Libertad

-¡La vida se vive todos los días! Gritó mientras golpeaba la mesa con el vaso de vidrio que estalló en miles de pedazos, desparramándose en cada rincón del comedor. Enardecida salió de la casa golpeando las sillas y pegando un portazo, de esos que dejan vibrando los vidrios de las ventanas. Se fue enfurecida con la cara roja y la garganta ardiendo, ahogando los gritos desesperados de auxilio que no podían salir.

Su cabeza enmarañada de pensamientos contradictorios era como un árbol en llamas en el medio de un bosque incendiado. Incontrolable, encendió un cigarrillo, intentando mitigar el calor que la quemaba desde las entrañas.

No podía dejar de pensar en él, tan calmado mientras el mundo se caía a pedazos como si una invasión de mierda hubiera caído sobre ellos. Sintió que estaba por estallar como el vaso de vidrio, desparramándose por todo el espacio en el que estaba. No podía ver nada más que el rostro del joven sonriendo y mirándola tranquilamente, segura consecuencia de su joven edad, ingenuo y confiado, inocente e incrédulo.

Ella sí que sabía cómo era la cosa, esta cosa, la vida. ¿Qué hizo mal? ¿En qué se equivocó? Furiosa se retorcía de bronca cuando empezaron a caer lágrimas por sus ojos apretados y dolientes, que intentaban contener el agua que salía a mares, sin lograrlo.

Se sentó en el pasto regando con mocos la tierra que se encontraba debajo de ella, miró el cielo cubierto con nubes grises a punto de inundarla, algunos rayos iluminaban el cielo y los truenos ocupaban el ruido de su cabeza de manera intermitente.

Se levantó apurada para evitar la lluvia inminente, tenía terror de que alguno de esos rayos cayera cerca de ella, el pasto comenzaba a darle urticaria y odiaba la sensación de la tierra en las manos.

No podía dejar de preguntarse por qué él no lo entendía, por qué no vivía la vida así, como ella le había enseñado. ¿¡Cómo que se iba de mochilero!? ¿¿¿Cómo que no sabía cuándo iba a volver??? ¿Sólo? ¿Y el trabajo? ¿Y el estudio? ¿Y la vida?

Desolada comenzó el camino de regreso a su casa, se estaba haciendo tarde y tenía que preparar la cena, otra vez. Un torbellino de pensamientos se desparramaba desde la mente hacia todo el cuerpo haciéndola sentir temblorosa y asustada. ¿Qué iba a pasar con su vida?

El mundo se desplomó al ver los bolsos preparados al lado de la cama tendida, una billetera vacía y una botella con agua sobre la mesa. ¡Dios! Exclamó, ¡ayudalo a entender! ¡Decile! ¡Mostrale su error! ¡¿Qué le pasa?! ¡Él no es así!

Pero él era así también, con mucho esfuerzo tomó una decisión distinta escuchando lo que su corazón le decía en cada latido. Sabía que no iba a ser fácil, sabía del drama, de la cascada de mierda, del vaso roto, de las lágrimas eternas, del dolor. A él también le dolía, pero en su mente pasaban escenas de montañas y rutas generosas, de gente solidaria, de comidas compartidas con personas desconocidas, de largas caminatas y cantos frente al fuego en algún lugar del mundo, de lluvias en la cara, de rayos y truenos en el cielo, la tierra bajo los pies y en las manos. No fue fácil decirlo, contarlo. Pero se puso la ropa de decidido y lo hizo mientras las piernas le temblaban y una sonrisa ocultaba su terror por la mirada desaprobatoria y los gritos desesperados de quien siempre había estado para él.

-Te escuché, le dijo. Siempre te escuché y voy a hacer aquello que me dijiste tantas veces.

Ella se sentó aliviada, pensando que al fin había entrado en razón. Quizo darle un abrazo, triunfante, cuando se acercó y notó en su mirada un destello de alma. Se detuvo. Supo en ese momento que era real, se iba.

-La vida se vive todos los días, má.

 

 

 

 

 

 

 

 

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