La mesa
La mesa
Siempre hay uno que se sienta primero a la
mesa, aunque hubo otros antes. Esta vez, fue un hombre joven, seguro,
distendido, confiado. Se había sumado a este banquete sólo para mostrar su
perfección: su vida iba bien, tenía trabajo, familia, seguridad. Y ahí, en esa
mesa, tenía la oportunidad de mostrarlo. Eso lo entusiasmaba mucho.
Ahí sentado en la mesa repleta de comida y
bebida, empezó a comer y no se detuvo hasta que la panza le dolía demasiado
como para seguir tragando. Tragaba y tragaba sin descanso, sin interrupción,
hasta que no pudo más. Empezó a ahogarse y a toser, dejando salir algunos
restos de comida que había en su boca. Se avergonzó tanto que intentó
esconderse adentro de su saco, aunque todas las personas que estaban en la mesa
también se atragantaron y empezaron a toser y se metieron adentro de sus ropas.
Empezó a buscar en sus bolsillos alguna
servilleta, pero en vez de servilletas encontró otras cosas, insignificantes algunas
y sorprendentes otras. Eran tantas que, cuando quería volver a guardarlas, no
podía porque cada vez que metía las manos en los bolsillos, estaban llenos.
Así que las empezó a acomodar sobre la mesa. Él
no miraba a los demás comensales, pero todos estaban haciendo lo mismo. Un tornillo
de la puerta de su casa que hacía dos años había perdido, una pluma que
encontró en el río hacía cinco años, una mariposa que se paró en su ventana hacía
diez años, un caracol que encontró en la playa hacía mucho tiempo atrás, una
garrafa que usaban en su casa cuando era chico, un perro enorme con collar rojo
que dormía al lado de su cama, el sillón de ver tele con su hermano…y así,
sorprendido y lleno de objetos olvidados acomodó todo lo que pudo en la mesa,
no había mucho lugar ya que sus cosas ocupaban mucho espacio y la mesa no era
tan grande, todos los demás también necesitaban espacio.
Cuando no hubo más lugar en la mesa, todos los
atragantados se empezaron a mirar sorprendidos preguntándose qué hacer con
todas esas cosas y qué más podrían esconder sus bolsillos. Estaban tan pero tan
llenos que ninguna mesa podría servir para poner todo. Así que de a uno, fueron
eligiendo lo que les parecía útil y descartando todo lo demás. Y siguieron unos
largos días vaciando los bolsillos.
El hombre joven fue el primero en sacar algo
que lo asustó.
Del bolsillo interior de su pantalón sacó una
sombra enorme, con boca grande y dientes puntiagudos, brazos y piernas largas y
negras, metálicas, dedos largos con uñas largas, como garras. Algo parecido a
orejas sobresalían a los costados de su cabeza, que era triangular. Era muy alto
y apenas el hombre joven lo vió, la sombra se puso detrás de él. Se paró
orgulloso a su espalda seguro de que ese era su lugar. Su gesto era desafiante
y confiado, seguro, distendido.
El hombre se sobresaltó y lanzó un grito
ahogado que inmediatamente alertó a los demás comensales, que se encontraban
distraídos sacando cosas de sus ropas. No todos pudieron ver a la bestia, pero
todos se asustaron, por las dudas.
El hombre, desconcertado, se quedó un largo
rato mirándo al oscuro mientras los demás amagaban con salir corriendo. Se paró
frente a él y comenzó a examinarlo detenidamente. ¿Lo había visto alguna vez?
Intentó recordar, le pareció que en un sueño, una vez, hacía mucho tiempo…pero
no estaba seguro…
Quiso hablarle, pero esta sombra no le contestaba,
al menos no con palabras, quizás porque no tenía boca. Pero le hacía sentir cosas
igual, sin palabras. Todos los pensamientos se replicaban en su cabeza y
algunas emociones temblaban en su espalda y su estómago.
