Detenida

 Había encontrado ese trozo de madera en la calle, tirada en una vereda, junto a un montón de escombros y basura. Pasó rápidamente con el auto y cuando la vió, dio la vuelta manzana para mirarla más detenidamente, se detuvo frente a ella y la examinó con ojos expertos: Era buena madera. La subió al auto no sin detenerse a mirar si alguien la observaba, un poco de vergüenza todavía sentía cuando recolectaba “basura”. Ya en su casa la llevó a su taller, vió que había muy poco lugar donde ubicarla, ya que las recolecciones eran abundantes. Decidió que ese mismo día iba a trabajarla. La observó un largo rato con un papel y un lápiz en la mano, tratando de imaginarse qué hacer con ella. Miraba a su alrededor buscando ideas pero lo único que tenía en su mente era ese dibujo de tulipanes rojos que una vez había visto. Le encantaban los tulipanes, nunca pudo germinar uno verdadero pero su forma le parecía mágica. Y decidió que sólo la iba a pintar.

Comenzó el proceso de lijado mientras su mente divagaba en la madera, en sus detalles, sus poros, sus líneas y su dureza. La imaginaba formando parte de un viejo mueble detenido en un comedor de la casa de dos ancianos durante al menos cincuenta años, guardando recuerdos de infancias y nietos, dibujos y cartas de familiares lejanos, vasos y platos ruidosos y vivos, algunas cajas con los souvenires de comuniones, cumpleaños, casamientos. Se imaginó como fueron abiertos y cerrados incontables veces esos cajones ya inexistentes, esas puertas que habían quedado seguramente en el contenedor con el resto de las partes destrozadas. En cada pasada de la lija gruesa la tabla revivía un poco, escuchaba su respiración aliviada y un poco sus latidos lentos y suaves. En cada pasada le iba contando un poco más su historia, entrando en confianza. Ella, la artesana, entraba en el mundo de la madera cada vez más profundamente, escuchaba las voces de los ancianos y sentía el paso del trapo de lustre, podía oler el aceite con el que frotaban y cuidaban el mueble, en su cuerpo se manifestaban esas sensaciones extrañas de otros tiempos y otros amores, algunos llantos y despedidas tristes. La lija mas fina suavizaba los poros, y se empezaba a sentir la suavidad al tacto, la firmeza heredada de aquel árbol que fue una vez, la caricia perfumada de la madera agradecida y entregada ya al proceso, al cambio y a la renovación. Mientras, la lijadora le iba contando de tulipanes, de colores, de sol y de cielo. En esa conversación entre almas le mostraba imágenes que iban apareciendo en su mente de hermosos campos llenos de colores y perfumes, un sol hermoso y gigante en el cielo azul profundo, noches estrelladas con luna nueva, brisas de esas que envuelven y abrazan mientras sacuden suavemente las hojas, silencio profundo repleto de noche y de estrellas, cantos de pájaros en sintonía con el viento disfrutando el sol brillante y caliente del mediodía.

Ya soñaban juntas con esos paisajes cuando la artesana empezó a dibujar. En sus almas, que eran una, se iban formando siluetas y formas, caminaron juntas en esos valles coloridos bajo la luz y el calor de ese sol, se arrojaron al piso a contar las estrellas, se dejaron acariciar por la brisa y agasajar por las aves, que cantaban entusiasmadas pidiendo que las incluyan en el dibujo.

Y viajaron, y sintieron, y respiraron, y sonrieron. Mientras, el campo de tulipanes rojos iba tomando forma y vida en el trozo de madera que respiraba sobre la mesa del taller. El viaje duró algunas horas, cuando terminó, miró satisfecha su pintura y asintió con la cabeza cuando el trozo de madera suspiró agradecido. Se quedaron un rato observándose, sintiéndose, agradeciéndose, sintiendo los pétalos aterciopelados y el pasto de distintos tonos de verdes.

Esos instantes en los que sentía en su propio cuerpo esas emociones antiguas y guardadas que le contaban, a veces, los objetos, y podía entregarse completamente al diálogo interno que ocurría entre sus almas, en los que su corazón latía apasionado y expectante, como si el tiempo no existiera y su momento se hubiera detenido completamente, en los que no había hambre ni sueño, ni ideas en su mente, ni cosas que hacer ni tareas postergadas, eran aquellos en los que su vida interna latía poderosa y libre, sin nada más que el instante mismo de su existencia.

Por fuera del taller existía un mundo ajeno, voraz, imparcial, apurado y complejo, del que ella también formaba parte la mayoría del tiempo del reloj. Adentro, las herramientas y los hierros y maderas contaban historias pasadas y futuras, lo que fueron y lo que serán, mientras soñaban mundos imaginarios y reales, instantáneos, perennes y eternos. Ella sentía que si se quedaba en ese estado de elevación su vida era eterna, no envejecía, no maduraba, no se pudría. Cada instante era una vida, como la vida también es un instante. En algunos momentos de descanso se sentaba bajo el sol caliente, o escuchaba los rugidos del viento, o el agua de lluvia golpeando el techo de chapa.

Mientras, adentro del taller y adentro del alma, el tiempo y la vida detenidos encendían miles de chispas de presencia.

¿Sería posible trasladar esta quietud al tiempo del reloj? Pensaba, a veces. Y de a poco, cuando se acordaba, lo intentaba. 

 

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Así...

Querida abuela

Me miro