Samsara

Estaba por cruzar la línea, tenía un pié de un lado y el otro del otro lado. No estaba segura de estar lista, pero ya no había mucho que hacer. Era el momento. Lo sabía, pero me costaba aceptarlo. Una vez cruzada esa línea podía pasar cualquier cosa. Podía desaparecer como si nunca hubiera existido, mis cosas, mi nombre, mi yo. Podía encontrarme en ese lugar terrible que algunos llaman infierno, retorcerme y quemarme para siempre. Ir al cielo, ese del que habla la biblia, aunque no creía que fuera para mí…Había otras opciones seguramente, pero en ese momento eran las que se presentaban en mi mente.

Hasta ese momento no sabía qué iba a pasar. Miraba mi cuerpo, expectante, latiendo todavía, despacio. Despojándose lentamente de la vida. No sentía tristeza, ni felicidad…sólo algún tipo de curiosidad por saber qué iba a pasar, si es que algo ocurría. Cuando dejaba de mirar ese cuerpo marchito, no veía nada más que imágenes de mi vida, que, aunque parecían lejanas, estaban ocurriendo en ese mismo instante. A pesar de eso, no podía cambiar nada.

Todo ocurría ahí, nuevamente, inmutable, fijo, inerte. Pero ¡cómo lo sentía! Sentía cada latido con una furia inexplicable, los poros de la piel expulsando el aire e intentando diluir los excesos del cuerpo, el esfuerzo de cada órgano por cumplir con su tarea a pesar mío, el aliento y las palabras tenían formas y colores, algunas agradables y otras horrorosas. Blancas, rosas, rojas, azules, negras, grises. Así veía las palabras que salían de mi boca. Como clavos algunas veces, como flores otras. Podía oler los pensamientos, todo se movía en danza, en un baile desorganizado y desprolijo, como si una onda expansiva que recorre su camino tímidamente, expandiéndose y contrayéndose, atravesara todo. De repente todo era enorme y al instante siguiente, pequeño. Veía los colores de mí misma, olía mis olores internos, escuchaba mis propios latidos y el fluir de la sangre en mis venas. El ruido ensordecedor de mi vida me apabullaba, prefería mirar ese cuerpo quieto, adormecido, lento. Su danza era distinta, bailaba un tango suave y solitario. El último, al menos por ahora y en este cuerpo.

Muchos de los olores de mi vida tenían gusto a podrido, muchas de las palabras fueron balas que destruyeron y mataron la vida de los otros y la mía, sin saberlo. Marchité miles de flores con mis manos, destruí miles de sueños con mis ojos. Sequé lágrimas antes de que nacieran, empujé almas al abismo de la soledad, de la miseria.

Sembré y recogí los frutos de otros, calmé las sedes de revancha y de venganza esparciendo mierda en los caminos, quemando los bosques internos y talando los árboles de muchas almas.

Saqueé los nidos de las esperanzas, abrí las jaulas de los leones que yo misma dibujé.

Y así, mirando esas imágenes de mi yo y de mi cuerpo, sabía que todavía tenía que dar ese último paso.  No sentía tristeza, es cierto. Pero sí tenía miedo, el miedo más terrible que haya experimentado. Un miedo extracorpóreo, un miedo que me envolvía como una sombra oscura y poderosa, fuerte e impenetrable. Espeso, pesado y, por sobre todo, inevitable.

¿Qué iba a pasar? Al verme y sentirme, me dí cuenta de que no había mucho olor a rosas en mi vida, ni música, ni suavidad. Me dí cuenta de que esparcí demasiados cactus, sin saber en realidad lo que estaba haciendo. Tenía una claridad que nunca antes había tenido y sin querer, quise morir. Deseaba que el final fuera simplemente un final absoluto, completo, sin otras temporadas. Que nada ocurriera luego de ese último paso, sólo desvanecerme y desaparecer, también de los corazones y los recuerdos. Deseaba reparar todo ese terrible daño, regar esas flores, cantar esas canciones, acariciar esas almas…

Sólo me quedaba ese paso, mover un poco el pié... dejar que mi cuerpo se desconecte completamente de mí, liberarlo. Pero….¿qué iba a pasar conmigo? Con lo que era yo en ese momento. Me miré y quise sostener esos hilos que aún me retenían, quizás podía volver y….pero no podía. Algo en mí lloraba, algo dentro mío se oscurecía. ¿Cuánto tiempo más podría estar así? 

Esperé lo que me pareció una eternidad, envuelta en un torbellino de inconsciencia y desesperación, quizás pase algo, quizás alguien me note, quizás alguien me llore…

¡Vinieron a verme! Los veo…¡AY! ¡Los siento! ¡veo en ellos cada uno de mis clavos! ¡veo en sus almas las rosas marchitas que yo sequé! ¡¿Dios mío qué hice?! Empiezo a gritarles para que me vean, intento acercarme para curar esas heridas, necesito sacar los clavos y las espinas, quiero regar esas flores, ¡maldición! ¡¡¡¡Qué hice!!!!!! ¡¡¡Déjenme volver por favor!!!!! ¡¡¡Estoy acá!!! ¡¡¡mírenme, escúchenme!!!

Un grito sale de algún lugar que no conocí cuando respiraba, un grito desgarrado, gutural, doloroso, con olor a miedo y a desconsuelo, a pérdida y a desesperanza.

¡¡¡Perdón!!!!! ¡¡¡Perdón!!!!! ¡¡¡Perdón!!!!!

