Reflexión

No sé si el estado de mi alma hoy se debe al final o al comienzo.

El final, como todo final, deja algo atrás reposando en la memoria del alma. Y el comienzo, como todo comienzo, es un camino sin recorrer que entusiasma por sus senderos no del todo ajenos a la consciencia.

Miro hacia atrás y veo todo tipo de encuentros y desencuentros, de rostros familiares y no tanto, de rechazos, dudas, confusiones, apegos, amores, miedos y aprendizajes, lentos algunos, voraces y desordenados otros.

Ahí nos veo a todos buscando aquello que es incontrolable, imposible de definir y mucho más de ubicar, de delinear. ¿Por qué buscamos tanto y tantas veces aquellos que, de cierta manera, de muchas maneras, no existe?

Quizás la sola ilusión de que hay algo que encontrar nos motiva a respirar y a reconocernos un poco, al menos como buscadores o encontradores de nada.

Y nos miro hurgando en lo profundo con la ilusión de que en algún lugar se esconden secretos irreconciliables, verdades que no habitan en ningún lado pero que, creemos, lo controlan todo.

¿Qué estamos buscando? O mejor, ¿para qué? O aún mejor ¿Qué vamos hacer si lo encontramos?

Y me pregunto ¿habré encontrado lo que buscaba y por eso me empiezo a cuestionar para qué seguir? ¿Y cómo sigue este encuentro?

Me emociona el final aunque no existe tal cosa, es una sensación extraña la de continuar por otro camino que sólo se diferencia del primero en la cantidad de flores, y que quizás me lleve al mismo lugar.

¿Qué es el final sino la otra cara del principio? ¿Cuántas dimensiones tiene este dado? ¿Cuántas puedo soportar?

Quizás ya encontré lo que buscaba y quizás, esa verdad oculta a simple viste era justamente que no hay nada que encontrar, que lo que anduve buscando siempre estuvo presente y al recordarlo, encontró su propio camino hacia afuera. Quizás ya pude ver que no hay nada que ver, porque eso que ví es irreal o puede serlo, si yo quiero.

Quizás este final, o este nuevo principio, o este no tan nuevo recorrido del alma esté lleno de semillas por germinar en presencia del sol caliente, el padre que protege, aunque no haga falta, ya que los peligros sólo existen si los buscamos. Y de tanto y tanto buscar, encontré muchos, aunque ahora puedo ver que no eran reales, sólo existieron porque los buscaba.

Pero entonces aparece el miedo susurrando al oído, diciendo que si no hay nada que encontrar entonces nada tiene sentido. Que es mejor seguir buceando. Y busco alguna respuesta a esa nueva pregunta. ¿Qué tiene sentido? ¿Qué significa tener sentido? Y él gana, otra vez. Sigo buscando, sabiendo que no hay nada que encontrar, que no hay respuesta o que, si la hubiera, no tendría importancia, no cambia nada porque volvería a sumergirme para seguir encontrando.

Sólo somos nuestra respiración, en paz yo doy y en paz recibo, dice una canción que me eleva al cielo cuando la escucho.

¿Qué otra cosa podemos ser? No el aire que respiramos, no los que respiran. Sólo la respiración. Entonces, ¿Qué perseguimos? No es fácil de entender ni de aceptar que no hay nada que encontrar, más que nuestra respiración, que es lo único real.

¿Será posible “vivir” en esa consciencia? No lo creo, pero desde ahí, parados en esa verdad, vivir tiene otro sentido, o mejor dicho, tiene algún sentido.

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