cuidando sus sueños.
Dicen que existe un lugar al que todos podemos
acceder. Que se encuentra a simple vista, que hay puertas en todos lados, en
los árboles, en los mares, en las rocas, en nuestros sueños. Que no sólo pueden
llegar los más osados, sino que pueden ir todos los que se animen a recordar
por dónde entrar.
Dicen que, en este lugar, te reciben tus
ancestros también, si vos querés…
No sólo ellos te esperan, hay otros también.
Son iguales a nosotros en apariencia y también
en alma, en sabiduría, en compasión.
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