Nadie me escucha, me arrastro por el suelo derretida, sin forma, oscura. Sin darme cuenta había dado ese último paso, mi cuerpo tibio ya no latía, en mi rostro sólo una expresión de enojo y rabia. Silencio.

Me vienen a buscar, una voz dulce y amorosa me habla y me dice que es momento de irnos, me pide que la acompañe pero no puedo, la escucho lejos pero no la veo, casi indiferente sólo intento arrastrarme un poco más, necesito quedarme, reparar algo….ella insiste, siento que se acerca pero no quiero que lo haga. Me habla sin palabras y me acaricia suavemente, me dice que todo va a estar bien, que la acompañe. Me pide que mire hacia afuera, que todo es distinto ahí. Pero no puedo, el recuerdo de mis espinas es demasiado fuerte, demasiado doloroso y real, más real que esa voz que intenta consolarme, intenta amarme. Pero la nube negra que me envuelve lo impide. “Mejor así”, pienso. Si la escucho quizás quiera irme con ella, pero tengo que quedarme, tengo que reparar todo. No me quiero ir, no me voy. Le pido que se vaya, que me deje. Siento que me acaricia llena de compasión otra vez y se aleja despacio, sin mirar para atrás. Me dice que va a volver, cuando yo esté lista.

No quiero que vuelva, me tengo que quedar.

Ahora sólo me falta encontrar el camino a casa, a mi familia, a mi vida. Arrastrándome en el suelo comienzo a moverme, estoy demasiado pesada para despegarme. Me pego a las paredes y me dejo llevar por algunas personas que pasan cerca de mí hacia algún lado.

Se siente cómodo, ¡Qué alivio! Respiran y yo respiro, piensan y yo pienso, sienten y yo siento. Me quedo ahí, me siento viva otra vez. No recuerdo a quién estaba buscando, pero esta persona se parece mucho a mí. Me acomodo bien cerca y ella me lo permite. Creo que le gusta..a veces conversamos, me escucha. No sabe que soy yo, pero no le importa y a mí tampoco.

Yo tampoco sé demasiado, sólo estoy ahí, muy cerca de ella, buscando algo que perdí hace mucho, que tampoco sé qué es. Esperando algo o a alguien que me diga qué hago ahí, alguien que me hable y me vea a mí. Que sepa lo que estoy buscando y me lo dé.

Mientras espero, a veces le aconsejo que guarde sus clavos, que no los use. Le muestro el dolor que yo sentí, y que sigo sintiendo. A veces, lloramos juntas mi dolor. A veces, nos morimos juntas.

Aunque yo ya no sé nada, sólo siento dolor. Y cada vez que veo una de esas espinas, me rompo un poco y ella se rompe conmigo.

Un día igual que los demás días lo veo acercarse y me doy cuenta de que me ve, a mí, a esto que soy ahora. Me observa y la observa, nos observa. Sabe de mi presencia, conoce mi voz y empieza a hablarme. No quiero escucharlo, no quiero contestarle, pero lo hago. Una luz blanca sale de sus ojos y sus palabras y su voz es la que una vez escuché. Él no lo sabe, pero él tampoco está hablando. Insiste en que me tengo que ir, dice que voy a estar bien, pero tengo miedo, ya no sé de qué pero algo en mi sólo tiene miedo. Estoy bien así, estamos bien así. Él dice que no, que ella quiere que me vaya y yo no le creo, que me va a acompañar hasta el final del camino, pero no quiero creerle. Insiste, su voz me consuela, su aliento y su canto me invitan. Empiezo a seguirlo, empiezo a salir, pero duele. Asomo un poco de mi y vuelvo a entrar, quizás no se dé cuenta….espero….me sigue mirando, no puedo mentirle, él me ve.

Todo en mí grita que no quiero, pero su voz me hipnotiza tanto que no puedo evitar escucharlo y obedecerle, y empiezo a salir, esta vez sé que me estoy yendo, lo acepto, me despido de ella y también de él. Espero un momento, quizás no se dé cuenta y pueda volver…pero no, ya afuera me encuentran ellos y me abrazan, me dicen que todo va a estar bien, con aquella voz amorosa del primer día. Y me entrego llorando, triste y desolada al principio, feliz y luminosa más tarde.

Y empiezo a subir con ellos cinco y comenzamos a bailar la danza en la que todos entramos y todos salimos mezclados, esa danza que yo conozco por haberla bailado tantas otras veces…

Al recordarla me olvidé de todos esos clavos y espinas que yo había usado, entendí todo junto al ver todo junto, esparcí sobre mi misma un manto de misericordia y compasión, de amor y de perdón, de agradecimiento.

Todas las opciones eran correctas, el cielo, el infierno y la nada.

Todavía me queda mucho por aprender, pero ya estoy lista para volver a empezar.

Me gustaría recordar todo para hacer todo distinto, pero me dicen que no puedo, que de eso se trata vivir.  Que lo único que necesito recordar es a esa voz amorosa, que la llevo conmigo, en mi corazón.

Que sólo tengo que escucharla. Me propongo hacerlo con todo mi corazón, lo repito mil veces en mi mente con la esperanza de recordarlo, lo grabo en mis entrañas y mientras nazco, me lo repito. Lo grito lo más fuerte que puedo, quizás alguien lo entienda y luego me lo recuerde.

Pero lo vuelvo a olvidar. Y comienzo a sacarme las espinas nuevamente.

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