E vuelo

¿Cómo te agradezco, Luciano hermoso, por ayudarme a ver lo que mis ojos no veían?

Preferí cerrarlos para sentir y buscar en qué parte de mi cuerpo se estaba escondiendo esa sombra conocida que nunca había estado tan ausente. No podía encontrarla, ¿se escabullía? O no estaba presente esta vez..difícil detectar la diferencia…si no fuera por vos, por tu ojos de niño inocente sin sombra.

Quise darte algo, pero no tenía nada de tu interés. Pude darte las gracias, aunque no sé si lo entendiste….quisiera que guardes en tu corazón esas ocho palabras, “me regalaste el mejor viaje de mi vida”.

Mirar con los ojos de un niño…otras veces lo escuché pero creo que hasta hoy no entendí bien qué significaba. Tus ojos curiosos y limpios, que miran y se preguntan, se sorprenden, escuchan y pueden ver todo en su máxima dimensión, sin velos que oculten nada, sin miedos que detengan la pregunta, sin nada más que el asombro y la inocencia de tu alma.

Te amé, hermoso Luciano, ojalá un día pueda darte esto, mis palabras agradecidas por tus pequeñas y gigantes palabras, que no eran para mí, pero también eran para mí. Durante tres horas hermosas te escuché y a tu papá amoroso que llenaba todos los huecos heroicamente, tu héroe y también el mío, por tres horas.

Me obligaste amorosamente, sin darte cuenta, sin que nunca te enteres, a abrir los ojos y mirar mientras una sonrisa del alma brotaba en mi cara y se quedaba plácidamente instalada para siempre. Nunca más los ojos cerrados que no me dejan ver la maravilla que está del otro lado del vidrio grueso, no tuve miedo gracias a vos, pequeño de mi alma. Te entusiasmaba el movimiento violento y brusco, mientras tu papá nos contaba la historia, jugamos en el aire, del lado de afuera, juntos.

Yo, señora grande, encontré luz en vos, niño pequeño. ¿Será que ya puedo encontrarte adentro mío? ¿Será que me mostraste lo que ya no estaba o será que vos lo arrancaste?

¡Esto es increíble! Dijiste, y tuve que ver de qué hablabas. Y sí, era increíble.

Sos inmenso, Luciano. Me llenaste la vida de sonrisas y de paz. Me quitaste el miedo y me mostraste un mundo que no conocí. No lamento no haberlo conocido, ¡no lo hubiera descubierto hoy de tu mano! Ahora, otra vez, la sonrisa me inunda y los ojos se llenan de amor, por vos, por mí, por lo perdido y por lo ganado, por las conquistas y las derrotas, por más aviones llenos de Lucianos que atraviesen el alma de quienes están listos para escuchar.

 

 

  

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