Herencia
-Abuelo, ¿cómo hacés para saber tantas cosas?
El nieto lo miraba con ojos transparentes, limpios, ingenuos. En su mirada se reflejaban todas las preguntas del universo y también todas las respuestas, inaccesibles a su conciencia infantil, todavía.
-Yo no sé tantas cosas, mijito, sólo algunas pocas. Y en su voz de anciano, se escuchaba la nostalgia de haber vivido tantas vidas y tantas muertes.
-Pero siempre me arreglás este tren, y yo siempre vuelvo a romperlo. Yo no sé arreglarlo, ¿vos siempre me lo vas a arreglar?
-No creo que pueda hacerlo siempre, aunque quisiera. Pero estoy seguro de que vos vas a aprender, como yo aprendí. Hace mucho tiempo, cuando tenía tu mirada inocente, tuve un tren. Tenía una máquina a vapor que latía como un corazón (en realidad usaba pilas, pero a mí me gustaba el humito que salía por su chimenea, aunque no fuera real), a veces andaba más rápido y a veces más despacio, creo, ahora que lo pienso, que dependía de las pilas que le ponía. Con algunas, parecía que iba a salir volando, ¡era genial! Con otras, era más lento y pesado, hacía que todo pareciera más quieto.
Muchos otros niños de mi cuadra tenían trenes, pero eran todos distintos. Algunas veces, yo miraba mi tren y pensaba que no era tan lindo como el de mi vecinito de al lado, el de él era majestuoso, imponente…y el mío, bueno…tenía parches por todos lados. Le dedicaba mucho tiempo a ponerlo lindo, digamos. Lo pintaba, le cambiaba las piezas que se rompían, le compraba algún otro vagón. Pero siempre, el de mi vecino era más lindo. Empecé a buscar la manera de embellecer mi preciado tren, que perdía todo el valor cuando nos juntábamos a jugar, ya que yo sólo quería tener uno igual al de Marcos. Un poco de bronca me daban Marcos y su tren perfecto, tan lujosos ellos, tan brillantes…un día lo pisé “sin querer”, y rompí uno de sus vagones, pero no me sentí tan feliz como pensé que iba a sentirme, de hecho, ese día lloré demasiada culpa, ese día fue el primer día en que ví algo que había adentro mío y me asusté.
Con el tiempo dejé de jugar con Marcos, no sé si porque él no quiso jugar más conmigo o porque yo no podía sostener su mirada en mis ojos.
Siempre le faltaba algo, un asiento, una luz, una puerta. Me cansaba de arreglarlo, nunca era como yo quería. A veces, algunas personas viajaban conmigo en el vagón más cómodo, otras, los mandaba al vagón de carga, ¡total! No se daban cuenta de la diferencia.
Algunos de esos viajes fueron largos y otros demasiado cortos, llegaban a destino cuando yo recién empezaba a sentarme. Y se bajaban sin que me diera cuenta, abstraído como estaba por los arreglos interminables que requería.
Otros, se sentaban y me esperaban mientras ponía todo en orden, acomodando los almohadones, echando leña a la máquina, revisando que todas las luces funcionaran. Pero casi siempre se cansaban y se bajaban. Yo hubiera hecho lo mismo…ahora que lo pienso.
-¿La abuela se subió al tren? Preguntó el nieto, que estaba escuchando el relato atentamente, aunque el abuelo ya casi no notaba su presencia. Su mente había viajado a sus vagones vacíos llenos de tiempo y rastros de ropa vieja y desordenada por los pasillos angostos y limpios.
-Si, si…ella subió. Estuvo un largo tiempo conmigo compartiendo los vagones más lindos, aunque a veces le tocó viajar en los de segunda y hasta los de tercera clase…
Así aprendí a arreglarlo, de tanto querer que sea perfecto, aunque nunca lo logré…porque siempre había otro más perfecto que el mío, y entonces volvía a empezar.