No sabía qué hacer con él, así que lo invitó a
sentarse. Todos sorprendidos se corrieron y dejaron libre una silla, en
realidad tres sillas, ya que nadie se quería sentar a su lado.
A medida que pasaba el tiempo, la sombra
comenzó a sentirse incómoda ya que dejaron de prestarle atención. Empezó a
hacer algunos sonidos de muy baja vibración para incomodarlos, pero no
resultaba, así que se acomodó en la silla, lo que era muy difícil porque no
tenía cuerpo y rebalsaba por todos los costados, y esperó.
Cansada de esperar, la sombra se durmió y empezó
a soñar. Soñaba con un mundo lleno de oscuros iguales a él, sentados a una mesa
atorándose de comida (lo que sea comida para ellos, por supuesto), y atragantándose
y empezando a toser. Ellos tosían por otro lado, no como nosotros. Y buscando
una servilleta encontró un montón de objetos insignificantes y absurdos en su
nube. Todos los presentes llenaban la mesa acomodando sus objetos, hasta que de
pronto, sacó de uno de sus extremos un hombre joven, seguro, distendido y
confiado. Su sombra se extendió varios metros y volvió a su lugar en dos
milisegundos, mientras emitía un gruñido de 432 hertz que alertó a todos los
oscuros que se encontraban presentes.
Asustado, intentó comunicarse con el hombre,
pero no podía. El hombre emitía sonidos a través de un orificio que tenía
debajo de lo que parecían ojos. Igual lo entendía y lo llenaba de pensamientos.
Lo observó un largo rato, quiso saber de adónde era, qué hacía ahí…pero no
podían comunicarse.
Como no sabía qué hacer con él, lo invitó a
sentarse y en seguida se liberaron tres sillas. El hombre no dejaba de hablar,
al principio todos se disolvían un poco con su voz, pero al ratito ya nadie le
prestaba atención.
Desorientado, el oscuro pasó largos días y
largas noches intentando deshacerse del hombre, sin éxito. Estuvieron sentados
en esa mesa sin moverse durante varios soles. Cada tanto se miraban y luego volvía
hacia adentro intentando encontrar una solución.
Y se decidió a llamar al primero, al que se
había sentado a la mesa antes que él. No lo conocía pero sabía que podía
ayudarlo, porque se decía por ahí, que también había sacado un hombre de su
bolsillo.
Y el primero se hizo presente, no aceptó comer ni
tomar nada, y se sentó al lado del hombre. El hombre entendió que estaba
pasando algo raro cuando todos se quedaron inmóviles y sus sombras se quedaron
quietas.
Le puso una mano oscura y metálica en la frente,
pensó una oración incomprensible, hizo algunos ruidos de 780 hertz y de
repente, el oscuro despertó. Y al despertarse notó que había una mujer con una
mano en su frente, diciendo una oración incomprensible mientras cantaba una canción
suave y armoniosa, una música que lo invitaba a volver a soñar y a despertarse
en el mundo de los oscuros. Y así fue. El oscuro se volvió a dormir y su sombra
desapareció de la mesa.
Los presentes, que se habían agazapado contra
una pared, bostezaron y eructaron un rato largo, se persignaron y rezaron algunas
oraciones interrumpidas, tenían tanto miedo que se olvidaban las palabras que
querían decir.
El hombre joven entendió por qué se había
sentado a la mesa primero, al mirarla repleta comprendió que todos los
presentes tenían los bolsillos llenos de cosas insignificantes y sorprendentes,
parecidas a las suyas, y que era cuestión de tiempo para que sacaran de algún
bolsillo un ser oscuro, metálico, con brazos y piernas largas.
Notó que sus bolsillos estaban vacíos y que la
mesa había desecho todo lo que puso sobre ella. Era hora de irse. Dejó más
comida para los que fueran llegando y su número de teléfono para cuando lo
necesitaran. Porque, al menos por un tiempo, él era el primero.
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