El hada y el dragón
Cuando entramos estaba la mesa ya servida, dos velas altas doradas iluminaban el ambiente que en otro tiempo había sido un salón de baile. El mantel blanco se arrastraba en el piso igual que las fundas de las sillas. Dos botellas de vino, copas y platos descansaban apoyados en la franja de color negro brillante que servía como cubremantel. En la esquina, una guitarra y una especie de tambor esperaban ser tocados por las manos del ángel.
Sabíamos adónde íbamos y también quién nos
había invitado. No estábamos cómodos, por nuestra mente pasaban pensamientos
discordantes con la situación armoniosa y generosa que se nos mostraba. Una
lucha interna entre el dragón y el hada devoraba nuestros pensamientos.
El dragón, fuerte y seguro de sí y de su fuerza,
lleno de dudas y temores emitía un fuego espeso y caliente, rojo y anaranjado
por su boca, incendiando cada espacio del lugar y de nuestra alma que se
encontraba incómoda y deseosa de irse.
El hada, amorosa y gentil, tranquila y
apacible, llenaba de luces de colores los mismos espacios que el enorme dragón
quemaba, invitándonos a quedarnos.
Alternaban fuegos y destellos en nosotros y en
todos los comensales de manera que en cada instante nos encontrábamos ardiendo
y entusiasmados, subiendo y bajando de la colina del pensamiento errático pero
controlado que a veces nos atrapa. ¿Qué hacemos acá?
Esquivando nuestras miradas nos sentamos y
entregamos tímidamente el control de nuestras próximas tres horas, deseando que
pasaran rápidamente. ¿Qué quieren de nosotros?
Los anfitriones nos dieron la bienvenida con
una buena copa de un buen vino. Detrás de ellos el hada y el dragón nos hacían
señas divertidas (el hada) y preocupadas (el dragón) indicando que bebamos y
que no bebamos. No sabíamos a cuál de los dos escuchar, pero igual bebimos.
Durante la cena mantuvimos los ojos cerrados
entregados a la experiencia que nos fue regalada, hubo música medicina, cantos
del alma del ángel que no pudimos ver pero que llegaba a nuestros corazones
como una flecha apuntada hacia el centro. El ángel no estaba solo, un hermoso
querubín un poco aniñado tocaba el tambor logrando armonías y sonidos que nos
levantaban de las sillas.
Siempre atento y desconfiado, el enorme dragón nos
susurraba al oído sus propias dudas y quejas. Era difícil no escucharlo, y cada
tanto tendíamos a sacarnos la venda, pero no lo hicimos. No era necesario ver al
ángel para sentir la armonía centelleante y cálida de su voz. Y del otro lado,
en el otro oído, el hada nos susurraba sus propias certezas y confianzas, y nos
hacía respirar profundo y disfrutar de los sonidos que invadían el espacio
interno y externo de todos los presentes, que comenzamos a mecernos suavemente
intentando despegar del suelo.
El dueño de casa nos contó historias con finales
felices y llenas de verdades, de esas historias que te dejan pensando y con los
ojos inundados de emoción al reconocerte héroe y valiente, poderoso y perfecto.
Son esos cuentos que vale la pena leer y que vale aún más la pena que te cuenten
mientras tenés los ojos cerrados.
Pero lo mejor fue la comida. Simple, sabrosa, un
poco picante, y poca. Cuando llegó el momento de comer nadie tenía ganas de
hablar, nuestras mentes se encontraban silenciadas y adormecidas, aún recorriendo
esos paisajes acompañados del canto del ángel.
En el más cómodo y absoluto silencio fuimos
comiendo. Se escuchaban los tenedores y el sonido de la comida siendo
masticada, los sorbos de vino y su pasaje por la garganta; las servilletas
limpiando los restos de comida que iban quedando fuera de la boca; el gorgoteo
del vino al entrar en la copa; algunos ruidos involuntarios de los estómagos de
algunos de los que se encontraban sentados. El silencio era tan pero tan
cómodo, que a nadie le molestaba escuchar los ruidos que hacíamos todos al
masticar. Descubrimos el sabor de la comida compartida en silencio, que se traga
lentamente y se disfruta distinto de como lo hacemos todos los días. Casi podíamos
escuchar los latidos de los corazones que latían al mismo ritmo, todos juntos,
expandidos y serenos.
Preocupados por tanta entrega, escuchamos al
dragón que insistía en que algo se nos iba a pedir a cambio. Pero el hada,
despreocupada y suelta nos hacía señas girando el dedo índice de su mano
derecha sobre su sien mientras miraba divertida al enorme animal.
¿Cuánto vale la belleza? ¿Cuánto vale elevarse
de la silla, llorar por todo el cuerpo, conmoverte hasta los huesos, disfrutar
del silencio más cómodo rodeado de extraños?
No se si
fue la mejor cena del mundo, aunque estoy segura de que, si no hubiera sido por
el dragón que cada tanto nos señalaba con la garra algunos olvidos o
incomodidades, lo hubiera sido, al menos para nosotros.
Aprendimos que, cuando el dragón se manifieste,
podemos cerrar los ojos y abrir el corazón para evitar sus murmuraciones y dejar
entrar al hada para que nos guíe, nos oriente y nos señale con su dedo mágico el
camino del amor y la entrega.
No sé qué querían de nosotros, pero sí sé que
lo que nos llevamos, fue mucho más de lo que pudiéramos haberles dado. Gracias
por eso.
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