La anciana
Esa noche no era distinta de todas las noches, se fue a dormir apurada, el día había sido largo y se sentía cansada. Se puso una remera vieja y grande, dos gotas de cannabis bajo la lengua y se tapó. Pensó en leer un poco, pero sabía que el sueño la iba a vencer rápido, así que desistió. Solo se acomodo en la almohada, se tapó mientras repasaba mentalmente la lista de tareas del día siguiente. Fue acomodando y dando orden a sus pensamientos, pensando qué de todo era imprescindible y qué podía dejar para el final, por si su día no le alcanzaba para concretar todo. Se apuró a dormirse, la alarma iba a sonar en cinco horas. “Es poco tiempo” pensó, así que agradeció al universo por ese día y pidió por el día siguiente. Sentía un apuro por dormirse y por despertarse que para ella eran cotidianos. Mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo.
Al fin se durmió, fue rápido esta vez. En sueños
solía recorrer sus tareas del día siguiente, y rehacer las que no le habían
gustado. Siempre se despertaba antes de que suene la alarma y salía disparada
de la cama para empezar a cumplir con su lista interminable de tareas.
Esa noche fue distinta, había escuchado de
sueños lúcidos, en los que el soñador tiene consciencia de estar soñando y
puede controlar lo que va pasando, pero nunca le había pasado a ella. Y esa
noche fue testigo consciente de su sueño.
Estaba sentada en un cuerpo desconocido pero
propio, casi sin poder moverse en un sillón que no era de ella todavía, mirando
por una ventana que no era de su casa, hacia un jardín que no le pertenecía. Tenía
la sensación de estar en casa, pero no lo estaba. Se vió en el reflejo del
vidrio de la ventana y eran sus ojos, pero no era su mirada. Se analizó
despacio, intentando verse, reconocerse. Sentía un peso enorme sobre la espalda
y una tranquilidad que no conocía. Los ojos se le cerraban cansados y soñaba
con parques y vestidos amarillos, zapatos blancos y sol caliente en el rostro. Y
volvía a la ventana. Iba y venía desde el sillón a esa niña jugando en el sol,
metiendo los pies en el charco, corriendo entre el pasto, cuidando a su
hermanito, amasando ese pan con su madre al lado mientras aprendía.
Un ruido a platos golpeándose apurados la
despertó de ese sueño dentro del sueño y la invitó a mirar la mesa. Había un
montón de gente corriendo apurada con platos, cubiertos, gaseosas. Se acercaba
la hora de comer y la que era su familia estaba organizando todo. Siete niños
corrían por todos lados generando incomodidades en los adultos, se chocaban y
gritaban cosas de niños. Ninguno tenía vestido amarillo y zapatos blancos, pensó.
Era la una de la tarde, un reloj en la pared que
ella había pintado hacía mucho tiempo era una de las pocas cosas que reconocía.
Nunca, mientras era ella quien servía la mesa, habían comido después de la una
de la tarde. Y miraba cómo su familia se esforzaba en cumplir con ese ritual,
ya casi habían terminado y la comida estaba por llegar a la mesa. Todos apurados
se sentaron y la acercaron también. Ella los miró, nadie le hablaba. Los niños
fueron retados lo suficiente como para que obedezcan y se quedaran quietos. Al
final todos estaban ubicados en sus lugares. Reconoció en cada uno un poco de
ella. Sus manos, sus ojos, su risa y su preocupación. Se sintió un poco
incómoda, no entendía por qué estaban todos tan apurados. Volvió a mirar el
reloj y se dio cuenta de que, en ese momento, para ella no significaba nada más
que una aguja que se mueve siempre en la misma dirección y a un ritmo
constante. Ya no se sentía apurada, la lista de cosas por hacer hacía rato que
ya la había hecho, y notó que había en su mano otra lista que nunca había
visto. La miró y empezó a leerla.
“Comer primero el postre” decía el primer
renglón. ¡cómo puede ser! Pensó…¡el postre se come al final! Pero, con la tranquilidad
de quien sólo está soñando, pidió que le sirvan el postre.
Todos la miraron sorprendidos, se miraron entre
ellos y pensaron que quizás, en su delirio de los últimos días estaba
recordando su infancia. Un poco desorientados le trajeron el postre y la
observaron mientras comía. Los niños empezaron a protestar y luego de una discusión
acalorada todos comieron el postre. Ella los miró disfrutar y sintió que sus
listas personales estaban cambiando, la lista que todos tenían que era parecida
a la de ella, la que ya había cumplido completa.
Satisfecha, tomó nuevamente el papel que tenía
en su mano y leyó “comer en el pasto debajo del sol”, y así, todos revoloteados
tuvieron que levantar la mesa y llevarla al patio, algunos se sentaron en
sillas y otros en el suelo, sobre lonas y manteles improvisados. Se olía
alegría y libertad, no pudieron, aunque lo intentaron, sentarse en orden. Algunos
quedaron más allá, otros más acá, y ella desde su silla podía ver sus risas que
eran también la risa de su alma.