El viejo suspiró largamente, miró sus manos demasiado delgadas y sin fuerza, sostenía un destornillador intentando ajustar un tornillo diminuto al que no podía enganchar. Temblaba demasiado. Tuvo que mirar para otro lado para que su nieto no viera sus lágrimas que empezaban a salir lentamente por los ojos, aunque no se pueden esconder de un niño que todo lo sabe, por más que no se dé cuenta.
El niño le sacó el destornillador de la mano y apuntó firme al tornillo que no se dejaba ajustar, y con gran precisión lo logró. Orgulloso, y en silencio, le preguntó a su abuelo adónde estaba su tren, quizás podían hacerlo hermoso y perfecto, como el viejo quería.
Tardó un rato en aceptar, protestó bastante y dijo un montón de cosas que no eran ciertas, pero al final, lo bajó del estante más alto, lo sacó de las cajas y lo armaron. Le pusieron pilas nuevas luego de lijar bien el contacto, que estaba oxidado. Hacía mucho que no lo usaba.
Y el tren empezó a moverse…primero despacio, como con miedo, y luego rápido y fugaz. Se quedaron mirándolo un rato hasta que el nieto puso a funcionar también su propio tren. Ambos silbaban humo y daban vueltas y vueltas por las vías que habían armado. Por supuesto que el tren del viejo tenía mucho más recorrido, durante años había estado juntando piezas y más piezas. El del niño, era cortito, breve. Pero su fuerza era inquebrantable, potente, poderosa. Tenía todas las pistas todavía por completar.
Se tiraron al piso y sostuvieron sus caras con sus manos, con los codos apoyados en el suelo.
El niño preguntó si alguna vez él mismo se había subido al tren de abuelo, porque, mirando por la ventana de la máquina, se vieron. ¡Cómo puede ser! Dijo el viejo…¡¡¡estamos ahí!!!
Para el niño no era algo tan extraordinario, en realidad era bastante natural. Se miraba y miraba a su abuelo echando leña al motor, mientras él tocaba fuerte la bocina.
Se miraron y comenzaron a reír tan fuerte que los trenes, ambos, aceleraron. Se revolcaron en el suelo de la risa, se hicieron cosquillas de esas invisibles que acalambran la cara. Caminaron los pasillos de los vagones y notaron que eran todos hermosos, había alguna media tirada, alguna taza de café sin tomar sobre una mesa, un paraguas en su funda todavía, unas corbatas en su percha, algunos anillos con promesas sobre un asiento, flores sin regalar, poemas sin escribir. Encontraron algunas cartas también, sin enviar. Bueno, algunas luces no funcionaban y algunas puertas estaban trabadas, de tanto prenderlas y apagarlas, de tanto abrirlas y cerrarlas, era normal. Pero, era hermoso. El abuelo vió, por primera vez, que su tren era hermoso. Entendió que todo lo que le faltaba a su tren, nunca le faltó. Que todo lo que se rompía se tenía que romper, que a veces las cosas se rompen para que notemos que están ahí.
Entendió que el tren de Marquitos también era hermoso, y lamentó no poder decírselo.
Juntos, empezaron a juntar todo lo que estaba tirado, el nieto quiso encargarse de entregar esas cartas, calentar el café, juntar las medias…pero el abuelo no lo permitió. Eran sus cartas, sus poemas y sus medias. Ya algún día el nieto iba a tener que juntar las propias, pero esas, le pertenecían a él. Y así, de la misma manera en que juntos ordenaron todo, lo acomodaron en su lugar. Y el viejo entregó las flores y las cartas, y se tomó el café mientras terminaba esa charla que un día había empezado.
El viejo no sabía tantas cosas, como el nieto pensaba. De hecho, el nieto sabía mucho más que él, a pesar de que sus vías eran mucho más cortas y sus vagones eran menos.
Lo hermoso y lo perfecto, a veces nos confunden. A veces, el más terrible desorden es hermoso y es perfecto, a veces, los trenes de los otros parecen más hermosos que los propios. Creo que eso depende de la mirada, si miramos con los ojos de nuestro nieto, vamos a ver con más claridad.
El viejo nunca había sentido tal felicidad. Su tren era perfecto, así como estaba.
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