“Esta lista era distinta de las otras”, pensó. Y
siguió cumpliendo con cada uno de los ítems que iban apareciendo de a uno.
“Contar historias mirándose a los ojos”. Esa era
difícil….pero empezó ella, después de todo, era sólo un sueño. Y de repente
tenía a sus siete nietos sentados en el pasto frente a ella escuchando con los
ojos abiertos, enormes, atentos las historias de su infancia. Del día que rompió
su vestido amarillo por subirse a un árbol, de la paliza que le dieron por
perder uno de los zapatos blancos del domingo, de cómo se había escondido
durante dos días debajo de una cama cuando descubrieron que se había comido una
parte de la torta del cumpleaños, antes del festejo. De su perro que cazaba
lagartijas vivas y de como ella las llevaba al estanque para que encontraran a
su familia, de las luciérnagas que alumbraban su habitación desde un frasquito
de vidrio, de la vez que se cayó sobre un cactus y tuvieron que sacarle las
espinas de a una, de cuando amasaba el pan con su madre y de la ropa cosida a
mano que tenía bordado su nombre.
Miró a su alrededor y vió también a sus hijos
en silencio, escuchando. Todos adultos con caras de niños como quien descubre
debajo de una piedra un tesoro. Sus rostros brillaban y ella se sentía cada vez
con menos peso en su espalda.
Y así, siguió con esa lista que no era interminable
como la otra, cada renglón se escribía al finalizar el anterior. “Es una lista
mágica”, pensó.
Volvió su atención a su cuerpo, sintió que le
faltaba poco para despedirse de todos, que el reloj estaba por despertarla y a
la vez, por dormirla nuevamente. Quiso seguir con esa lista, el renglón
siguiente era hermoso y la desafiaba: “Cantar y bailar” decía la lista, pero
ella, en su silla, se sentía inmóvil. Uno de sus nietos corrió a buscar una
guitarra, y algunas de sus nietas trajeron pelucas y maquillaje. Todos se
dibujaron sonrisas en el rostro, incluso los adultos. Y entre todos bailaron y
cantaron canciones alegres que habían olvidado.
Ella, cada vez más liviana y cada vez más ida,
respiraba a paso lento mientras los ojos se iban cerrando despacio, llevándola
también a su vestido amarillo, a las manos de su madre, al regazo tibio de su
abuela, a los hombros firmes de su padre.
El sol comenzaba a esconderse, en su sueño vió
que la cocina de la casa era un desastre y a nadie le importaba, todos los
platos habían quedado sobre la mesada indiferentes a los juegos que estaban
ocurriendo en el comedor. Miró la lista, “cerrar los ojos en paz” decía…no
quiso hacerlo, quiso guardar la imagen que veían sus ojos para siempre, su
familia ya no miraba ese reloj pintado, se habían olvidado de la cena, se
habían olvidado de ella también. “Y así estaba bien”, pensó. En su sueño, se
sentía feliz, satisfecha, liviana.
Dicen que los sueños duran unos pocos segundos
y que el soñador lo siente como si hubieran pasado horas. Para ella, había
pasado su vida. Ella era la soñadora y también la soñada.
Sonó el despertador que la trajo nuevamente al
mundo de los vivos. Se sintió abrumada y un poco triste, recordaba todo como si
hubiera pasado realmente, como si estuviera pasando en ese mismo instante. Miró
el reloj que ella misma había pintado y se sonrió, recordando cómo en su sueño
eran sólo unas agujas que se movían a un cierto ritmo nada más. Buscó en su
mente su lista de tareas del día que, por alguna razón que ella no podía
entender, se ocultaba de su pensamiento. La encontró, se rió y la borró. Buscó ese
libro que la noche anterior no había leído, y lo leyó. Así, en remera y
descalza bajó a buscar el mate, con el libro en la mano salió al patio y debajo
del sol cálido de la mañana leyó.
A la hora de almorzar, cuando su panza le
avisaba que ya eran las trece, se volvió a reír y se vistió para ir a la casa
de su madre a amasar ese pan juntas. Comieron un rico flan con dulce de leche
que había en la heladera y se contaron historias.
Esa noche al acostarse se sintió relajada, se
durmió despacio esta vez. Por su mente pasó su día, su madre, el sol y sus
manos. En sueños solía recorrer sus tareas del día siguiente, pero esta vez
esperaba volver a ese momento de la noche anterior y revivir todo que le había
gustado. Había decidido no despertarse antes de que suene la alarma ni salir
disparada de la cama, porque su lista de tareas ya no era interminable, tenía
una sola línea y había aprendido que sólo se iba a escribir la siguiente cuando
cumpliera con esa.
Y decidió nunca completar esa tarea. En el
papel había escrito “disfrutá”.
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